
RÍO CAUTO, Granma.–No se puede separar al agua del cuerpo vivo. No es sal. Resulta paradójico que esa materia tan nuestra se vuelva desastre en un río fuera de cauce, en las tablas de lo que se construyó «por esfuerzo propio», en pulmones de animales a los que, ahora, se les pudre lo adherido al hueso que el fuego inducido no pudo quemar.
La cosa es que, buena o mala, al agua la necesitan: para tirarla a las paredes y arrancar, a pulso de escoba, las esquelas de una inundación; para menguar «la peste que tiene la ropa»; para limpiar cisternas que se contaminaron con el flujo de la corriente por letrinas, vaquerías, fosas; al agua la necesitan para beber, que es, casi lo mismo, que vivir.
Por eso cuesta tanto seguir andando, cuando traes 10 000 litros a tus espaldas. No importa si ayer llenaste todos los tanques que pudiste o si alguien ordenó que sigas y «no mires ni pa´ los costaos». No importa… Dicen que el agua no debe negarse y eso Alexey lo sabe mejor que nadie.
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«Lo primero que debería manejar un chofer es tractor, pa´ que aprenda a pasar trabajo. Ya después maneja lo que sea». Ya después maneja una pipa de 16 velocidades, desde donde ve el techo del lada al que dejó pasar porque «hace rato viene atrás de mí».
Como señal de «Tramo en mal estado», habrá a medio trayecto una patrulla de policía con la carcasa hecha añicos y un camión del Programa Mundial de Alimentos a la espera de una goma de repuesto.
No desaparecen los platanales hundidos a mitad de tronco, ni los potreros donde asoman del agua círculos imperfectos que, según Nieves, son la tierra que las vacas nunca pisan. Menos mal que uno, de vez en cuando, encuentra flores desprovistas de huracán.
El camino es el del cuarto día, el que, pasando por Cayamas, solo nos llevó hasta Los Caneyes, porque una laguna sin nombre único creció tanto que hubieran podido bautizarla con todos los nombres que tiene.
Lo bueno es que ya el agua bajó y no hay hombres tirando atarrayas en medio de la calle, ni niños pescando peces peleadores, ni carretas intentando escurrir el excremento de los puercos que pasaron el ciclón adentro suyo.
Las placas vuelven a tener los objetos de siempre y el cordel vacío. Merman las «tripas» de colchones en la carretera y los televisores abiertos y los sillones húmedos… Merman por acá, a este lado de Río Cauto, pero en El Mango uno no sabe qué le espera. Ahora, como los ladas, nos pasa la lluvia.
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En la escuela Lorenzo Céspedes Ferrales no quedó televisor vivo y muchas mesas son esqueletos metálicos, sin tablero alguno. Se refleja el desastre en los ojos de una niña cargada en brazos desde el patio y en el pequeño charco que existe bajo un Martí inerte al que uno mira con respeto, por si reencarna.
Se lee un «Hacer es la mejor manera de decir» en la pared contigua a la cisterna contaminada; se lee «El camino de la creatividad» por título a un libro que es uno más de esos objetos sin remedio con los que han formado un bulto.
«De arriba» han mandado a verter aquí. Será para limpiar, mientras gente recién llegada de centros de evacuación no tiene todavía agua para beber.
Según alegan, «tienen que esperar por la pipa de la Camaronera» que es hasta más grande y «viene por ahí». Además, «a este pueblo se trajo agua ayer, lo que pasa es que ellos también la cogen para limpiar». La muchedumbre no entiende de eso y se alborota.
Dice suficiente la cara de Alexey de lo que pasa por su mente. Sabe que «la gente se puso así porque vio que mandaron: “Echa aquí. Echa allá”. Eso es lo que molesta. Yo le echo a todo el mundo y no pasan estas cosas». Pero hoy no se pudo.
En el portal de la bodega, mientras llena tres tanques para apaciguar la demanda, de boca en boca pasa lo monotemático de estos días. Unas veces, en forma de: «Los colchones no se van a secar nunca porque los sacas y empieza a llover. Lo que se van es a podrir»; otras, bajo el cuerpo sordo de un «Me duele la cabeza de tanto dar gritos».
La cola para el módulo desciende al mismo tiempo que el chorro de la pipa en aquella cisterna limpia. Sin presagio alguno, pasará alguien después buscando agua y el dueño dirá que «en la bodega pusieron». Será comprensible lo de que «aquí no son fáciles»; al menos, algunos.
Van casa por casa estudiantes de la Universidad de Ciencias Médicas y, a la par, llega un camión cargado de colchones. Ya usted sabe lo que se armará cuando abran esa puerta. Aquí hay quien vino del centro de evacuación porque «si en la casa no había nadie no nos daban».
Cuando repartan, a pie de lista escrita, varios se quedarán «para la segunda vuelta». Después, uno escuchará a una madre decir que en su casa no se puede dormir «con muchachos chiquitos porque el fango está en su punto» y, cuando le pregunte entonces dónde dormirán hoy, contestará: «Hasta ahora estamos inocentes».
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Pasan las cinco y la noche se acostumbra rápido a los horarios nuevos.
De regreso, por la carretera de Guamo que Melissa enterró, hay quien saluda con un «Compadre» de esos que suelta la gente de acá, dondequiera que esté. Alexey ha venido bastante con esto de la «contingencia» y qué más da el vidrio que impide la vista hacia dentro, si a la pipa la conoce todo el mundo.
«Viene haciendo fuerza el bicho este» porque no hay fango que lo doblegue. Y, aunque metros atrás el camino «está mejor que hace unos días», en este tramo «he cogido el bache más grande de la historia. Me durmió tres vértebras».
Hemos llegado a Cauto Embarcadero para rellenar la pipa y Alexey, mientras le pasa un «trapo», bromea otra vez con que no es de trabajar, sino de pasear. «Sin embargo, soy el que más trabaja». En estas semanas, si ha dormido «20 horas, son muchas, porque, aunque tenga cinco», solo puede dormir dos y el resto las pasa «desvela´o».
No recuerda los nombres de huracanes que lo hicieron ir «a La Habana, a Santiago, a Ciego»… porque: «yo pa´ los nombres sí soy malo».
Con la certeza de un viaje que llega a su día último, uno ve la pipa desvanecerse en la carretera. Traga en seco y, mientras espanta enjambres de mosquitos recién despiertos, se pregunta: ¿a Melissa habrá quién la olvide?
