
Hace 190 años nació, en Sevilla, el poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer. Los 34 años que vivió estuvieron marcados por grandes sentimientos, oscuras frustraciones, desgracias y apagadas esperanzas, depositados en unos versos que, tal vez por la sinceridad, la hermosura o la universalidad de sus temas, son hoy patrimonio espiritual de quienes, sin otra posibilidad de fuga, buscan en la poesía el consuelo o el encuentro consigo mismos.
De no ser así, ¿cómo explicar que desde hace muchos años, en la tumba del poeta de las golondrinas, ubicada en el Panteón de Sevillanos Ilustres de la Universidad de Sevilla, en el sótano de la Facultad de Bellas Artes, aparecen cartas y más cartas, en su mayoría de jóvenes, para contarle sus penas y añoranzas, y pedirle que los ayude a alcanzar sus sueños de amor?
De su padre, el pintor José Domínguez Bécquer, heredó –como también sucediera con su querido hermano Valeriano– el gusto por el arte; y fue un apasionado de la pintura, de la música y de la lectura. Huérfanos desde pequeños, los ocho hermanos pasaron a vivir con un tío abuelo que los acogió con beneplácito. Gustavo Adolfo se instalaría, más tarde, en casa de su madrina Manuela Monchay, mujer culta, dueña de una biblioteca que el ahijado devoró en poco tiempo. El contacto con los libros avivó en él al artista y al poeta. No escribiría ya un solo poema que no hiciera acompañar de un dibujo suyo, como realce visual de sus escritos.
Obsesionado con la literatura, parte con 18 años hacia Madrid, para hacer carrera. Pero Madrid no es lo que esperaba y se las ve difícil para sobrevivir. Fue allí, sin embargo, donde conoció al periodista y escritor cubano Ramón Rodríguez Correa, entrañable amigo que le ofrecería para siempre su incondicional apoyo. Más tarde se le unirá su hermano Valeriano, quien vivirá en el hogar creado por Bécquer y Casta Esteban, con la que el poeta no consigue ser feliz: Tú prestas nueva vida y esperanza / A un corazón para el amor ya muerto, / Tú creces de mi vida en el desierto / Como crece en un páramo la flor.
Llenos de sueños e ilusionados con proyectos artísticos en común estaban los hermanos, cuando la muerte puso fin a la existencia de Valeriano, en septiembre de 1870. Unos meses después, el 22 de diciembre de 1870, aquejado por el ya viejo mal de la tuberculosis, fallecía, también, Gustavo Adolfo. Dicen que sus palabras para despedirse de la vida fueron: ¡Todo mortal!
Claro que no todos los que nos hemos deleitado con las Rimas de Bécquer nos hemos sentido impulsados a hacerle cartas o pedirle consejos, por creerlo experto en amores; pero confesemos que no ha sido fácil dejar de marcar en el libro algún poema estremecedor, o copiarlo y aprenderlo, o enviarlo en una postal amorosa, en un mensaje que sepulta una fallida historia, o en un prontuario donde guardamos esas sentencias universales que nos han de acompañar durante la vida, como aquella suya que reza: Podrá no haber poetas; pero siempre / habrá poesía.
Autor también de hermosísimas leyendas, de piezas teatrales, de reportajes y crónicas periodísticas; y considerado como una luz en la opacidad lírica decimonónica –en tanto superó con creces la obra de sus contemporáneos–, Bécquer sigue aguzando el misterio poético, que no se dilucida ante la página, sino que trashuma de lector en lector para, nuevamente, volverse enigma.
En su rima lxi, el poeta se hace varias preguntas –de esas que nos hemos hecho todos alguna vez–, e indaga en la persona que lo acompañará en sus horas de fiebre e insomnio, la que le cerrará los ojos y lo llorará. El poema concluye con estos versos: ¿Quién, en fin, al otro día, / cuando el sol vuelva a brillar, / de que pasé por el mundo, / ¿quién se acordará?
No espere el lector la respuesta en estas líneas. Si a 190 años de su llegada al mundo, usted sigue emocionándose con lo que escribió el poeta, ya sabrá que, lejos de todo olvido, Bécquer regresa, cada vez que lo invocamos, para hablarnos de amor y poesía.
