Hacedores de una obra científica para honrar

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Por Granma | 7 febrero, 2026 |
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FOTO/ José M. Correa

Pese al férreo dominio de la metrópoli española, durante los siglos xviii y xix ocurrieron en Cuba notables sucesos de carácter científico que, por su novedad y relevancia, marcaron verdaderos hitos en la vida nacional e, incluso, algunos trascendieron más allá de nuestras fronteras.

Habría que mencionar entre los más añejos, la creación en 1713 del llamado Real Arsenal Habanero, instalación que en determinado momento ocupó un lugar preponderante en la lista de los astilleros más importantes del mundo en esa centuria.

De acuerdo con lo reseñado en el libro Historia de la Ciencia y la Tecnología en Cuba, elaborado por un colectivo de autores bajo la guía del fallecido doctor Pedro Marino Pruna, en 1769 fue terminada allí la construcción del buque de guerra Santísima Trinidad, el más potente de la armada española y el mayor del planeta en su época, dotado con 140 cañones.

Resalta, de igual modo, la creación de la Sociedad Económica de Amigos del País (SEAP), el 9 de enero de 1790, entidad creada para fomentar el florecimiento de la economía y la agricultura, la cultura, la ciencia y la educación.

La institución, que agrupó en sus filas a lo más avanzado del pensamiento intelectual de la Isla en los finales del siglo xviii y parte del xix, favoreció la introducción y aplicación de los adelantos científicos y tecnológicos en la industria azucarera nacional.

Promovido por la SEAP, comenzó a publicarse en 1790 el Papel Periódico de La Habana, en el que aparecieron artículos de corte científico escritos por autores cubanos sobre botánica y química, por mencionar algunos ejemplos, y los primeros reportes documentados de las observaciones meteorológicas más antiguas realizadas en Cuba.

En 1797, denominado por algunos historiadores el año de la eclosión científica, circuló el manuscrito de Filosofía Electiva, del presbítero José Agustín Caballero; tuvo lugar la primera defensa pública del sistema de Copérnico y se hicieron los primeros ensayos para el uso de la máquina de vapor en la cosecha azucarera.

Los inicios del siglo XIX y las décadas posteriores fueron testigos de una oleada de hechos significativos en el campo de la ciencia y la tecnología. Baste citar la aplicación de la vacuna contra la viruela por el doctor Tomás Romay, en 1804, y la introducción, diez años más tarde, de la física moderna y la experimentación como método para el estudio de las ciencias, a cargo del padre Félix Varela, en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio.

Destacan, también, la primera operación bajo anestesia (se utilizó éter sulfúrico) realizada en Cuba, a cargo del destacado cirujano Vicente Antonio de Castro Bermúdez, en marzo de 1847, solo cinco meses después de emplearse por primera vez a nivel mundial dicho procedimiento en Estados Unidos; y del cloroformo con ese fin a principios de 1848, por el doctor Nicolás José Gutiérrez y Hernández, apenas tres meses luego de haberse aplicado en Escocia.

Justo es reconocer que Nicolás José Gutiérrez promovió y encabezó, desde su inicio, el prolongado proceso de más de 30 años de gestiones que condujo finalmente a la fundación de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, el 19 de mayo de 1861, considerada por Enrique José Varona como «la mayor suma de saber» que tuvo Cuba en el siglo xix.

Para los historiadores de la ciencia, el hito principal aconteció el 14 de agosto de 1881, cuando el sabio cubano Carlos Juan Finlay expuso su hipótesis de que el agente transmisor de la fiebre amarilla debía ser un mosquito, y que probablemente se tratara del hoy conocido como Aedes aegypti.

Ello representó una ruptura radical con las concepciones epidemiológicas vigentes hasta ese momento en el mundo, pues ninguna había planteado la transmisión de enfermedades de persona a persona, a través de un vector biológico.

Imposible omitir la obra de nuestro Héroe Nacional José Martí en la divulgación de los avances de la ciencia y la tecnología desde las páginas de la revista La América, que comenzó a publicarse en Nueva York en abril de 1882.

Allí escribió decenas de artículos, entre los cuales figuran los titulados Escuela de Mecánica, Abonos animales, Telescopios astronómicos, Una máquina de vapor moderna, Formación geológica de Cuba y Últimas maravillas de la Electricidad.

Hubo números de la revista en los que todos los trabajos fueron redactados por Martí, asumiendo también el diseño de atractivas ilustraciones, que hoy asombran a quienes consultan la publicación.

EL LEGADO DE FRANCISCO DE ALBEAR

Nacido hace 210 años (11 de enero de 1816), en el Castillo de los Tres Reyes del Morro de La Habana, Francisco de Albear y Fernández de Lara figura dentro de las personalidades prominentes de la ciencia en la etapa colonial, junto a Felipe Poey, Álvaro Reynoso, Joaquín Albarrán, José de la Luz y Caballero, Esteban Pichardo y muchos otros.

Como refiere el doctor Rolando García Blanco en el libro Cien figuras de la ciencia en Cuba, Albear participó en la realización de alrededor de 200 obras, que incluyeron puentes, faros, muelles, carreteras, edificaciones, además de la instalación de las primeras líneas telegráficas que existieron en nuestro país.

Pero la que lo consagró para siempre en la historia de la ingeniería cubana y mundial fue su Proyecto de Conducción a La Habana de las aguas de los manantiales de Vento.

Su genialidad lo llevó a diseñar innovadoras soluciones basadas en la fuerza de gravedad, convirtiéndose en el primer sistema del país en emplear las aguas del manto freático mediante pozos, garantizando mayor higiene, calidad y volumen en la extracción y distribución del vital líquido.

En plena explotación hasta nuestros días, el Proyecto del Acueducto de Albear obtuvo Medalla de Oro en la Exposición Universal de París, en 1878. Fue calificado como una obra maestra de la ingeniería mundial.

Francisco de Albear falleció en La Habana el 23 de octubre de 1887, sin ver la terminación de su más notorio aporte.

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