La lección perenne de Baraguá

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Por Osviel Castro Medel | 15 marzo, 2026 |
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A veces la historia se vuelve rutina. Las fechas memorables pasan por el calendario casi sin que las toquemos. Y corremos el riesgo de olvidar que detrás de cada una hay hombres de carne y hueso, con miedo, con sueños, nervios…

Así  ocurre a veces con el 15 de marzo de 1878. La Protesta de Baraguá ha quedado en la memoria colectiva como un instante de dignidad suprema, y lo es. Pero si nos quedamos solo con la anécdota del desencuentro entre Maceo y Martínez Campos, si la reducimos a la frase célebre de “No, nos entendemos”, estaremos mutilando su significado verdadero.

Porque Baraguá no fue un arrebato. Fue una convicción madurada en diez años de guerra, en diez años de ver morir compañeros, de enterrar hijos, de quemar casas para que no las ocupara el enemigo.

Cuando Maceo se plantó bajo aquellos mangos, no lo hizo desde la soberbia ni desde la ignorancia del cansancio ajeno. Sabía bien lo que había pasado en Camagüey, conocía el agotamiento que llevó a muchos a firmar la paz del Zanjón sin obtener ni independencia ni abolición de la esclavitud. Pero también sabía que esa paz, por necesaria que pareciera, era una trampa.

El Zanjón no fue solo un pacto. Fue, como bien se ha dicho, una flaqueza. Un momento de desmayo colectivo que pudo haber cerrado para siempre el camino de la libertad cubana. Y si no lo hizo, fue porque ese pedazo del oriente cubano, un grupo de hombres decidió que la guerra podía continuar, aunque aunque las fuerzas fueran desiguales, aunque todo pareciera perdido.

No fue una decisión fácil. Las huestes de Maceo también estaban agotadas. También habían perdido familiares, también arrastraban heridas físicas y morales. Pero llevaban dentro algo que no se rinde: la certeza de que la independencia no era un lujo ni una ocurrencia, sino la razón misma por la que habían empuñado las armas. Y cuando Martínez Campos, investido de autoridad, les ofreció una paz sin dignidad, la respuesta fue tan clara como sencilla: ¡no!.

Fue la afirmación de que había principios irrenunciables, la demostración de que la palabra independencia, tantas veces repetida, seguía teniendo sangre caliente en las venas de los cubanos. Y fue, sobre todo, una lección para el futuro: la dignidad no se negocia, la lucha justa no se abandona por cómoda que parezca la rendición.

Con el tiempo, Martí supo ver en aquel gesto una de las cumbres de nuestra historia. No la única, porque sin el 10 de Octubre no habría habido guerra, pero sí una de las más altas. Y Fidel, un siglo después, recordaba aquellas palabras del Apóstol para explicar que las glorias no se comparan, se suman.

Valdría recordar que aquellos días de tensiones, alguien propuso resolver el conflicto de un modo más expedito : atentar contra Martínez Campos. La idea, nacida del desespero, encontró en Maceo un rechazo inmediato. El Titán entendía que la guerra tenía reglas, que la honra no era un adorno y que el civismo debía prevalecer aun en medio de la violencia necesaria. Ese gesto, menos conocido, completa el retrato de un hombre que no solo era valiente, sino también íntegro.

Hoy, cuando han pasado 148 años de aquel encuentro bajo los mangos, la pregunta sigue siendo la misma: ¿hemos sabido estar a la altura de esa herencia? No se trata de repetir frases ni de rendir culto vacío a los héroes. Se trata de entender que la lección de Baraguá es para todos los tiempos. Que siempre, ante cada zanjonero, se romperán corojos.

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