Una mujer todo valor: Julia Guevara Casate

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Por Diana Iglesias Aguilar | 21 abril, 2019 |
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Julita Guevara Casate

La combatiente de la clandestinidad y el Ejército Rebelde, Julia Guevara Casate (Julita), falleció en la mañana de hoy a los 80 años de edad. La Demajagua reproduce a continuación la última entrevista publicada por este medio de prensa en marzo del pasado año.

Ni el brusco despertar de las madrugadas, las amenazantes preguntas, el frío cortante y la cercana posibilidad de morir golpeada le arrancaron a la menuda mujer los nombres o la ubicación de sus compañeros de causa, y mucho menos dieron la certeza, a sus captores y torturadores, de que ella había estado involucrada en la lucha armada.

Detenida durante los últimos días de diciembre de 1958 en La Habana, en los calabozos de Columbia vió la bayamesa Julia Guevara Casate los albores de la Revolución, la que ella  había amasado en sus propias entrañas, por la que había peleado y expuesto hasta su vida y a la que seguirá fiel aún a sus 80 años, cuando la memoria se tambalea y los males del cuerpo aparecen sin ser llamados.

Estar presa y no poner petardos en diciembre de 1958, para catalizar la caída del tirano Fulgencio Batista, no poder disparar, agitar o aglutinar a los combatientes del movimiento 26 de julio en los últimos días de la dictadura, no fue lo peor que le pasó a Julita durante la guerra. Episodios duros e inenarrables vivió la “pequeña”, como a veces le llamaron sus compatriotas.

Riesgosas misiones acometió Julita durante los años 1957 y 1958 en Bayamo, donde el capitán Pedro Morejón hacía gala de su fiereza y crueldad. Para desafiar a los cuerpos  policiales había que ser titanes del valor. El traslado de compañeros hacia casas seguras y el trasiego de armas, incluso desde otros municipios hacia la Ciudad Monumento encontraron en ella una dispuesta combatiente.

Trasladando a los revolucionarios encontró el primer amor, ese que se enlaza con la firmeza de la pólvora y los pálpitos de no saber el momento reposado para el beso, la caricia y la conversación del futuro. El nombre: Roberto Reyes, el baracoeso, en alusión a los orígenes de la oriental y laboriosa familia asentada en Bayamo.

Su rostro sonriente de dependienta en la tienda de ropa Chelala, atraía a los clientes, a los que provocaba con decoraciones de tejidos rojos y negros juntos, bajo la mirada quejosa del dueño y la sentencia de que en cualquier momento los llevarían presos.

Acopiar material de curaciones, medicamentos, ropas, alimentos  y otros avituallamientos para los guerrilleros se convirtió para Julia en la razón de existir. Así se hizo blanco de la represión, su solo nombre hacía temblar a la soldadesca, era capaz de burlar cercos, registros. Llenaba la ciudad de carteles volantes, y agitaba a los habitantes para sumarlos a la causa revolucionaria.

Los constantes registros a la casa, a la que los guardias rurales pateaban las puertas, los muebles y amenazaban a la madre de Julita, con la muerte a tiros de la hija rebelde, hicieron que se alzara con los muchachos de Orlando Lara a fines de 1957.

La guerrilla de Lara se hace célebre por las acciones temerarias en el llano de Río Cauto-Bayamo, que repercuten en la población de la ciudad antorcha.

El Comandante Fidel Castro le da la misión a Roberto Reyes de ir en avanzada al Camagüey y allí opera con su tropa causando desconcierto a las fuerzas enemigas, a las que atacan con el sistema guerrillero, pues la zona es llana, inhóspita y encuentran poco apoyo local.

En medio de un bombardeo en julio de 1958, encuentra el valeroso joven la muerte. Julita, impactada por los bombardeos no sabe de la pérdida, la que sacudirá lo más profundo de su ser, sin renunciar a continuar combatiendo. Unos días de necesario descanso para poner en orden las ideas, la hace tomar la decisión más arriesgada: Me quedo a cumplir con la orden de Fidel.

