Uno recoge lo que siembra

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Por Angélica Maria López Vega | 14 noviembre, 2020 |
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FOTO/ Lorianne Urizarri Chávez

El suelo que pisamos quizás para algunos signifique poco o casi nada. Sin embargo, para otros son sinónimo de amor, hogar, dedicación y tradiciones.

Cada vez que Osmany Mejías Pérez, con su sombrero de yarey y botas altas, camina por su finca en el municipio de Yara, respira el aire lleno de satisfacción y, a cada paso, recuerda que su entrega a ese terruño viene desde la cuna.

“El trabajo con la tierra proviene de mi infancia, soy hijo de campesinos y toda la vida me he dedicado a trabajar con ellos”.

A sus 47 años es un hombre lleno de alegría, mirada sincera y palabras humildes, pero guarda un secreto para los ojos desconocidos, aquel que lo ve por primera vez pegado al surco, no imagina que, además de agricultor, es licenciado en Lenguas Extranjeras.

Mejías Pérez ejerce como profesor de Inglés en tres escuelas primarias, a las que se traslada, diariamente, en bicicleta o a pie, para llegar a la más lejana recorre alrededor de cuatro kilómetros.

“Vinculo el trabajo de la escuela con la finca, me levanto tempranito, atiendo a los animales, luego cumplo con mi jornada laboral y el proceso docente-educativo.

“Tengo un círculo de interés sobre agricultura. Traigo a los alumnos, les enseño cómo, en estos momentos con la escasez de fertilizantes, se utiliza la lombricultura, la materia orgánica, las cenizas. Todo eso se lo inculco a mis estudiantes para la vida, aquí la mayoría de los padres tiene finca y hago esto como una forma de motivación”.

Debe ser agotador llevar ese ritmo de vida, pero al preguntarle si ha pensado alguna vez decidirse por una sola labor sonríe y dice:

“No, hasta ahora puedo con las dos, todo está en la planificación, es un poco difícil, hay que cumplir siempre, porque en Educación tienes que ser ejemplo, para que los niños aprendan lo mejor de ti”.

Cuando entras a su finca, el platanal se extiende hasta donde se pierde la mirada.

“Ahora tenemos sembradas cuatro hectáreas de plátano Fhía 21. Comercializamos con Acopio, no vendemos nada por fuera. La producción la destinamos al Estado, aunque también aportamos a las escuelas y realizamos donaciones al Hogar materno de Yara, como dice nuestro presidente, hay que pensar como país, pensar en la alimentación del pueblo.

“También tengo matas de café, mango, aguacate, que son para el autoconsumo, y alrededor de 90 palmas. Hay personas que me preguntan, ¿para qué tantas?, bueno, en primera se utiliza la yagua y, en segunda, el palmiche para los cerdos, así se alivia la escasez de recursos.

“Además crío animales, ahora hay más de 200, entre puercos, ovejos, gallinas y patos”.

Sin embargo, lo que más sorprende de este hombre es su altruismo y esa necesidad de ayudar en estos tiempos.

“Son 29 años trabajando en Educación, siempre he tenido una buena relación con la comunidad y los padres, porque soy de las personas que brindo lo que tengo, sin interés de nada a cambio, nací sin nada y  me voy igual.

“Hay quienes me dicen que soy demasiado buena gente, pero yo no puedo cambiar, si lo hago dejaría de ser Osmany. Aprendí, de mi papá, que uno recoge lo que siembra, y que es mejor una amistad, porque el dinero, al final, solo es vanidad”.

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