Un trozo de eternidad

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Por Yelandi Milanés Guardia | 19 mayo, 2020 |
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FOTO/Radio Rebelde

Hace 125 años, José Martí desandaba por predios jiguaniseros en su brioso corcel Baconao. Días antes, había desembarcado con Máximo Gómez por Playitas de Cajobabo, y  ambos héroes realizaron un largo peregrinar hasta que llegaron a Dos Ríos.

El Héroe Nacional no quería partir de esa comarca sin antes entrevistarse con el prestigioso patriota Bartolomé Masó Márquez, en quien veía a un hombre digno de su confianza y al posible presidente, si triunfara la guerra, de la república que nacería.

Contradictoriamente, a sus deseos y gracias a su reputación entre las tropas cubanas, la mayoría a quien veía como el primer ciudadano era al nacido el 28 de enero de 1853, en la habanera calle de Paula.

Se ruborizaba cuando le decían Presidente y ante a un requerimiento a un oficial por parte de Gómez, dijo que no permitiría que el Apóstol ocupara ese cargo, porque él no sabía en qué radicaba esa extraña fuerza que tenía el poder de transformar a los hombres. Sin embargo, el oficial expresó: “General, usted puede tener razón, aquí se cumplirá la voluntad colectiva”.

¿Qué había de especial en este hombre para que lo vieran como el más indicado para regir los destinos de Cuba? Pues, sin dudas, un exacerbado amor a la patria, una fidelidad invariable hacia la causa liberadora, una ejemplaridad puesta a prueba en varios momentos y un talento como pensador y político muy difícil, por no decir, imposible de alcanzar.

En esos días, ya presentía la muerte, por eso decía a su amigo Manuel Mercado: “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

En territorio de Jiguaní expresó un vibrante discurso que exaltó el ánimo de las tropas cubanas y sobre el cual cuentan que un mambí dijo: “Yo no entiendo lo que dice ese hombre, pero soy capaz de dar la vida por la causa que él defiende”.

Era obvio que después de llamar tan ardientemente a sus compatriotas a la lucha desobedeciera la orden de Gómez de quedarse en la retaguardia cuando fueron a enfrentar las huestes del coronel español José Ximénez de Sandoval. Aquel acto de valentía y ejemplaridad indiscutida privó a los hijos de este archipiélago de su privilegiada presencia.

Tristemente decía Gómez tras la dolorosa pérdida: “(…) Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma, podemos decir, del levantamiento”.

Era 19 de mayo de 1895 y el sol brillaba intensamente, los ríos Contramaestre y Cauto corrían a contracorriente y una leve brisa traía un mensaje funesto, antecedido por tres disparos, que quisieron poner fin a la vida del hombre imperecedero, pues la muerte no puede segar la existencia de quien, de tanto amor a sus semejantes, ganó para sí un trozo de eternidad.

 

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