Virtualmente, ¿la vida?

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Por Angélica Maria López Vega | 12 febrero, 2020 |
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FOTO/ Autor desconocido

¡Alejandro! ¡Oye, estoy hablando contigo!, ¡te pasas el día con ese bendito aparato, estamos almorzando, suéltalo, aunque sea 10 minutos! El joven aparta los ojos un momento del teléfono para decirle a su madre: “Déjame chica, vives en lo mismo” , y dirige su atención a la pantalla nuevamente, ella y el resto de la familia lo miran con desaprobación.Él, al igual que muchos hijos de este mundo moderno, sufre de dependencia tecnológica, lo que significa que necesita de una cierta tecnología “indispensable” para cualquier propósito y que su ausencia le generaría severos problemas.

Es cierto que resultan muy atractivas las opciones que brindan los diferentes dispositivos electrónicos, como celulares, computadoras y consolas de videojuegos, pero su uso excesivo trae consecuencias graves.

¡Está exagerando! , dirán algunos, pues pensaba igual antes de adentrarme en el tema. Científicamente se ha probado que esta adicción
provoca deterioro mental, poco desarrollo de la creatividad, aislamiento social, enfermedades auditivas, atrofiamiento intelectual, descuido personal, depresión, desorden bipolar, ansiedad y otros trastornos psicológicos.

También genera limitaciones en el desarrollo de tareas subordinadas a la utilización de una herramienta específica, lo cual representa un inconveniente, sobre todo, para las nuevas generaciones con el ingenio dormido, adaptadas a resolver la mayoría de sus problemas con la tecnología.

No existe equidad en el acceso a dichos aparatos y, mientras unos están completamente desconectados del mundo circundante, otros se centran en este, pero cada día se suman más personas al primer grupo, lo que de forma irónica convierte al resto en los excluidos o menospreciados.

Cuando alguien sufre de dependencia tecnológica su comportamiento varía: se distancia de forma progresiva de las relaciones familiares y sociales, pierde el control sobre el uso del tiempo y su pensamiento gira de forma permanente en temas relacionados con su adicción, provocando problemas en el desempeño y rendimiento académico o laboral.

Aparecen, de igual forma, trastornos del sueño; inquietud, ira o agresividad, si son interrumpidos, todo ello conduce a un aislamiento progresivo.

Los niños, adolescentes y jóvenes están más propensos a sucumbir ante los encantos de las pantallas táctiles, es aquí donde sus padres juegan
un rol fundamental, ya que deben velar por ellos e
incitarlos a realizar otras actividades.

Parece la mejor opción darle el móvil al infante para que se entretenga, pero no, pues ese mismo será el que después no querrá jugar pelota, ni bailar trompo, se le dificultará hacer amistades reales, ir a fiestas o realizar cualquier interacción social.

Ahora, tampoco debemos satanizar a los objetos cuando es el hombre quien los mal emplea. Estaríamos en un error si olvidamos que con ellos
transformamos casi todo con gran facilidad y en menor tiempo, nos brindan comodidad, permiten la comunicación e interacción en la sociedad, fomentan la calidad del aprendizaje y aumentan la productividad económica, comercial y científica.

Por tanto, la solución no es volver a la edad de piedra y voltear la espalda al desarrollo, sino controlar el uso de la tecnología para que nuestra vida no gire en torno a esta. Basta de refugiarse ahí, de intentar utilizarla para conocer el mundo cuando lo tenemos frente a nosotros, es hora de apartar la pantalla y recordar que no siempre estuvo ahí.

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