Una rosa en la manigua redentora

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Por Yelandi Milanés Guardia | 25 septiembre, 2018 |
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Pudiera parecer imposible que entre la pólvora y la sangre de la manigua insurrecta, una rosa encontrara un ambiente proclive a su desarrollo y crecimiento. Mas la vida de Rosa Castellanos Castellanos demostró todo lo contrario.

Nació en el año 1834 en un barracón del poblado de El Dátil, en Bayamo, y sus padres fueron los esclavos Don Matías Castellanos y Francisca Antonia Castellanos.

Con el estallido de la guerra de 1868 desempeñó un papel decisivo en el abastecimiento de alimentos a las fuerzas mambisas y a los heridos en campaña. Posteriormente se hizo hábil como enfermera y organizó hospitales en el campo insurrecto.

Fue muy perseguida por las tropas españolas y se vio precisada a marchar a Camagüey en 1871, internándose en la sierra de Najasa, donde curaba a los heridos y allí constituyó un admirable hospital.

Quizá sus mayores dotes como enfermera los expresara Rosa mediante la conjunción de su humanismo, su buen humor y su sentido de la disciplina, pues existe constancia de que siempre estaba jaraneando con los enfermos, mientras mandaba, ordenaba e infundía respeto entre todos.

Salvó muchas vidas de mambises heridos gravemente en combate y se desempeñó asimismo como comadrona. Los medicamentos los fabricaba de la flora tradicional cubana y conocía los métodos para sanar las enfermedades más comunes en la manigua, para las que encontraba el remedio apropiado.

Participó en algunos combates y su bien ganada fama motivaron a el general Máximo Gómez a visitarla en el rústico hospital, en 1873.

Cuando estalló la Guerra de 1895, el propio mayor general Máximo Gómez le pidió a Rosa la bayamesa que organizará y dirigiera un hospital en Santa Rosa, en Najasa, el cual jamás pudo ser asaltado por las fuerzas enemigas, como consecuencia de las férreas medidas de protección y vigilancia.

Como un soldado más, cuando sus enfermos le dejaban ratos libres, cubría turnos en las filas de combate, cargaba armas, disparaba fusiles y manejaba el machete con destreza.

En mayo de 1896, en el sitio conocido por Providencia de Najasa, es recibida por Máximo Gómez Báez, quien después de estrecharla en fraternal abrazo le otorga los grados de capitán del Ejército Libertador, única mujer que llegó a ostentarlos en toda la epopeya.

El ascenso además traía la siguiente observación: Esta mujer abnegada prestó servicios excelentes en la guerra de los diez años, y en la revolución actual, desde sus comienzos ha permanecido al frente de un hospital, en el cual cumple sus deberes de cubana con ejemplar patriotismo.

Luego de la grotesca intervención yanqui a La Bayamesa le fueron liquidados sus haberes de acuerdo con su grado militar. Y en el marco de desilusiones y pobreza, continuó entregando sus parabienes en labores de comadrona y otros servicios sanitarios.

En sus últimos días de vida a duras penas el Ayuntamiento le aprobó una ayuda de 25 pesos mensuales como socorro, el 4 de septiembre de 1907. Pero quedaban solamente veintiún días para su desaparición física, víctima de una afección cardiaca.

Por sus sobrados méritos le ofrecieron los honores militares que le correspondían, y el pueblo de Camagüey desfiló depositando ofrendas y otorgándole el merecido tributo de cariño y admiración a La Bayamesa, aquella flor robustecida en la manigua redentora.

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