Un viaje a otro Martí

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Por Osviel Castro Medel | 19 mayo, 2026 |
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Retrato de José Martí cuando tenía 17 años, fue hecho el 5 de abril de 1870 en el Presidio Departamental de La Habana FOTO/ Granma

A los diecisiete años, José Julián Martí Pérez tenía la cabeza rapada, el tobillo arrastrando una cadena y una llaga inguinal que le molestaba el sueño. Estaba preso en las canteras de San Lázaro por el delito de querer a Cuba libre, y en medio de aquel infierno guardó en el bolsillo un fragmento de eslabón para hacerse, años después, una sortija con ese mismo hierro.

No era una joya elegante, sino un anillo sencillo, con la palabra «Cuba» grabada en una parte cuadrangular. Cuando por fin la recibió llevada por su madre desde La Habana hasta Nueva York, le inspiró escribir: «Ahora que tengo mi sortija de hierro, obras férreas he de hacer». Lo más lamentable es que, al morir en combate en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, la sortija desapareció, probablemente tomada por algún soldado enemigo como trofeo de guerra.

Pero antes de esa caída gloriosa, hubo un hombre que amó, dudó y sufrió como cualquier mortal. En Guatemala, en 1877, conoció a María García Granados, la hija menor del general Miguel García Granados, una muchacha de diecisiete años, cabello oscuro y mirada melancólica, que tocaba el piano con un desconsuelo que le encendió versos a Pepe. Él ya estaba comprometido con Carmen Zayas Bazán, y nunca le ocultó esa verdad. Meses después regresó a Guatemala casado, y María fue presa de una tristeza total. Se ha dicho que murió de una neumonía, luego de un baño en un río o lago; lo cierto es que José Julián le dedicó después uno de sus versos más desgarradores: «Quiero, a la sombra de un ala, / contar este cuento en flor: / la niña de Guatemala, / la que se murió de amor».

Con Carmen Zayas Bazán, su esposa, las cosas nunca fueron fáciles. Ella era una camagüeyana de familia acomodada, y lo amaba, pero nunca terminó de entender por qué prefería la Revolución a la estabilidad. En 1891, viajó con el hijo a Nueva York para un último intento de reconciliación; sin embargo, apenas dos meses después regresó a Cuba, ayudada por el consulado español, para hacer insalvables las desavenencias.

La madre tampoco lo entendía del todo. Leonor Pérez Cabrera le reprochaba duramente la lejanía y la entrega absoluta a la causa. En una de sus cartas le escribió: «Dios te perdone hijo todo el mal que me haces», y Martí confesó: «Me aflige, pero no tuerce mi camino». Era el dilema del hombre que amaba a su madre pero no podía dejar de ser quien era.

Ese mismo ser humano se enojaba y discutía como cualquier otro. En enero de 1892, el comandante mambí Enrique Collazo lo llamó cobarde en un periódico habanero, diciéndole que había preferido estudiar en Madrid, casarse en México y ejercer la abogacía en La Habana en vez de empuñar un rifle, y que «aún le dura el miedo de antaño». Martí no se calló y le respondió con una misiva durísima: «Jamás, Sr. Collazo, fui el hombre que Vd. pinta. Jamás preferí mi bienestar a mi obligación». Y luego, con un valor que no necesitaba fusil, le hizo una invitación: «No habrá que esperar a la manigua para darnos las manos». Lo hermoso del caso es que meses después se abrazaron, Collazo terminó reconociendo que Martí era un «hombre notable», y juntos firmaron la orden del alzamiento.

Con Máximo Gómez también hubo roces. En 1884, Martí le escribió al Generalísimo una carta que aún sacude: «Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento», reprochándole la brusquedad y la tentación del caudillaje. Y con Antonio Maceo las discrepancias eran parecidas: el Titán creía que la guerra debía estar bajo mando militar absoluto, mientras Martí insistía en un “equilibrio de poderes”. Probablemente solo después de la tragedia de Dos Ríos el bravo santiaguero entendería la grandeza del Delegado.

Martí también supo perdonar. En Tampa, en diciembre de 1892, le sirvieron vino envenenado: bebió un trago, sintió el sabor extraño y logró vomitar a tiempo. Uno de los envenenadores, Valentín Castro Córdova, se presentó después ante el Apóstol, hablaron un rato encerrados y cuando salieron el agresor tenía los ojos aguados. Castro Córdova, impactado por las palabras del Maestro, pelearía en la guerra de independencia y llegó a alcanzar el grado de Comandante.

Ese es el Martí  al que necesitamos ir,  al que no está en los pedestales: el que se hizo un anillo con la cadena que lo esclavizó, el que perdió a la niña de Guatemala, el que fue reprochado por su esposa y por su madre, el que se peleó con generales pero los abrazó después, el que perdonó a quien quiso matarlo, el que llevaba el nombre de su patria grabado no en el dedo, sino en el alma. Y ese, justo ese, es el más grande.

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