Juan Clemente Zenea: el bayamés que hizo de la poesía un arma de libertad

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Por Aldo Daniel Naranjo (Historiador) | 23 febrero, 2026 |
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El nombre de Juan Clemente Zenea Fornaris está íntimamente ligado a una etapa fecunda de la literatura cubana e hispanoamericana, marcada por el sello del romanticismo, particularmente en la producción poética.

Con sus acciones y obras ejerció una gran influencia en la creación literatura y el ejercicio del periodismo con artículos y crónicas que incitaban a la solicitud de los lectores.

Las principales influencias en su estilo peculiar provenían de Luis de León, Alphonse de Lamartine y Alfredo de Musset, sobre todo en la libertad y el aliento constante de búsqueda de la cultura popular y la aspiración a un destino mejor.

Asimismo, trasciende por su postura anticolonialista, antiesclavista y el quehacer de un periodismo investigativo y crítico.

Juan Clemente Zenea nació el viernes 24 de febrero de 1832, en la villa de San Salvador de Bayamo, hace 194 años. La mejor defesa de su vida y otra se encuentra en su creación intelectual. Sirvan estas notas para conocerlo y apreciarlo mucho mejor.

POETA Y PERIODISTA

Era hijo del teniente español Rafael Zenea y Luz, integrante del Batallón de Cuba destacado en el valle del Cauto, y la bayamesa Celestina Fornaris y Fontayne. El padre quiso que recibiera una buena educación y lo ingresó en una escuela privada. Muy pronto demostró una clara inteligencia y una sostenida inclinación hacia las bellas letras.

Pero, aún niño, perdió a la madre. En 1839, con 13 años de edad, el padre lo llevó consigo a La Habana. Quedó al cuidado de su tío Evaristo Zenea, pues su progenitor debía proseguir viaje a España.

Matriculó en el colegio El Salvador, dirigido por José de la Luz y Caballero. Por sus lecturas y estudios, alcanzó una amplia cultura sobre las más variadas materias, sobre todo en literatura e historia.

Vinculado a los círculos literarios habaneros llegó a la redacción del periódico La Prensa, donde en 1846 publicó sus primeros poemas. Dos años después, sentó plaza como redactor y tuvo a su cargo la sección poética Lágrimas. Publicó folletines bajo el título Espejos del Corazón, dedicado a la moral y la educación de las mujeres.

De esta época datan sus relaciones amorosas con Adah Menken, poetisa y actriz estadounidense llegada a La Habana con una compañía de teatro de Nueva Orleans. Ella le ayudó a perfeccionar sus conocimientos del inglés y francés.

En colaboración con e bayamés José Fornaris y el habanero Rafael Otero publicó en 1850, en La Habana, el famoso libro La mujer ¿Es un ángel? ¡No es un ángel! ¿Sí será o no será?

El 18 de enero de 1852, fundó el periódico quincenal El Almendares, dedicado a la literatura y la moda, junto a Idelfonso Estrada Zenea. En agosto abandonó la dirección del mismo, pero continuó colaborando con artículos y poesías, algunos con el seudónimo de Adolfo de la Azucena.

La fiebre del siboneyismo, propagada por José Fornaris y José Joaquín Luaces, no fue del agrado de Zenea, quien apreció que ese movimiento devenía una expresión de decadencia para el romanticismo. Del mismo parecer eran los críticos Antonio Zambrana Valdés y Rafael María de Mendive.

A los 20 años, tenía ganada fama nacional como periodista y crítico literario, siendo invitado a las veladas literarias organizadas en La Habana. Sus criterios eran escuchados con atención y respeto.

En la revista literaria Álbum cubano de lo bueno y lo bello, bajo la dirección de Gertrudis Gómez de Avellaneda, publicó varios ensayos, abordando los complejos temas de la pobreza, la juventud y sus sueños.

En uno de ellos, titulado Los jóvenes, recordó pasajes de su juventud y contó estremecido: “Volví los ojos atrás y llore los primeros diez y nueve años de mi vida, lamenté aquella sangre que había fluido de la arteria vigorosa, aquella fuerza que se había invertido, aquella flor que había exhalado su perfume: vi correr con precipitación como una catarata espumosa, el torrente de pasiones que me dominaban; compare la extensión fija de lo pasado con la extensión incierta de lo futuro…”.

De acuerdo a su visión la juventud estaba dotada de un “pensamientos de fuego” y poseía suficiente capacidad para trastornar el orden lógico del desarrollo físico, moral e intelectual. Gracias a esas efervescencias precipitaban el desenvolvimiento de la vida que venía a ser lo verdaderamente importante, al ser los descubridores de cosas ocultas para el porvenir y los vigorizadores de las últimas aspiraciones del hombre.

A tono con estas premisas aseguraba: “El progreso universal está esperando siempre las iniciativas de la juventud para llevar a largas distancias sus preciosas teorías y difundir por todas partes las claridades bienhechoras de la ciencia y la virtud: para remover los obstáculos solo su palanca tiene suficiente poder”.

