Una casa llena de pequeñas alegrías

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 16 junio, 2021 |
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Foto/ ARCHIVO FAMILIAR

-No puedo jugar con mis amiguitos porque el coronavirus nos tiene alejados, a mi cumpleaños solo vinieron los peluches, también cuando voy para donde está mami, me manda con papá, ¡no es fácil ser un niño!

Tal declaración pudiera servir de  introducción  para  cualquier cuento infantil, sin embargo es la historia de un niño bayamés que, como otros, vive una etapa escolar difícil por la actual pandemia.

¿Protagonistas? La madre Lily, profesora de Cultura Física; Malcolm, el padre, ginecobstetra, y el  pequeño  Adolfo Gabriel Malcolm Lores, alumno del primero B,  en el seminternado bayamés 4 de Abril.

La vida transcurría en la normalidad para la familia Malcolm Lores:  los padres marchaban  al trabajo y el niño para la escuela, apenas  se veían  durante  el  día, hasta que la rutina terminó y entraron  en  confinamiento  por  la Covid-19.

Al chico le es ajeno cualquier detalle sobre la pandemia, la corta edad no le permite centrar la atención en   materiales televisivos  relacionados  con  el  tema, nada   comprende de este fenómeno.

La casa le resulta un recinto de monotonía,  aunque  en  los  últimos meses comparte más tiempo  con  sus  padres,  devenidos ahora maestros y amigos de juegos.

“Inicialmente,  lo  instruía  en cómo regar las plantas, a organizar juguetes… pero nos percatamos   de   que   necesitaba   otra ejercitación y le enseñamos a jugar dama, ajedrez, a medir objetos, confeccionar títeres… hasta que se le ocurrió al padre incursionar en la juguetería artesanal y artística”, argumenta la madre.

“Alguien nos regaló un poquito de pegamento y como teníamos cartón pensamos en manualidades interesantes para el pequeño -agregó el padre- lo primero fue hacer un carro grande, le pusimos un sistema de sonido por medio de mi celular  y se pasaba largas horas manejando estacionariamente.

“Buscamos en internet tutoriales  y  utilizando  placas  desechables  construimos  una  guagua,  a partir   de   ahí   fluyeron   otros vehículos,   hasta   completar   un parque con más de 15 y un helicóptero.

“La idea nace por el deseo retenido,  de  haber  sido  un  niño humilde de Bartolomé Masó, hijo número ocho y último de la familia, quien, desde la infancia, quiso tener una rastra y una guagua que nunca pudieron comprarme.

“Para mi sorpresa, la pandemia deparó lo que de pequeño soñé y, además, despertó determinadas habilidades facilitadoras del crecimiento  emocional  y  espiritual,  no  solo  para  el  niño,  sino para  los tres.

“Él  aprendió  a  expresar  sus emociones y a mostrar el mundo tal como lo percibe, le ayudamos a desarrollar la destreza cognitiva, importante para su futuro.

“Vivimos una experiencia interesante:  enriquecimos  las  relaciones, Adolfo Gabriel se muestra menos rebelde, a veces no lo sentimos y cuando lo buscamos  está  construyendo  con sus  bloques  de  juegos  o  plasmando ideas sobre el papel con crayolas”, reafirma  sonriente  la madre.

Este  estilo  de  vida,  generado por  la  pandemia,  lejos de  cualquier misticismo, alivió las tensiones de la familia, favoreció el tiempo libre, amplió la imaginación, la creatividad y el entusiasmo colectivo, en una especie de viaje al pasado, cuyas enseñanzas serán útiles para toda la vida.

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