Desde su temprana edad, Carlos Manuel de Céspedes se comprometió a favor de la causa de la libertad humana y de la independencia de Cuba. Cada aspecto de su vida interesa, porque su biografía constituye un monumento de un hombre integral, orgánico y visionario. Su legado es de lo mejor del pensamiento de independencia y soberanía, de ciudadanía y humanismo.
NACIMIENTO Y CASA NATAL
Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes y del Castillo nació en Bayamo, el 18 de abril de 1819. Era el primogénito del matrimonio formado por el comerciante y hacendado Jesús María Céspedes y Luque (Don Chucho) y de Francisca de Borja del Castillo y Ramírez de Aguilar, dos ramas familiares de arraigo en la oligarquía de la región oriental.
El alumbramiento tuvo lugar en una mansión de paredes de cal y ladrillos, y techo de madera y tejas, situada en el callejón de Mercaderes, No. 5, a pocos metros de la Iglesia Parroquial Mayor y de la Plaza de Armas.
A esta calle a veces la llamaban callejón de la Burruchaga, porque en la esquina con San Pedro Mártir (hoy Donato Mármol) vivía el zapatero remendón Juan Francisco Burruchaga.
La casa de los Céspedes era una vivienda simple con planta en forma de C, un corredor lateral derecho de pilastras rectangulares, con una puerta de acceso directo al patio. Tenía un vano menor a la derecha, de unos dos metros cuadrados, el cual, presumiblemente, conducía al zaguán.
De este mismo lado, independiente de la vivienda, estaba la cochera, donde también guardaban los arneses de los caballos. En el fondo, había un jardín, el aljibe, y las dependencias de los esclavos domésticos.
La morada tenía una fachada simple, con cuatro pilastras rectangulares adosadas y cornisa corrida. Las puertas contaban con tres vanos de diferentes anchos y alturas. La del centro era de las conocidas como puerta-ventana con dos hojas y los postigos, protegidos con rejas de hierro.
AZARES EN LA NIÑEZ
La condición rica de sus padres, posibilitaron que tuviera una vida de riqueza y lujos. Aunque en su niñez los habitantes de Bayamo tuvieron algunos sobresaltos ante las invasiones de los revolucionarios venezolanos y colombianos al puerto de Manzanillo y otros puntos del Golfo de Guacanayabo, no afectaron en nada el solaz del vástago.
Fue llevado para la estancia Santa Rosa, en el hato Buenavista, en el entonces partido de Valenzuela, en la Sierra Maestra, donde contó con abundantes recursos. La madre estuvo auxiliada por una negra esclava, recibiendo esmeradas atenciones.
Ellos vivían en unos típicos bohíos de madera y guano, rodeados por sembrados de caña, maíz, malanga y calabaza. Mediante un artefacto manual, conocido por cunyaya o chivo, obtenían guarapo de caña, para endulzar las bebidas y hacer raspaduras. Muchos otros hombres y varios esclavos los ayudaban en el cultivo de café, tabaco y en la atención de las reses.
Según la tradición, la negra que ayudaba en su cuidado era de origen africano, de unos 40 años, vigorosa, nombrada María Gertrudis. Estaba también recién parida, siendo escogida para amamantarlo.
Al contarse estos primeros pasos de su vida, muchas veces aparecen imprecisiones que son necesarias aclarar. Nunca llevó el apellido compuesto de López del Castillo. Por suerte, se cuenta con su fe de bautismo, en la cual se estampa su segundo apellido Del Castillo. De igual modo, ese apellido lleva la preposición “del” y no la “de”, conque a veces se escribe, equívocamente.
El papel de la esclava aparece en varios escritos de modo magnificado, como si hubiera sido “criado” por ella, creando la duda si la madre estaba presente o no en las montañas. Incluso, algunos han señalado exageradamente, sin pruebas documentales o de la tradición, que se “encargó de su primera educación”.
Entre otros aspectos destacables en la actividad de María Gertrudis, estuvo entretener y cautivar al niño con las narraciones de las tradiciones orales de Bayamo, con leyendas y cuentos de jigües, babujales, madres de agua, brujas, casas embrujadas y cuevas misteriosas.
