Solo el amor alumbra lo que perdura

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Por Yelandi Milanés Guardia | 14 febrero, 2020 |
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No hay nada que se le compare cuando de mover emociones se trata, porque no solo es la gran fuerza que mueve el mundo, sino el sentimiento que da luz y color a la vida.

El amor obra milagros, quizás porque guarda en sí una poderosa energía capaz de cambiar todo lo malo y hacer emerger lo mejor de los seres humanos.

Cuánto cambia nuestra existencia cuando a ella llegan los hijos, esos magos pequeños que nos transforman con su sonrisa y su incesante demanda de nuestra presencia y cariño.

Cuando reina este sentimiento se disuelven las contradicciones, se restauran las heridas y el perdón hace acto de presencia para demostrar que no hay enojo mientras existe.

Sin necesidad de analizar estadísticas, sabemos que en muchos casos es el sustento de la trama de un cuento, una novela o una película, porque aunque parezca contradictorio, por más que lo veamos reflejado en la vida y en el arte, tiene la capacidad de no repugnar.

Es el sentimiento que despierta suspiros, lágrimas y que sacude el alma cuando recibimos el beso tan deseado. Es un torrente de fuego que nos quema la piel cuando vemos o compartimos caricias con el ser de nuestros sueños.

Y qué hablar de su propiedad transformadora, esa que nos impulsa a embellecer nuestra apariencia y modales para impresionar al destinatario de nuestra más pura emoción.

Pero el amor no es tan serio como muchos lo quieren ver, pues a veces hace travesuras y nos provoca tartamudeos, equivocaciones y comportamiento errados, porque a veces se hace acompañar del nerviosismo cuando estamos frente a quien nos apasiona.

Entre sus atributos más apreciados están la fidelidad y el amar sin condiciones, pues de no ser así corre el riesgo de perderse y desfallecer, quizás por eso muchos lo entregan todo bajo cualquier circunstancia para demostrar cuánto son capaces de hacer por él o ella.

Al decir de Silvio Rodríguez: “Solo el amor alumbra lo que perdura”, porque es puro y verdadero, y por trascender en el tiempo, pues las almas que se saben afines, procuran mantenerse unidas cuando sienten en sí un ápice de eternidad.

Por él nacemos, crecemos y en ocasiones somos capaces de morir.

Pero para recibirlo lo primero es aprender a darlo, pues muchas veces lo que brindamos nos regresa multiplicado.

Lamentablemente, como decía Dulce María Loynaz: “Hay hombres sin amor, pero de estos hombres nada se sabe: Nada pueden decir a la inquietud del mundo”.

En él se esconde, sin dudas, una fuerza salvadora, pues como magistralmente dijo Pablo Neruda: “Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida”.

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