Tan pronto arribó a Cuba en una expedición conquistadora española, el Adelantado Diego Velázquez de Cuéllar fue combatido por los indios de las regiones de Maisí y Baracoa, en la primavera de 1511.
Los rebeldes eran guiados por el cacique Hatuey, recientemente llegado desde la cercana isla La Española, donde había luchado contra los colonialistas españoles, primero al mando de Anacaona y, luego, desde su cacicazgo en las montañas de Guanabá.
La lucha se extendió por varios meses hasta que el cacique Hatuey fue capturado y conducido al caserío indio de Yara, en la zona del golfo del Guacanayabo, muriendo en la hoguera el 2 de febrero de 1512, hace 514 años.
LA LUCHA HEROICA DE HATUEY
El cacique Hatuey contó a los nativos cubanos de Maisí y Baracoa los maltratos a su pueblo por parte de aquella gente blanca e inhumana, llegados en barcos, bajo el mando de Diego Velázquez, con una única pretensión: hacerlos trabajar para ellos, sobre todo, en la búsqueda de oro, la piedra del sol.
El líder nativo de las Antillas aconsejaba a los habitantes de Cuba lanzar el oro a los ríos; no obedecer a los hombres blancos y a resistirse a ser víctimas de aquel injustificable saqueo de sus bienes. La rebelión era la medida más extrema, pero la más aconsejable en esos momentos.
Las primeras referencias del cacique quisqueyano Hatuey fueron escritas por el cura dominico Fray Bartolomé de Las Casas, quien al referirse al traslado de los indios de La Española a Cuba, narraba: “… se pasaban huyendo a la isla de Cuba, entre los cuales se pasó el señor y cacique de la provincia de Guanabá, con la gente que pudo, llamado en su lengua Hatuey, hombre prudente y bien esforzado”.
Una vez declarada la presencia de Hatuey en el extremo oriental de Cuba, el sacerdote planteaba el estrecho vínculo que forjó con los pobladores de esta zona: “Y en la tierra que más próxima a la punta o cabo de esta isla, que se llamaba en su lengua Maisí, hizo su asiento, por agrado, o por fuerza quizás de los que allí vivían, y más parece que por agrado, porque toda la más de la gente de que estaba poblada aquella isla, era natural de esta isla Española”.
Fue así como el cacique Hatuey logró reunir hombres armados con lanzas de maderas, arcos con flechas y macanas para enfrentar valientemente a los arcabuces, ballesta, adargas y sables españoles.
Por eso, la hueste de Velázquez, formada por unos 300 castellanos, sufrió constantes ataques en emboscadas en sus movimientos de un punto a otro y en sus campamentos en horarios nocturnos.
Los nativos peleaban con valor y empleaban novedosas técnicas de combate, como la sorpresa y las flechas envenenadas.
SU PRESENCIA EN EL VALLE DEL CAUTO
Las acciones guerrilleras de Hatuey enfurecían a Velázquez, quien, con su carácter enérgico y violento, instaba a sus tenientes a atrapar a los líderes indios.
Aunque los aborígenes resistieron en la zona de Maisí, los conquistadores se impusieron. Entonces, Hatuey se dirigió hacia los cacicazgos de Bayamo, Guacanayabo y Macaca, en la parte sur de la región oriental.
A todos comunicaba el trato cruel y la esclavitud a que serían sometidos si no se luchaba contra los invasores. También narró las felonías que los “hijos de Mabuya” habían cometido en Quisqueyana, su tierra natal, contra su reina Anacaona, ahorcándola sin piedad y que lo mismo hicieron con sus principales súbditos.
Los hombres del Adelantado pisaron por vez primera las tierras de las llanuras del Cauto, a comienzos de 1512, detrás de Hatuey, el que había comentado al cacique de Bayamo los objetivos de los conquistadores extranjeros.
Después de una breve estancia en el poblado indio de Bayamo, Hatuey siguió hacia el cacicazgo de Macaca, al sudoeste del Guacanayabo, en busca de su gran señor, a quien se proponía poner al tanto de las atrocidades de los hombres blancos.
La orden de Velázquez era exterminar lo más pronto posible al cacique Hatuey, pues sabía que de ello dependía el éxito de la conquista. Los prisioneros nativos sufrían fuertes torturas para que denunciaran el paradero de su jefe.
