
Al General de Ejército Raúl Castro Ruz, lo conocí desde niña, en el Segundo Frente Oriental. No había cumplido aún los siete años. Vivíamos en El Jobo, un lugar muy intrincado, junto a varias familias, en un punto de la Sierra Cristal, entre lo que antes llamaban Mayarí Abajo y Soledad de Mayarí Arriba.
Recuerdo algunas cosas de aquella época. Raúl visitó en varias ocasiones la casa donde vivíamos porque mi papá, Cándido Betancourt Amelo, formaba parte de las fuerzas del Ejército Rebelde. Corría el año 1958. Mi padre tenía mucho contacto con los campesinos y se reunían en casa. Yo solo recuerdo que entraban y salían frecuentemente. Después supimos que operaba de forma encubierta, que laboró en el Servicio de Inteligencia de la Columna No. 6 y tenía la tarea de organizar a los campesinos de la zona.
LOS NIÑOS ESCUCHAN…
Un día hubo una reunión en casa. Llegaron muchos rebeldes con carros, y entre los mayores se comentaba que venía alguien muy importante. Ya conocíamos a varios guerrilleros porque papá tenía una tienda que abastecía a muchas columnas del Ejército Rebelde.
Los niños escuchamos, aunque crean que no. Lo hacemos por las esquinas, y más en aquella época que, al llegar un mayor, había que desaparecerse. Como especie de juego, nos repartimos cada uno de mis hermanos a los rebeldes que estaban en la sala, de quién era cada cual. Raúl estaba entre ellos. A mí me cayó bien, pero no lo elegí. Simpaticé más con su chofer y uno de sus escoltas.
Por entonces, Raúl llevaba el pelo largo recogido con una cola, su boina verde olivo, estaba delgadito y muy joven. Ese es el recuerdo que tengo de mi infancia.
Nuestra casa era como un área de reunión. Él dialogaba allí con campesinos o personas que venían clandestinamente desde Santiago. No andaba con mucha gente: generalmente con Maro y Vazquecito –su chofer–, y en ocasiones con Vilma. Allí se reunían e intercambiaban.
Lo consideraba un lugar seguro. A veces, se quedaba a dormir en una cabaña apartada de la casa.
EL CAFÉ
Muchas cosas de esa época no las recuerdo. Me las contó él mismo posteriormente. Me dijo que nos había cogido mucho cariño, que a mi papá lo quería muchísimo y le tenía confianza. De mí, cuenta que era una niña inquieta, que a mi mamá le costaba controlarme.
Él dice que me recuerda porque mi mamá preparaba café para los mayores en la reunión, y yo siempre le llevaba las tazas o el plato y me escabullía para entrar y servirles, vaya, para colarme en la reunión.
Tras el triunfo de la Revolución nos mudamos a Mayarí Arriba. Papá empezó a trabajar en la administración de una granja del pueblo, cuando comenzó la intervención de las tierras. Vivimos allí unos cuatro o cinco años.
En ese tiempo vi a Raúl varias veces, cuando visitaba el hospital o asistía a reuniones en esa demarcación. Siempre lo vi como una persona común, muy tratable. Aún no tenía dimensión de lo que él representaba históricamente. Era muy niña. Después, al crecer pude comprender la magnitud histórica de su figura.
REENCUENTRO EN BAYAMO
Nuestra primera conversación tuvo lugar en Bayamo, durante una reunión en la que representaba al Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) como Delegada en Granma. En esa ocasión, debía presentar un informe sobre el programa de desarrollo de la cuenca del Cauto, acompañado por la Doctora Rosa Elena Simeón Negrín.
Yo entré muy nerviosa. Lo vi sentadito mientras yo hablaba desde el podio. No me quitaba la mirada. Al final, Rosa Elena dio paso a las preguntas. Raúl dijo: «Sí, yo, pero se las quiero hacer a ella». Me preguntó si yo era de Granma, que dónde había nacido. Yo, nerviosa, le dije que en Santiago de Cuba. Insistió en el lugar exacto. Yo enmudecía, y él me dijo: «Bueno, yo sí sé exactamente dónde naciste, qué día y de quién eres hija».
Ya para entonces mi papá había fallecido, y hablar de mi padre era un tema sensible. Delante todos, Raúl habló de mi papá, de lo que representó para él, de cuánto lo admiraba. Aprendí cosas que no sabía de mi padre: que era un hombre muy intrépido, y narró un episodio de la lucha contra bandidos donde por poco lo matan. Mi padre nunca compartió esas historias. Todos nos emocionamos.