Y la bayamesa, heredera por naturaleza de la estirpe de las Figueredo y de las del Castillo y de todas aquellas que en 1868 se hicieron a la manigua y retornaron en 1895, tomó las riendas del grupo de rebeldes que puso en pie de guerra a la tierra del Mayor Agramonte.

Perseguidos por las fuerzas aéreas que bombardeaban constantemente, se desplazaban de noche. De día se  guarecían en la maleza y causaban estragos en distintos puntos estratégicos, alejándose con rapidez, dando la impresión de ser una numerosa fuerza.

El tránsito detenido en la carretera central y la quema de autos fueron  acciones que sonaron en la isla, dirigidas por Julita con absoluto dominio de las técnicas de ataques sorpresivos. Oquendo, Kike, Ariel Zamora, Carlos, Blas Candela, son los nombres que recuerda Julita ya octogenaria, eran muchos más compañeros, me dice, pero el almacén mental está un poco disperso y es lógico.

Aunque ya no vienen a su boca los nombres de todos, el gesto de las manos en el pecho con absoluta ternura me indican que Julia no olvida en sus sentimientos a quiénes corrieron junto a ella graves peligros y la respetaron como mujer y jefa.

Solo los males que asaltan cuando el descanso y la alimentación son escasos, hicieron que fuera evacuada hacia La Habana por orden del Comandante en Jefe. Mientras se recupera en la casa de un tío, es delatada y apresada.

La dureza del combate diario le hizo perder peso corporal, el pelo largo y amoldado con exquisitas ondas se convirtió en un ralo pelado para comodidad de la vida guerrillera. Las difíciles condiciones no la sacudían, enfrentaba con estoicismo largas caminatas, hambre, sed, el acoso de camiones de guardias rurales  y los bombardeos, pero las pérdidas de sus hombres, iban dinamitando el espíritu.

Una tarde, mientras esperaban agazapados para sorprender un tren que debía ser tomado antes por un comando de tres hombres bajo su mando, recibe la noticia de que no pudieron detener la mole de hierro y que de los tres solo queda uno herido.

De inmediato, ataviada como una campesina, toma un auto y evacúa al herido hasta la ciudad de Camagüey, con todo el peligro que implica entrar a la urbe rodeada por la soldadesca enemiga que la busca para matarla.

Con Elvira Paneque,  otra joven bayamesa, compartió la vida guerrillera y las duras condiciones del campo cubano. Conoció a Camilo Cienfuegos, poco antes de recibir el ascenso a Comandante, al que recuerda amable, familiar, jocoso.

Muchas tareas cumple Julita Guevara al triunfar la Revolución, en la Federación de Mujeres Cubanas, los Comité de Defensa de la Revolución, la Casa de las madres y familiares de mártires de la Revolución, donde prestó sus servicios de manera altruista después de jubilada, para con celo, acometer la atención a decenas de mártires, héroes  y sus familiares.

En octubre de 2018 cumplirá Julita 80 años de vida, estremecida aún por tantos y tan profundos recuerdos. Confiesa que su pensamiento vuela al evocar esos días, y traen a Flora Mirabal, su compañera vejada y torturada, a Camilo y sus bromas, a Vicente Quesada, tan gentil y valiente, a los muy jóvenes asesinados Mario Alarcón, los hermanos Lottys, a Lara, Pochocho y el resto de sus muchachos.

Los ojos se humedecen y el rostro baja apacible. Detrás de la fragilidad emerge la fuerza de una mujer todo valor.

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  1. Imapactan estos retazos de esa otra parte de la historia del Bayamo redentor que poco se conoce. Hace muchos años un amigo del barrio luego de saludar a Julita, que pasaba frente a nosotros, me comentó, esa es una de las mujeres más valientes de Bayamo. Pero las anécdotas referidas entonces con el paso del tiempo quedaron olvidadas hasta ahora que la periodista intenta rescatarlas. Quisiera saber donde puede consultarse bibliografía sobre esa etapa revolucionaria en los llanos del Cauto.