
El aire en Río Cauto parecía detenerse la tarde del 16 de enero. Bajo un cielo gris y silencioso, solo el eco de tres disparos rompió la quietud: proyectiles que no nacieron para herir, sino para llorar.
Era el último adiós al Primer Teniente Fernando Antonio Báez Hidalgo, hijo digno de este pueblo granmense, el más joven entre los 32 cubanos que perdieron la vida durante la agresión militar de Estados Unidos contra Venezuela.
En el Panteón de los Caídos por la Defensa, el pueblo entero se congregó para rendir tributo. Sobre el féretro, la bandera cubana cubría el cuerpo con la solemnidad de los héroes.
Allí estaban sus familiares, autoridades del Partido y el Gobierno provincial y del municipio, junto a cientos de riocautenses que acudieron a acompañar a quien partió demasiado pronto, pero sin renunciar a la luz de su deber.
Un pueblo que no olvida
En nombre del Partido Comunista de Cuba, Sadia Pérez Nápoles, primera secretaria en el municipio, despidió al joven combatiente con palabras vibrantes de orgullo y dolor.
“Nuestro héroe, no te decimos adiós. Descansa en la tierra que te vio nacer y que hoy te recibe como mártir. La patria te contempla orgullosa”, sentenció.
Al lado de sus familiares, Roel Herrera Jorge, delegado de la circunscripción 54, lo recordó como un joven estrella, ejemplar desde su niñez.
“Era sereno, educado, honrado… elegido entre los mejores de Cuba para cumplir la misión”, confesó a los medios de prensa locales con voz entrecortada.
También su tío, Terencio Báez Rodríguez, rememoró la nobleza y disciplina que lo caracterizaban desde pequeño; entre tanto su prima hermana, Yaniry Báez García, lo evocó como un joven intachable y sensible, cualidades que moldearon a quien hoy yace con el honor de los héroes verdaderos.
Entre lágrimas y orgullo materno
En su casa del reparto 21 de la comunidad Cayama en Rio Cauto , Maidelín Hidalgo Hidalgo, su madre, conserva con ternura cada recuerdo.
“Siento como si me hubieran arrancado un pedazo de mí. Fue mi único hijo, deseado, alegre. Siempre supo hacerme reír”, lloraba con el alma desgarrada en el Panteón de los caídos por la Defensa.
Fernando amaba el fútbol, tenía sueños por cumplir y la serenidad de quien conoce la grandeza del deber.
El 3 de enero de 2026, en medio de los bombardeos sobre Caracas, su vida se apagó entre la humareda de la guerra, pero su nombre comenzó a iluminar otra historia: la de la entrega sin límites.
Sembrado en la memoria
El pueblo de Río Cauto lo honra no con llanto, sino con compromiso porque, como reza una de las arengas pronunciadas en el acto póstumo:
“No los enterramos, los sembramos en el surco del honor, en la trinchera del deber, y en el compromiso eterno de que su valor jamás será traicionado”.
Hoy, Fernando Antonio Báez Hidalgo florece en la memoria agradecida de su gente, en las voces que lo llaman mártir, y en la bandera que ondea, altiva, sobre el cementerio donde yace, el combatiente que no muere.
