
Granma. – En su casa de la infancia, donde las rosas ambientaban los corredores con su aroma, una niña de siete años descubrió el misterio de una mariposa muerta. Aquel hallazgo en el jardín materno fue el primer susurro poético que convertiría a Lucía Muñoz Maceo en la consagrada escritora que es hoy, y que le ha merecido el epíteto La novia de Bayamo, su ciudad natal.
Como si las alas de aquellos insectos se hubieran transformado en páginas, la niña comenzó a escribir versos que flotarían de continuo como un río literario.
Su madre, reconociendo el vuelo incipiente de la creatividad, le obsequió una agenda amarilla que se convertiría en el mapa de su creación literaria. «A partir de hoy usted va a escribir en esta agenda», le dijo, sin saber que inauguraba un ritual que duraría toda la vida: la escritura manual como diálogo íntimo entre la mano y el corazón, entre la tinta y el tiempo.
EL APRENDIZAJE DEL VUELO
En la biblioteca pública, donde los libros abrían ventanas hacia otros mundos, Lucía Muñoz Maceo encontró su primer taller literario. Para entonces, las hermosas canas que hoy peina, eran dos trenzas negras y largas que armonizaban con su uniforme de secundaria y hacían de ella la más joven entre aquellos poetas.
Mientras otros insistían en temas sociales, ella persistía en cantar sus realidades cercanas, esas flores cotidianas que crecían en el jardín de su existencia.
Su primer premio nacional le permitió ensanchar aquellas alas que la llevaron a Varadero, donde conoció a otros escritores y confirmó su destino: «Esto es lo que yo quiero hacer». Contra vientos, y la sobreprotección paterna, estudió Letras en Santiago de Cuba, demostrando que la llamada de la tinta era más fuerte que cualquier obstáculo.
En su habitación, Lucía desarrolló ese ritual sagrado de escribir a mano, sintiendo el pulso del lapicero sobre el papel como un latido tangible de la inspiración.
«Cuando tengo una idea, visualizo el poema y tengo que correr a escribirlo», confiesa, describiendo esa urgencia creativa que la posee cuando las imágenes acuden a su mente.
Su escritura bebe de lo vivido, de lo sufrido, de lo alegre: «No sé escribir sobre una cosa totalmente ajena o con la que no me identifique».
Esta autenticidad raigal se convierte en el sello de una obra que, como las mariposas de su infancia, vuela entre lo personal y lo universal, entre el dolor y la belleza.
Cuando llegó el periodo especial y las editoriales nacionales entraban en crisis, surgió una nueva geografía literaria: el Sistema de Ediciones Territoriales. Estos talleres de publicación provincial se convirtieron en puentes de tinta que unían a los escritores con sus lectores, descentralizando la cultura y permitiendo que voces como las de Lucía encontraran eco sin tener que migrar a la capital.
Para Lucía, esta fue otra revolución. «¿Cómo no íbamos a apoyarlo?», exclama, recordando cómo se integró al consejo editorial de Ediciones Bayamo. Revisar textos, apoyar a nuevos autores, soñar con que dentro de cien años alguien dijera «la primera edición de mi libro es de Ediciones Bayamo», se convirtió en un compromiso compartido en el que su esposo, el escritor manzanillero Luis Carlos Suárez, también tomó parte.
EL VIAJE COLECTIVO
Su libro Amargo ejercicio, una selección de poemas, se convirtió en el emblema de este nuevo amanecer editorial. Aunque las primeras ediciones en blanco y negro parecían mariposas nocturnas frente a las coloridas publicaciones de otras provincias, Lucía supo defender la dignidad de su obra. Al mes, tenía una segunda edición en color, que se agotó inmediatamente, como la primera.
El libro obtuvo el Premio La Puerta de Papel en 2010, confirmando que las editoriales territoriales no solo divulgaban, sino que publicaban materiales de calidad y alto vuelo. Sus reediciones hablan de un hambre persistente por reflejar las raíces y, escuchar las voces que cantan desde sus propios patios.
En los 25 años de las Editoriales Territoriales, Amargo ejercicio llega a su quinta edición con aires renovados en su diseño, e incluye otros poemas escritos por su autora entre 2000 y 2025.
Las editoriales territoriales han acompañado este dulce ejercicio, demostrando ser árboles frondosos donde anidan diversidad de voces; porque la literatura, como las mariposas, necesita dónde anclar su vuelo y alas para recorrer el mundo; beber de lo local y de lo universal, para tejer los versos más perdurables.