Raúl dijo: «Yo desde que te vi te conocí, pero no te ubicaba en Granma. Para mí es muy emocionante que aquella niña chiquitita y delgadita que conocí, hoy sea una científica. Para mí eso es un símbolo».
Terminada la reunión, me iba por el pasillo cuando me llamó: «Iris, ¿te vas sin darme un abrazo?». Salió, nos abrazamos y nos tomamos una foto. Rosa Elena tuvo que consolarme porque rompí a llorar.
Él volvió a salir y retornó acompañado de Almeida. Traía un reloj de mujer, pequeño, y me dijo: «Traje algunos regalos para los colegas, pero no sabía que te encontraría. Esto para mí ha sido una sorpresa muy grande. Tengo este reloj, no tiene inscripción, y quiero que te lo pongas, que no te lo quites nunca, que lo guardes como recuerdo de este día».
DIPUTADA
Después nos veíamos con frecuencia en reuniones de la Cuenca. Él se interesaba siempre por mi mamá, por mis hermanos y por cómo estaban las cosas por casa.
Al ser electa diputada, recuerdo que no encontraba mi puesto en aquella gran plataforma. Una oficial me condujo hasta él. Estaba justamente detrás de Raúl y Fidel, al lado de Vilma.
El día que salí por primera vez como miembro del Consejo de Estado, cuando terminó la sesión me retiraba, parece que los nervios. Me retracté y regresé a saludar a mis compañeros. Raúl me dijo: «¡Ah, viraste, menos mal, porque te estaba dejando llegar a la puerta para decirle al guardia: no me deje salir a esa compañera que cometió un delito!».
Raúl siempre bromeaba en las reuniones. Me decía: «Vamos a contarles a la gente cómo eras de niña, porque te ven ahora tan seria, tan diputada… y no se imaginan el trabajo que le dabas a tu mamá». Yo le decía: No, no cuente esas cosas porque yo estoy en desventaja, usted habla de cosas que yo ni recuerdo, y me parece que cada vez le agrega algo nuevo a la historia.
En una ocasión, ante todos, contó que yo era así, asao, traviesa, que le daba lucha a mi mamá porque no me gustaba peinarme, ni ponerme ropa, que andaba descalza… después, salvó un poco el aprieto en que me puso y dijo: «pero no publiquen nada de eso que la autora principal no quiere que se sepa».
En las reuniones sobre el Programa de la Cuenca, donde me correspondía informar sobre la situación ambiental, él siempre me decía: «Tú las cosas las dices como son. Yo sé que la gente dice que tú te pones roja, verde. Usted se pone del color que se tenga que poner, pero nunca me dejes de decir la verdad. Nunca te perdonaría, que se viole un tema ambiental y tú no me lo hayas dicho».
Eso me ponía en una posición compleja, pero me formó.
RAÚL ES…
Del General de Ejército tengo varias apreciaciones. Es una persona muy precisa, no le gusta que la gente divague. Escucha opiniones, pero le gusta la concreción. No le gusta sorprender a nadie con preguntas. Si alguien debe responder por un punto, él manda a avisar con el secretario para que se prepare. «No me gusta que la gente improvise», decía.
Había mucho respeto. Con él había que tener las cosas claras. Para él, la mentira es la peor ofensa. Si usted va con la verdad, las tiene todas.
En los días de trabajo en el Palacio de Convenciones, invitaba a los miembros del Consejo de Estado a almorzar con él, iba rotándolos. Le gustaba compartir. Las sesiones de trabajo concluían y él siempre se quedaba charlando.
A Raúl lo quiero muchísimo. Uno tiene la percepción de que es una persona rígida, ese Ministro fuerte. Y lo es. Es muy exigente; pero también muy fraternal, muy amigo. Yo diría que hasta pícaro, bromista y cariñoso. Es muy humano, se preocupa por las personas, es sociable. Como dirigente, lo admiro por su capacidad de organización, control y evaluación. Nunca lo vi perder la postura. Siempre tuvo control de sus actos, incluso en momentos muy complejos. Y esa firmeza se combina con lo afable y el saber escuchar.
Una vez invitó a las muchachas a almorzar con él. Al entrar, notó que ninguna llevaba cartera –las habíamos dejado abajo a petición de la seguridad– y dijo: «¿Qué extraño, no recuerdo a ninguna mujer sin cartera. Yo no creo que por seguridad se las hayan retirado?». Nosotros tratamos de apaciguar la situación. Así de perspicaz es Raúl.