LA MUERTE
Por fin, la traición de un indio condujo a los hombres de Velázquez tras la huella del bravo cacique en los montes del Guacanayabo, movido por la venganza debido a viejas rencillas en tierras de Guanabá.
En los primeros meses de 1512, Hatuey era seguido por Pedro de Alvarado, Juan de Grijalva, Diego de Orellana, Antón de Alamino y Francisco Verdecia, al mando de 60 hombres. Finalmente, la vanguardia española logró rodear y capturarlo vivo.
De inmediato, el prisionero fue conducido a la presencia de Diego Velázquez, acampado a orillas del río Yara, donde sufrió toda clase de presiones para detener la lucha y cooperar en la búsqueda de oro.
Pero a todas las propuestas respondía con una negativa. El cura dominico Juan de Tesín, con una cruz en alto, como signo de redención divina, le amenazó con que su alma no iría al cielo. Hatuey contestó que no quería que su espíritu fuera adonde había hombres tan crueles.
Lógicamente, nadie quiere ir en otra vida al mismo lugar de aquellos que martirizan y asesinan, porque el crimen puede repetirse. Hatuey no objetaba la creencia en el reino del más allá, en la redención de los cielos. Sencillamente, rechazaba a los hombres sanguinarios que afligían a los indios y pretendían continuar siendo su verdugo por la eternidad.
En la mañana del 2 de febrero, el Adelantado Diego Velázquez mandó a reunir a todos los indios de los alrededores del Guacanayabo para que observaran el espectáculo de quemar un hombre vivo en la hoguera, así serviría de escarmiento a los rebeldes.
Fue llevado por cuatro hombres al poste donde sería quemado. Hasta allí llegó Velázquez a ofrecerle, por última vez, salvar la vida a cambio de revelar el lugar dónde se hallaba el oro. La repuesta fue que el metal dorado lo había desaparecido y nunca conocerían su paradero.
El conquistador, iracundo, ordenó de inmediato atizar la hoguera contra aquel hombre que prefería la muerte ante que el sometimiento a los salvajes designios de los españoles.
Por su bravo gesto, quedó como la figura cimera del patriotismo indígena, luchando contra los que habían de perpetuarse sobre su martirologio.
El suplicio del cacique Hatuey fue una advertencia de Diego Velázquez y sus hombres a los aborígenes cubanos para dominarlos bajo el imperio del temor y la fuerza.
No obstante, otros caciques siguieron el ejemplo de Hatuey en la lucha sin cuartel contra los conquistadores, entre ellos Caguas, Tarquino, Habaguanex, Guamá y Brizuela, los que sembraron el espíritu de la rebeldía frente a la opresión, la explotación del hombre por el hombre y el dominio extranjero.
LA LEYENDA DE HATUEY
Los grandes sucesos históricos siempre están rodeados de circunstancias exclusivas, unas veces aportadas por la tradición y otras por la leyenda. Por supuesto, el suplicio de Hatuey no fue ajeno a estas reglas.
A raíz de los hechos de la quema del héroe quisqueyano, el primer gran rebelde, nació la leyenda de la Luz de Yara, porque cuando las llamas consumían al cacique, unos españoles trataban de abusar de una linda india llamada Yara.
Ante la indiferencia de Velázquez y del cura, la muchacha desamparada, prefirió lanzarse a las llamas y morir junto a Hatuey. Debido a la singular luz azulada que escaldaba su cuerpo, los nativos se inquietaron por la luz que salía de Yara.
Entre los nativos se forjó también la creencia de que, a pesar de lo dicho por los españoles de que Hatuey no iría al cielo, esa noche vieron una estrella nueva en el firmamento, la estrella de Hatuey.
De esta manera, se cumplía una profecía aborigen acerca de que uno de ellos envuelto en llamas ascendería al cielo y se convertiría en una estrella.
FUENTES: Fray Bartolomé de Las Casas: Brevísima relación de la destrucción de las indias (1598); Roberto Mataizán: Cuba pintoresca y sentimental (1941); César Rodríguez Expósito: Hatuey: el primer libertador de cuba (1944); Felipe Pérez Cruz: Los primeros rebeldes de América (1988); Colectivo de autores: Bayamo en el crisol de la nacionalidad cubana (1996) y José Carbonell Alard: Bienvenidos a Bayamo (1997).
