Una marca de aguaceros

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Por Osviel Castro Medel | 19 abril, 2019 |
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¿Quién podría suponer que aquella llegada, acaecida en la casa número 4 de la calle Burruchaga, en el centro de la ciudad sería, después,  una marca magnífica en el pecho de nuestra propia historia?

Algunos han contado que un aguacero, borrador del vapor de la medianoche, invadía la jornada, acaso como señal de que el anunciado, después de nueve meses en las entrañas de Francisca de Borja, se convertiría, con la cabalgada del almanaque, en una lluvia eterna para Cuba.

¿Quién se atrevería a  adivinar que aquel varón hermoso, venido el 18 de abril de 1819 y que llamaron Carlos Manuel Perfecto del Carmen, sería capaz de renunciar al cuello rodeado de diamantes, a la levita  señorial, al lujo a raudales para lanzarse a los bosques, espesos en pobrezas e inmolaciones, en busca de los ensueños vinculados con la independencia y el hermanamiento de negros, blancos y mestizos?

Tuvo riñas en su adolescencia, insertó la rebeldía en su reloj, colocó las lecturas en su peregrinar, galanteó por varios mundos femeninos, despertó la conciencia en los largos periplos de Cataluña a Constantinopla, hizo de la ley su río, de la cultura su pulso para empinarse, de Cuba su amor supremo.

Los que en este momento no se inclinen ante quien concluyó su calendario con el estómago vacío, un brazo lisiado, los ojos a las puertas de la oscuridad, los zapatos zurcidos por las necesidades, la frente altiva a pesar de tantas felonías y bajezas para apartarlo de la ruta, la cuartilla presta a enseñar entre lomeríos… no podrán ver la aureola de su esencia,  invitadora a tiempos superiores.

Los que hoy precisen, más allá de abril, encontrar a un ser humano que lleve sobre la cabeza una cumbre de virtudes y esté lejos de la perfección de su nombre –algo que lo hace más carnal y cercano- deberán viajar a la novela real de Céspedes; seguramente retornarán con una inyección de patria en la profundidad del alma.

Cuando a todos nos haga falta, como ahora, encontrar un flotador de banderas , un removedor de pueblos, un reprendedor de flojos, un diestro espadachín contra imposibles, un ajedrecista agitador de corceles más allá de tableros, estiremos la mano para tocar –y no soltarlo- al primer Presidente de las armas libertarias, al líder ingenioso y vivo, al Padre severo pero tierno. De ese apretón de dedos volverá a nacer, sin dudas, la misma marca de pasiones y diluvios.

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