EL LUCHADOR SEPARATISTA

De su estrecha amistad con el periodista y tipógrafo Eduardo Facciolo Alba y el editor Juan Bellido de Luna y Rodríguez, nació la idea de publicar un periódico clandestino contra el despotismo español, capaz de orientar al pueblo por el camino de la independencia. En junio de 1852 apareció su primer número y llevó el título de La Voz del Pueblo Cubano.

Durante la preparación del cuarto número fue descubierta la imprenta y Facciolo detenido. De seguido llegó la orden de detención contra Zenea, por lo que se ocultó en una finca cercana a La Habana.

Buscado afanosamente por las autoridades colonialistas, en agosto de ese año logró escapar en una pequeña embarcación hacia Nueva Orleans, en el sur de los Estados Unidos. En tanto, el 28 de septiembre, Facciolo era ejecutado en garrote vil, es decir, estrangulado.

En el país norteño Zenea reanudó sus amores con Adah Menken e ingresó en el club revolucionario El Orden de la Joven Cuba, donde continuó criticando la división entre los cubanos en aquellos momentos cruciales para la Patria. En uno de los artículos sentenció con clara visión estratégica: “Unidos, la victoria es nuestra. Con la división sólo podemos obtener la expiación y el dolor moral. En la unión está la fuerza”.

En versos llameantes denunció los crímenes del régimen colonial y defendió las más nobles ideas de la lucha contra la esclavitud: “Porque tengo con más honra/ ser libre que filibustero/ que no pirata negrero/ y torpe esclavo de un rey”.

Por eso, un consejo de guerra, reunido en La Habana, consideró sus escritos extremadamente revoltosos, le acusó de traidor a la patria, por supuesto, la patria española, y le sentenció a morir agarrotado.

En cónsul español en Nueva Orleans lo visitó para aconsejarle que regresara a Cuba y aclarara bien su situación política. Ante la propuesta, respondió: “Dígale al capitán general de Cuba, que he escrito, que escribo y escribiré contra el despotismo; que mal hace en preocuparse de mí, porque soy un hombre libre que desprecia su manera de actuar y que solamente hablemos cuando pueda pedirle con las armas en las manos por los ultrajes que ha inferido al pueblo cubano”.

La relación con la Menken terminó poco después y el bayamés viajó a la ciudad de Nueva York. Prontamente, entró en contacto con reconocidos personajes del mundo literario y político, tanto de emigrados cubanos como estadounidenses. Colaboró en los periódicos El Correo de Luisiana, El Independiente y Faro de Cuba, ampliando sus campañas contra el gobierno español.

Vinculado a los planes de la guerra separatista del brigadier Narciso López y el escritor Cirilo Villaverde, Zenea formó parte de la sociedad La Estrella Solitaria. Fue un ferviente propagandista del ideal independentista y de que Cuba escogiera su propio destino político. Sus artículos los publicaba en los periódicos La Verdad, redactado por Miguel Teurbe Tolón; El Filibustero, dirigido por Juan Bellido de Luna; y El Cubano, editado por Gaspar Alonso Cisneros.

Gracias a un decreto de amnistía general por parte del Gobierno español, de marzo de 1854, Zenea pudo regresar a Cuba, impulsado por varios amigos. Comenzó para su vida una nueva etapa de amplio ejercicio periodístico, la preparación de libros y su matrimonio con Luisa Mas y Jiménez, con quien tuvo una hija, Piedad Zenea.

En ese tiempo apareció el cuaderno Cantos de la tarde (1860), sus cautivantes romances Fidelia y Nocturno (1860) y la monumental Revista Habanera (1861).

En su producción intelectual, como poeta, periodista, editor y profesor continuaba vigente el fervor patriótico y revolucionario sin ataduras foráneas. En las primeras páginas de la Revista Habanera, subrayaba: “Venimos por puro patriotismo a emplear tiempo y trabajo con perjuicio de nuestras tareas cotidianas para que no se diga que aquí está apagada la antorcha que el entusiasmo de los pueblos civilizados enciende en el altar de los conocimientos útiles y amenos…”

Una y otra vez fue censurado por las denuncias que realizaba de los males coloniales y esclavistas. Sin poder vivir entre cadenas, en 1865, volvió al exilio para escribir en México y los Estados Unidos obras de alientos patrióticos, con un rigor literario maravilloso y duradero.

FUENTES: Enrique Piñeyro: Vida y escritos de Juan Clemente Zenea (1901); José Maceo Verdecia: Bayamo (1936); José M. Labraña: Cuba en la mano (1940); Enrique Orlando Lacalle y Zauquest: Cuatro siglos de historia de Bayamo (1947); Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía (1970); Arsenio Rosales: Zenea, altivez y sobriedad: la condición humana (2006).

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