Ahiméa, el discreto emperador

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Por Luis Carlos Frómeta Agüero | 2 junio, 2026 |
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En tiempos del emperador romano Cayo Aurelio Ahiméa Mianno, el arte de controlar los precios alcanzó dimensiones de epopeya tragicómica, de esas que ni los más audaces profesores de Historia Económica se habrían atrevido a imaginar.

Ahiméa -genio organizativo, estratega por vocación y aquejado de una inoportuna incontinencia urinaria- sentía mayor inclinación por los negocios que por el estudio. Tal vez por ello, y por algún capricho del destino, ascendió al trono en el año 284, justo cuando los precios habían decidido bailar sin compás sobre una pista desquiciada.

El nuevo emperador no perdió tiempo: se lanzó al ruedo como caballo desbocado y dejó que la economía siguiera su carrera cuesta arriba. Pronto los salarios quedaron rezagados, mientras los productos exhibían cifras de vértigo sin transferencias, ni pagos en líneas: mil denarios áureos por un ramo de rosas -ideal para el Día de las madres-, tres mil por un cake, dos mil por una botella de Whisky, 50 por persona en el alquiler de un carruaje… y cifras aún más dolorosas para garantizar el pan nuestro de cada día.

Comprar un simple paquete de coditos suponía evaporar 300 denarios del bolsillo y renunciar al queso, cuya libra costaba más que un desfile imperial. Mientras tanto, el pueblo protestaba y Ahiméa, fiel a su carácter, respondía con su frase predilecta:

-Lo que digan, lo paso por el Arco de Triunfo.

Con las ganancias del turbulento comercio, el emperador bebió tantas cervezas como pudo, hasta que un día terminó rendido en brazos de Patricia Tolomea, su hermana y curiosa administradora de sus delirios etílicos. Aprovechando su sopor, ella le susurró:

-Dicen que en la capital hay un centro de rehabilitación para alcohólicos. Deberías ir… aunque el transporte cuesta hasta 35 mil monedas por pasajero.

-¡Ñooooo! Eso es un abuso- balbuceó él, con voz espesa de aguardiente.

-Imagínese: la carne de jabalí está a 900denarios áureos la libra. Saque usted la cuenta. Esto ya es una cadena sin fin.

-¿Y los inspectores?- replicó el soberano.

-Usted sabe mejor que nadie cómo funcionan.

Ahiméa suspiró.

-Bueno… es cierto que muchos parecen más turistas extraviados que agentes de control de precios.

En medio de aquella tragedia digna de los griegos, el emperador promulgó su célebre Edicto sobre precios máximos: una lista oficial, clavada en tablones públicos, que pretendía poner freno a la locura económica.

El resultado fue el previsible: los mercados se transformaron en un circo aún más desbordado, y la lucha por sobrevivir quedó instituida como deporte nacional.

Cuenta la tradición oral que, entre carruajes detenidos por falta de pienso, y mercancías que aparecían y desaparecían, como espejismos, los precios trepaban más rápido que la leche en el fogón cuando te descuidas.

…Y así, Ahiméa quedó para la posteridad no solo como el emperador ebrio que quiso domesticar la inflación  con una tabla de precios, sino como el iluso que creyó que los mercados obedecen decretos… y no a la realidad.

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