Visto como un abogado, músico, poeta y hacendado de gran estirpe revolucionaria, Pedro Felipe Figueredo Cisneros (Perucho) forma parte del glorioso panteón de los padres fundadores de la nación cubana.
En la guerra de independencia alcanzó renombre por ser de los primeros animadores de la cruzada liberadora frente al colonialismo español, su vertical posición independentista, la creación de la marcha La Bayamesa, devenida Himno Nacional, y el desempeñó de altos cargos políticos y militares en el Gobierno Revolucionario.
De raíz y esencia patriótica, Perucho Figueredo vio la luz el 18 de febrero de 1818, hace 208 años, en la ciudad de Bayamo.
LA FORMACIÓN ACADÉMICA Y PROFESIONAL
Hijo del abogado y amante de la independencia de Cuba, Ángel Figueredo Pavón, realizó estudios en los en los conventos de Santo Domingo y San Francisco de la ciudad de Bayamo, sobresaliendo por su inteligencia y aplicación.
En 1831 viajó a La Habana e ingresó en el Colegio de San Cristóbal, en el barrio de Carraguao, donde tuvo por maestros a hombres visionarios y humanistas como José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero.
De su aventajado alumno certificó Luz y Caballero, el 1 de octubre de 1834: “Pedro Figueredo ha cursado la latinidad en el establecimiento de mi cargo durante tres años con aplicación y aprovechamiento…”
En 1835 ingresó en el Real y Conciliar Colegio de San Carlos y en septiembre de 1837 en la Real y Pontificia Universidad de La Habana, donde en marzo de 1838 se graduó en examen de claustro pleno de bachiller en Derecho Civil y en marzo de 1840 de bachiller en Sagrados Cánones.
Deseoso de una sólida formación, desechó seguir estudiando en la universidad habanera debido a sus antiguados y escolásticos contenidos. Escogió la Universidad de Cervera, en la capitanía general de Barcelona, tierra clásica de libertades, para cursar la carretera de Jurisprudencia.
Entre 1841 y 1844 se dedicó con ahínco a los estudios, obteniendo con notas de sobresaliente su título académico. Además, tuvo la clarividencia de revalidarlo en la Universidad Central de Madrid, por lo que añadió al título la condición de abogado del reino español.
De regreso al ámbito bayamés, el 17 de diciembre de 1844 el Colegio de Abogados de Cuba le otorgó permiso de ejercer como abogado.
Afanoso de ejercer su profesión, instaló un bufete en la calle del Marqués (hoy Pedro Figueredo), donde contó con una amplia clientela. Al propio tiempo ayudaba a su padre a administrar sus múltiples propiedades, que incluían haciendas ganaderas, un ingenio azucarero y varias estancias.
Poco después, en 1845, contrajo matrimonio con la joven y hermosa Isabel Antonia Vázquez Moreno, de cuya unión nacieron once hijos: Eulalia, Pedro Felipe, Blanca Rosa, Gustavo, Elisa, Candelaria (Canducha), Isabel, María de la Luz, Ángel María, Piedad Luisa y María Esther Figueredo y Vázquez.
Se caracterizó por su sentido idealista y corazón apasionado, amó tanto a su esposa como a la Patria. De tal forma, prohibió a sus mayorales el castigo cruel a los esclavos, para los cuales procuró más alimentos y mejores condiciones.
Cuando intentó liberar a sus esclavos, las autoridades españolas se lo prohibieron. Contra cualquiera que lo hiciera pesaban fuertes condenas. No obstante liberó de manera discreta a algunos de ellos, entre los cuales se hallaba Severino, quien pasó a ser su fiel calesero.
Por denunciar la vida corrupta y licenciosa de un funcionario español, fue sancionado a dos años de arresto domiciliario.
Desde entonces quedó en silencio su bufete, demostrando con ello que no podía vivir en un medio político corrompido en el que los derechos humanos y la justicia eran ignorados. Era preferible a no poder ejercer con verdadero decoro su profesión.
Su cercano familiar, Fernando Figueredo Socarrás, destacaba que a la par de atender sus propiedades rústicas, principalmente el ingenio azucarero Las Mangas, perfeccionaba su vocación musical: “Era un músico consumado. Tocaba distintos instrumentos, pero tenía pasión por el piano. De noche, cuando cesaba el ruido de la faena; cuando la máquina dejaba paralizada la obra portentosa de sus funciones, Perucho rasgueaba el blanco teclado de su piano y hacía que sus cuerdas, hendiendo los aires, produjeran las más dulces y armoniosas melodías”.
Pero sus creaciones no se limitaban al ámbito musical. Tenía exquisito gusto por el dibujo y la caricatura. Los visitantes a su casa se deleitaban hojeando el álbum donde archivaba sus obras artísticas.
