Tonadas de amor, patria y libertad

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Por Danelia Acosta Brizuela | 3 noviembre, 2015 |
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Rememoración de la interpretación de La Bayamesa de Céspedes y Fornaris, FOTO/ Luis Carlos Palacios
Rememoración de la interpretación de La Bayamesa, de Céspedes y Fornaris, FOTO / Luis Carlos Palacios

Sin duda, San Salvador  de Bayamo estuvo entre las ciudades que marcaron con particular aliento la gestación y el desarrollo de un patrimonio sonoro auténticamente nacional, verdadero símbolo de identidad y cubanía.

Los orígenes de la segunda villa fundada en Cuba por El Adelantado, Diego Velázquez de Cuéllar, se pierden en mitos y leyendas que ya cumplieron más de medio milenio de existencia. Aunque los españoles pisaron estas tierras en 1511, no fue hasta dos años más tarde, el 5 de noviembre, que decidieron nombrarla San Salvador de Bayamo.

Una de las hipótesis señala que surgió a orillas de un caudaloso río, por donde desembarcaron sus descubridores, y que desde entonces comenzaron a mezclarse la cultura nativa y la europea.

Aquí, en suelo de nombre arahuaco, proveniente del frondoso Bayam o árbol de la sabiduría, el hombre blanco conoció de las costumbres e idiosincrasia del indígena americano, caribeño, cubano, y sobre sus características dejó constancia en las llamadas Crónicas de Indias.

En esos escritos relataban los conquistadores que el areíto era la manifestación artística de mayor importancia social para la comunidad aborigen, denominada expresión colectiva, en la cual se fusionaban la música, la danza, el canto, la pantomima, los ritos y la tradición oral.

Las sonajas, flautillas, cascabeles hechos con conchas marinas, el guamo o fotuto y el mayo-huacán, fueron los primeros instrumentos utilizados por los originarios bayameses para sacar exquisitas melodías.

Por su parte, el obispo e historiador Morell de Santa Cruz, refiere que desde la construcción de la primera iglesia en dichos predios “sus habitantes compusieron en honor de la Señora cantares y bailes”.

Desde entonces puede hablarse de los inicios de la música en Bayamo. Aunque el paulatino exterminio de la población india, sometida a una brutal explotación en los lavaderos de oro, condujo a que muy poco de esos ritmos y cánticos pasaran a formar parte del rico proceso de transculturación que hizo de Cuba la isla de la música.

Dos complejos multiétnicos: el hispánico y el africano, se distinguen como fundamentales en heterogeneidad de elementos culturales que convergen en el territorio caribeño.

La llegada del colonizador y luego del negro esclavo, quienes trajeron su música, los modos de hacerla sonar, acompañada de sus instrumentos, narraciones e idiomas, contribuyeron a la formación de un lenguaje artístico propio.

La riqueza cultural de la Cuna de la Nacionalidad Cubana, inspiró tres composiciones que significan un hito en la historia de la música y que la vida hizo inmortales.

Bayamo es cuna de la trova. De Andalucía le llegaron la guitarra, las coplas desvelando madrugadas, las serenatas peregrinas, la ventana enamorada, como aquella testigo del amor entre Luz Vázquez y Moreno y el joven Francisco del Castillo, quien junto a Carlos Manuel de Céspedes, José Fornaris y Carlos Pérez, musicalizaron, compusieron e interpretaron La Bayamesa.

En la noche del 27 de marzo de 1851, el novio de la musa inspiradora, el devenido Padre de la Patria, el primer poeta siboneyista y el tenor Carlos Pérez, se reunieron frente a una ensoñadora ventana para dar a conocer la que se convertiría en la primera canción romántica y guerrera de esta isla insurrecta.

Esa canción despertó, como ninguna otra precedente, el afán de nuestros creadores musicales de unir amor y  patriotismo en sus composiciones. Al decir del propio Fornaris: “La Bayamesa ha sido una de las más dichosas que ha podido alargar el día señalado de su existencia”.

Luego de que Bayamo sucumbiera en las llamas, el 12 de enero de 1869, La Bayamesa cobra un nuevo significado. Se escuchan los versos de un desconocido, devenidos canto de batalla.

Te queremos tus hijos; no hay queja/ Que más vale morir con honor/ Que servir al tirano opresor/ Que el derecho nos quiere usurpar.

La Bayamesa fue el nombre de la canción amorosa y de la marcha guerrera, hoy Himno Nacional. La del juglar santiaguero, Gumersindo (Sindo) Garay, conocida también como Mujer Bayamesa, es un homenaje a las que por su suelo amado “todo lo dejan, todo lo queman, ese es su lema, su religión”.

Esas y otras piezas señalaron un camino que más tarde cristalizó en el bolero y el movimiento trovadoresco cubano.

Una prominente figura de la trova tradicional cubana, nacida en la urbe granmense, en 1902 y amigo de Garay, principal exponente de esa manifestación, fue Olimpo La O. Pimpo, como se le conocía, formaba parte de esos amantes de la guitarra, que defendió hasta sus últimos días lo tradicional.

Por la misma ruta transita Ramón Galardy López, uno de los compositores bayameses que ha incursionado en el género de forma especial. Al decir de Galardy, en una entrevista publicada en la revista cultural La Campana, en marzo de 2013, la Casa de la Trova de Bayamo debe proyectarse más en difundir la obra de los trovadores de la ciudad.

“Antes no nos tenían en cuenta. Hace dos meses nos hicieron propuestas. Hubo algo de interés y se está viendo el cambio. Yo tengo la peña concierto Trovarte, actividad  que se va a hacer trimestral.

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