
Hay ciudades que se construyen con piedras, calles y gobiernos. Santa Clara, en cambio, parece haber sido edificada también con otra materia más sutil, la de los amores que se negaron a ser olvido.
Cuando en 1872 la familia Abreu abandonó la urbe para radicarse en La Habana, Marta —que apenas había conocido otro horizonte que el del ingenio Dos Hermanas— no imaginaba que el destierro le traería el amor.
Hedy Hermina Águila Zamora, historiadora de la ciudad, relata a la Agencia Cubana de Noticias, que Luis Estévez acababa de graduarse de Derecho y trabajaba en un bufete vecino a la residencia de los Abreu en la calle Prado.
Era más joven que Marta y provenía de una familia humilde. El padre de la joven desconfió, pensando que aquel muchacho la pretendía por interés.
La oposición fue tajante. A Marta la enviaron de regreso a Santa Clara, al cuidado de sus tíos, pero Luis viajó tras ella y, con los tíos, obtuvo la autorización que el suegro había negado.
El 6 de mayo de 1874, en la iglesia parroquial de la localidad, contrajeron matrimonio. Al nacer el primer hijo, lo llamaron Pedro, en honor al abuelo. El niño derritió la coraza del viejo Nolasco y la reconciliación llegó con el nieto en brazos.
Con la dicha de un matrimonio feliz, el 2 de enero de 1909, Marta falleció por complicaciones quirúrgicas. Luis no soportó la pérdida y se suicidó un mes después, el 2 de febrero.
Peor suerte corrió Miguel Gerónimo Gutiérrez, presidente de la Junta Revolucionaria de Las Villas, quien también amó. El texto fundacional de la República en Armas lo menciona con su título patriótico, pero también se le recuerda como esposo de Ángela Quirós.
Tuvieron nueve hijos. Mientras conspiraba en la farmacia La Salud y organizaba el Grito de San Gil, llevaba consigo la imagen de su amada.
Tras alzarse en armas, las autoridades españolas le confiscaron todos sus bienes. Ángela, con los niños, fue recogida por un primo que, por caridad, le concedió un pequeño cuarto al final de su casa.
Según Judiel Reyes Aguilar, afiliado y comunicador de la Unión de Historiadores de Cuba en Villa Clara, Ángela y sus allegados pidieron a las autoridades que al menos les permitieran conservar la máquina de coser, para que la mujer pudiera realizar trabajos de costura y sustentar a su descendencia.
Miguel Gerónimo nunca regresó. Ángela lo esperó hasta el final.

Casi al final del siglo, Juan Marinello Vidaurreta nació en Jicotea, Ranchuelo. Su prima, María Josefa Vidaurreta y del Canal —Pepilla—, nació en Santa Clara. Se casaron en 1927.
Renée Méndez Capote, en sus memorias Amables figuras del pasado, escribió sobre ellos: “Los amores de estos dos primos serán como una ceiba plantada por manos amorosas y fuertes, que brinda el cobijo de su sombra a la verde manigua soleada”.
Pepilla fue profesora y directora de la Escuela Normal de su natal terruño. Méndez Capote, que vivió en la intimidad de esta pareja, confesaría: “No puede separarse esa pareja; la primita, que en su provincia seguía con supremo interés los triunfos universitarios de Juan, forma parte integrante de ese hombre; llegaría a ser la compañera total, capaz de todo sacrificio”.
En tiempos de cárcel y destierro, cuando Juan Marinello escogió “su largo camino de prisiones y destierros”, Pepilla lo esperó, porque su amor era para siempre.

Y entonces llegó diciembre de 1958. La ciudad era un campo de batalla. Las tropas del Che avanzaban entre vagones blindados, y en las calles, una muchacha de 22 años, maestra normalista, repartía fondos y mensajes para el Movimiento 26 de Julio.
Se llamaba Aleida March. Había nacido en Santa Clara y se había formado en la misma Escuela Normal que antes dirigiera Pepilla Vidaurreta. Cuando el comandante Ernesto Guevara la vio llegar al campamento rebelde en el Escambray, no sabía que aquella muchacha se convertiría en la compañera de toda su vida.
La historiadora Aremis Antonia Hurtado Tandrón relata en su libro El fin de la invasión: La Batalla de Santa Clara, que Aleida March conoció el amor en medio del fragor de la batalla, y supo, después de la muerte, convertir ese amor en memoria viva.
El 2 de junio de 1959, divorciado ya de Hilda Gadea, el Che contrajo matrimonio con Aleida. Los ocho años que siguieron fueron una larga sucesión de ausencias.
Cuando nació Aleidita, el Che estaba en Checoslovaquia. Después llegarían Camilo, Celia y Ernesto. El 9 de octubre de 1967, cuando el Che fue asesinado en Bolivia, Aleida tenía 31 años.

Finalmente, Longina. El 8 de octubre de 1918, en el solar habanero La Maravilla, residencia de María Teresa Vera, un grupo de músicos descargaba bajo la lluvia.
Llegó entonces un lujoso automóvil. Del brazo de Armando André emergió una mujer, deslumbrante por su belleza, a la que era imposible dejar de mirar. Se llamaba Longina O’Farrill.
André pidió a Manuel Corona, el trovador de Caibarién, que le compusiera una canción. “Longina”, respondió ella. “Pues Longina se llamará la canción”, dijo él.
El domingo 15 de octubre de 1918, en el mismo solar, Corona estrenó la pieza.
No fue una relación de amantes, sino la de un compositor y su musa. Años después, cuando Corona yacía tuberculoso en Marianao, ella confesó: “Hubiera querido estar a su lado en el instante en que lanzó su último suspiro”.
Manuel Corona falleció el 9 de enero de 1950. En 1968, sus restos fueron trasladados a Caibarién. En 1989, por voluntad de Longina O’Farrill, fallecida en 1983, los suyos fueron llevados al mismo panteón. Desde entonces, duermen juntos.
Este 14 de febrero, la urbe santaclareña recuerda que el amor puede ser una boda que desafía las convenciones sociales y una viudez que no soporta la ausencia; una máquina de coser que borda la dignidad en la pobreza; una ceiba que cobija a toda una familia; un comandante y una maestra normalista que se encontraron en la guerra; una canción escrita en una semana que aún hoy, más de cien años después, alguien tararea al cruzar el parque Vidal.