El propio Fernando Figueredo destacaba que brillaba, también, como literato. En tal sentido evocaba: “Manejaba la crítica con gracia y con ironía: en el epigrama era intencionado y chispeante (…) escribió muchos cuadros de costumbres y poesías satíricas”.
LA HUELLA INDEPENDENTISTA
Recibió la encomienda de preparar La Marsellesa cubana, es decir, dotar la naciente patria de un himno propio, autóctono, que despertara las ansias de libertad del pueblo. La pieza, creada en agosto de 1867, consta de estrofas sublimes que ensanchan el alma de quien la entona y quien la escucha.
Antes de caer prisioneros de las autoridades coloniales, una vez denunciada la conspiración al capitán general Francisco Lersundi, el ilustre varón de Bayamo, Carlos Manuel de Céspedes, proclamó la independencia en su ingenio azucarero La Demajagua, en Manzanillo, el 10 de octubre de 1868.
Ante las presiones de Tomás Estrada Palma y Luis Merconchini, entre otros apaciguadores despachados por el Gobierno español, Perucho manifestó con énfasis: “¡Qué cada quien haga lo que estime más conveniente! En cuanto a mí, me uniré a Carlos Manuel y con él marcharé a la gloria o el cadalso.”
Luis Merconchini, más astuto que tenaz, planteó que se quedaba junto a la Revolución afrontando todos los peligros. Enseguida le hizo coro Céspedes Fornaris. Puesto contra la espada y la pared, Estrada Palma cambió de casaca y no regresó a las filas de los vacilantes. Pero en el fondo guardó aquella postura de Céspedes y Perucho Figueredo como un agravio, porque prácticamente lo obligaron a “meterse” en la revolución.
Enseguida Figueredo preparó una proclama al pueblo de Bayamo, donde denunciaba los planes del Gobierno español de “disuadir de sus propósitos a los que hemos secundado el movimiento insurreccional iniciado por Carlos Manuel de Céspedes en Yara”, la decisión de la comisión pacificadora de integrarse al campo revolucionario y llamar “timoratos” a los cubanos que le hacían el juego al enemigo.
Después de precisar que la lucha sería por la independencia o morir como buenos cubanos en la demanda, puntualizaba: “Bayameses: la revolución que desde hace meses veníamos preparando, ha estallado y está dispuesta a demostrar su indómita pujanza. Vuestro deber es unirnos a ella, porque con ella estáis comprometidos. Demostradle al bárbaro opresor que sois hombres dignos de la libertad. Bayameses: ¡Viva la Independencia!”.
Más de cien hojas impresas con esta proclama inundaron la ciudad de Bayamo, repartidas por Luis Figueredo, José Manuel Capote Sosa y Ceferino Estrada. El pueblo reaccionó positivamente, incluyendo a los indecisos, el que salió a secundar a Céspedes, el libertador, el de la gran decisión.
Consecuente con sus rectas palabras, el 13 de octubre, en la mañana, reunió a más de 200 bayameses en el ingenio azucarero Las Mangas, al oeste de Bayamo, con el marcado propósito de secundar el grito redentor.
En el acto les dio la libertad a sus esclavos y sus hijas Eulalia y Canducha enarbolaron la bandera tricolor diseñada por Céspedes en el ingenio La Demajagua.
El alto mando revolucionario lo ascendió al grado de teniente general y puso en sus manos la jefatura del Estado Mayor General del Ejército Libertador.
Luchó con ardor en la batalla de Bayamo, comenzada el 17 de octubre, mandando personalmente la división La Bayamesa.
Al caer la plaza en manos de las fuerzas patrióticas, el 20 de octubre, el pueblo delirante de frenesí le solicitó en la plaza de la Iglesia Mayor la letra de la marcha La Bayamesa, cuya música era ya conocida.
Montado sobre su caballo exteriorizó las emocionantes notas de ese canto sublime, el cual proclama que “Vivir en cadenas/ es vivir en afrenta y oprobio sumido” y que “Morir por la Patria es vivir”.
Hombre digno de la patria, Perucho Figueredo dedicó todo su esfuerzo, inteligencia creativa y pasión a la lucha por la libertad.
FUENTES: Candelaria Figueredo Vázquez: Autobiografía. La abanderada de 1868 (1929); Fernando Figueredo Socarás: Discurso sobre Pedro Figueredo (1929); José Maceo Verdecia: Bayamo (1936); Gabriel García Galán: Pedro Figueredo, autor del himno bayamés. Narciso López, creador de la bandera cubana (1959); Alfredo Mestre Fernández: Perucho Figueredo: el Himno Nacional (1995); y Ludín Fonseca García: Perucho Figueredo. Correspondnecia1868-1870 (2024).
