Tan vivo como las palmas

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Por Osviel Castro Medel | 25 noviembre, 2017 |
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FOTO Rafael Martínez Arias

Creíamos, tal vez, que nuestro mundo de gestos hacia él era descomunal o extraordinario. Habíamos soñado con su gorra, le aplaudimos durante mucho tiempo sus montañas, le admiramos su reloj que no conocía de cansancios, anduvimos al lado de su rombo, nos asombramos con su historia anchísima.

Al final, nos dimos cuenta de que nos faltaban otros universos de señales. Hace un año, por ejemplo, nos hizo sacar las banderas, los retratos,  las palabras sentidas, los nudos en la garganta, el Himno… las lágrimas.

Entonces las carreteras parecieron inflamarse con multitudes a ambos lados, se entronizó –sin disposiciones- el lenguaje del respeto-homenaje, brotaron más poetas ocultos en todos los rincones, surgieron ritos que nunca imaginamos.

Fidel nos exhortó, con su partida biológica, a que regáramos la vida cada día, a relampaguear con argumentos serios, a no andar con un concepto debajo la lengua sino en el centro del alma y de los hechos.

Ahora, un año después, nos está preguntando qué hemos concretado para alcanzar una nación desprovista de carencias materiales y espirituales; un país capaz de seguir levantándose por encima de águilas, huracanes y zanahorias.

Nos está diciendo, con su voz de cedro y de amigo sereno, que la Revolución fue edificada para beneficiar a los que llevan la humildad en la cuna y la bandera y sería pecado tremendo olvidar esa máxima.

Un año después de haberse ido a la inmortalidad Fidel nos está convocado, con humildad, a mantenerlo “tan vivo como las palmas”, según la sentencia de una poetiza adorable; y esa convocatoria exige pensamiento, manos, verdades, la imitación sin hipocresía, una eternidad de acciones y semillas.

 

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