Tengo derecho a ser feliz

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Por Geidis Arias Peña | 11 diciembre, 2017 |
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Talía todavía debe convencerse de lo que está bien o mal, aprender sobre las ciencias y los avatares de la vida, como es propio a la edad de nueve años.

Mientras  crece, la acerté menuda y ágil, dispuesta a dialogar sin temor a mis preguntas; quizás porque cuando las interrogantes abarcan a los derechos humanos, resultan sencillas para ella e incluso el resto de los cubanos.

Con cierta delgadez en su tono pero agudeza en las palabras, me contestó: “Tengo derecho a ser feliz. Soy feliz por ir a la escuela, jugar con mis amiguitos,…” y la lista, aunque no grande, continuó hasta agregar los paseos de los fines de semana con los padres.

Ingenuidad, pensarán los irreflexivos; al tiempo que los racionales reconocerán una verdad, que en otros términos -entre estos, educación, salud, libertad- disfrutan los habitantes de la Mayor de las Antillas.

Los logros en materia económica, social, cultural y política, ejemplifican lo anterior, que no se encierra en protocolos sino en la praxis cotidiana desde el triunfo de la Revolución.

Según referencian datos publicados por diversos medios nacionales de prensa en el primer semestre de este año, Cuba alcanzó una tasa de mortalidad infantil de 4,1 por cada mil nacidos vivos, prueba de la efectividad de programas de salud y la calidad de vida.

En tanto, en los últimos 50 años las universidades del país graduaron más de un millón de profesionales, de ellos muchos prestan servicio en otras naciones.

Estos y otros indicadores, dentro de los que se incluyen la libertad política, derechos sociales, culturales y deportivos, constituyen una expresión del desarrollo social integral de la nación, solo comparable con los que muestran algunos países del Primer Mundo.

Los derechos humanos resultan un instrumento de la organización de Naciones Unidas, devenido luchas de clases sociales en diferentes partes, cuando a partir del siglo XVII comienzan a estipularse normativas inherentes a la propia naturaleza del hombre.

La eliminación de la esclavitud, pactos y regulaciones internacionales sobre el respeto a los seres humanos a ser tratados en igualdad de condición, sin distinción de credo, raza ni solvencia económica, figuran entre los antecedentes de la Declaración de los Derechos Humanos.

Tal instrumento, no se estipula de manera oficial por la Organización de Naciones Unidas hasta el 10 de diciembre de 1948, en París, luego de la segunda Guerra Mundial, donde se calcularon de 50 a 70 millones de víctimas.

En lo personal, Talía me recordó que los derechos de los seres humanos no se sueñan desde una religión o en reformas políticas, sino que se hacen realidad en los proyectos de desarrollo de un país.

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