-Oiga, compay, eso de los güijes son cuentos de camino -aseguró Alcides Gómez Tasé, un hombre menudo, de voz firme y sombrero de yarey, mientras recorría los vericuetos de San Pablo de Yao, allá en Buey Arriba.
-Yo conozco esta zona desde mucho antes del ciclón Flora. Cuando aquello sopló, no quedó árbol en pie ni mulo que aguantara el susto. ¡Imagínese! La gente se fue loma arriba para salvar el pellejo. Aquel temporal arrasó con casas, cosechas… y hasta con los guijes, porque ya nadie volvió a hablar de ellos.
Se acomodó junto a una fogata y, como quien enciende también la memoria, añadió con brillo en los ojos:
-Pero hay algo que sí recuerdo clarito: aquí mismo, en San Pablo de Yao, le gané un juego de pelota a Fidel-Alcides se ajustó el sombrero y continuó:
-Fue el 6 de octubre de 1966. El líder andaba por estas lomas chequeando las labores de recuperación después del Flora. Como sabía que aquí lo que más gusta es la pelota y las corridas de cintas a caballo, propuso, así de pronto:
-Chico, ¿qué te parece si echamos un jueguito?
El campito era improvisado, con bases marcadas por piedras y bates medio torcidos, pero nadie dudó un segundo. Cuando corrió la noticia, empezó a llegar la gente del valle y la montaña. ¡El Comandante en Jefe jugando pelota en San Pablo de Yao! Aquello fue como si el mismísimo sol se hubiera bajado a batear.
-El partido era reñido-Precisa Alcides-Yo me animé, toqué la bola suave, llegué a primera y, sin pensarlo, me robé la segunda base. Fue entonces cuando escuché su voz, seria pero sin perder la chispa:
-Chico, vuelve pa’ trá.
-¿Pero por qué, Comandante? -pregunté confundido.
-Porque lo que hiciste es incorrecto. Esto es un juego de manigua, y aquí no se roba base. En la manigua, cada paso se gana con dignidad.
Obedecí, claro. Y enseguida añadió, con una sonrisa bajo la barba:
-Te voy a decir una cosa: a mí no se me roba ni de día ni de noche, ¿queda claro?
El gentío estalló en carcajadas. Terminamos ganando nueve carreras por ocho, y Fidel, con la gorra ladeada, se me acercó y dijo en tono de desafío amistoso:
-Yo no pierdo mucho en la pelota, así que prepárense pa’l próximo juego. Voy a traer a Capiró y a Tony González, y ustedes no van a ganarme. Dio una palmada en mi hombro y prosiguió:
-Pero mientras llega ese momento, vayan afinando la puntería. Los invito a tirar con AKM, vamos a ver quién acierta más.
Aquel día, más que un juego, fue una lección. Fidel no solo jugaba: enseñaba con cada gesto. En medio del monte húmedo, entre pelotas improvisadas y risas, demostró que el liderazgo también se gana con respeto, humor y coherencia. No vino a mandar, sino a compartir.
Y desde entonces -dice Alcides con una media sonrisa- cada vez que agarro un bate, me parece oír su voz retumbando entre los pinos del Yao:
“En la manigua no se roba, se pelea”.