Algunos dijeron, después, que el paraje adonde llevaron al niño Céspedes había sido la hacienda Canabacoa, en las cercanías del corral de Bueycito. Lamentablemente, confundieron los escenarios, porque ese feudo
se situaba en una zona completamente llana y de fácil acceso, entre los ríos Hicotea y Yara, al sur de Barrancas.
Objetivamente, no ofrecía ninguna protección ante un asalto de los corsarios independentistas sudamericanos. La que prometía buena seguridad era la estancia de Santa Rosa, en plena Sierra Maestra, propiedad de don Francisco del Castillo.
Allí, el pequeño Carlos Manuel aprendió a caminar a los ocho meses y al año comía toda clase de carnes, frutas y quesos. La estadía en Santa Rosa se extendió más tiempo del esperado por don Chucho. Sucedía que la convulsiva vida política en Bayamo no disminuía un ápice, siendo frecuentes las reyertas por cuestiones políticas entre parientes y antiguos amigos.
En medio de esa geografía agreste, Carlos Manuel fortalecía su tierno organismo. Pero en aquellos primeros años de vida, colmados de ingenuidad, también sufrieron sobresaltos ante las agitaciones políticas.
Esta subsistencia en las montañas de Bueycito prueba la imposición del hombre a la adversidad del medio, su adaptación y hasta el deseo de quedarse allí para siempre.
EL REGRESO DEFINITIVO A BAYAMO
En medio de esos avatares, nacieron, en la mansión de la calle Mercaderes, en Bayamo, sus hermanos Francisco Javier y Ladislao, el primero, el 3 de diciembre de 1821, y el segundo, al año siguiente, sin haberse podido establecer día y mes.
Esto quiere decir que Francisca de Borja se movía entre la estancia de Santa Rosa y Bayamo, que desmonta la versión de que Carlos Manuel se mantuvo durante cinco años alejado de Bayamo.
El regreso de Francisca de Borja y sus tres hijos se produjo, realmente para la navidad de 1823. La celebraron con la presencia de la familia de Francisco José de Céspedes. Había acabado para todos las temporadas en la estancia Santa Rosa.
Para unos historiadores fue en 1824 y para otros en 1825, siendo esta última la más frecuente. Al seguir la trayectoria de la historia bayamesa en la primera mitad del siglo XIX es fácil percibir las convulsas agitaciones políticas y los cambios en su estructura interna.
A partir de septiembre de 1825, comenzó la formación académica de Céspedes, en los mejores colegios de Bayamo, los cursos de bachillerato en la Universidad de La Habana, la licenciatura en Jurisprudencia, en la Universidad de Cervera de España, y la reválida del título en la Universidad Central de Madrid.
Desde su retorno a Bayamo, en agosto de 1842, con su flamante título de abogado, Céspedes se volcó por entero al fomento de una vida cultural y espiritual de aliento auténticamente cubano, poniendo en la avanzada los valores de identidad local y nacional. Desde la literatura, el periodismo y la oratoria, puso de manifiesto las problemáticas que vivía la Isla.
Su talento y su tiempo estuvieron al servicio del bien común. Cooperó en fortalecer el papel de la Sociedad Filarmónica de Bayamo, como espacio de sociabilidad, declamación de la mejor poesía criolla, debates literarios y montaje de obras dramáticas. Por eso fue considerado un promotor nato de todo lo que constituía progreso en la región del Valle del Cauto.
Aparte de denunciar los males de la política colonial española, Céspedes fraguó planes de insurrección con una concepción unitaria y de independencia absoluta. Por eso, la mayor parte del pueblo no vacilaría en el crucial combate redentor nacional, en la gloriosa eclosión de 1868.
FUENTES: Néstor Carbonell y Emeterio Santovenia: Carlos Manuel de Céspedes. Apuntes biográficos (1919); Rafael Esténger: Céspedes, El precursor (1949); Leonardo Griñán Peralta: Carlos Manuel de Céspedes: análisis caracterológico (1954); y Salvador Bueno Menéndez: Figuras cubanas (1964) y Carlos Manuel de Céspedes (2004).
