“Si esa es la voluntad de los bayames, destrúyase todo por el fuego porque yo no tengo mientras no tenga patria”, respondió con firmeza Francisco Vicente Aguilera y Tamayo cuando, en la tarde del 11 de enero de 1869, llegó un mensajero a las cercanías de Manzanillo para consultarle sobre la posible quema de la ciudad de Bayamo.
No solo estaba aceptando la tácita destrucción de una hermosa urbe, donde había visto la luz y creado su numerosa familia, sino que con aquella heroica decisión reducía a pavesas cuantiosos bienes muebles e inmuebles de su propiedad.
Admirado de este singular episodio y otros protagonizados por Aguilera el patriota puertorriqueño Eugenio María Hostos, manifestó:
“Y cuando su consejo prevaleció, los primeros edificios que las llamas envolvieron, fueron las casas de Aguilera; las primeras hogueras en que se consumieron el lujo y el bienestar de las familias, fueron las hechas con las joyas de la familia de Aguilera; el primero que atizó el incendio, el que con más júbilo patriótico asistió a aquella conflagración de la ciudad, fué Aguilera”.
De manera elocuente quedaban estampadas las cualidades principales del prócer: patriotismo, desinterés, valentía, capacidad de decisiones y estratega militar.
Nacido el 23 de junio de 1821, hace 205 años, la figura de Aguilera representa uno de los paradigmas del patriotismo y la insurgencia por la libertad. En el devenir histórico de la nación cubana su nombre ocupa un sitial de honor.
EL MILLONARIO HEROICO
De él escribió con admiración y respeto el Apóstol José Martí, en el periódico Patria, el 16 de abril de 1892, que había ganado la condición de ser “el millonario heroico, el caballero intachable, el padre de la república”. Tres epítetos que sintetizan magistralmente su grandeza y desprendimientos patrios, los que merecen los pertinentes comentarios.
Una vez graduado de bachiller en Leyes, en marzo de 1845, no pudo seguir estudios superiores por tener que dedicarse a administrar los cuantiosos bienes heredados de la familia. Había muerto el padre Antonio María Aguilera y la madre padecía de algunas enfermedades. Además, había quedado como hijo único.
En vísperas de 1868 sus propiedades rústicas sumaban 305 haciendas, ingenios y trapiches azucareros, corrales de puercos, cafetales, estancias y sitios de labor, con un una extensión de cerca de 5 mil caballerías de tierras. En las labores de la agricultura, el pastoreo del ganado vacuno y caballar, las industrias y las tareas domésticas empleaba poco más de 300 esclavos.
Además, poseía varias fincas urbanas (casas) en Bayamo y Manzanillo, tiendas, panaderías y confiterías y sobresalía como condueño del Teatro Bayamo.
Las últimas investigaciones sobre la fortuna de Aguilera, llevadas a cabo por el máter Ludín Fonseca García, Historiador de la ciudad de Bayamo, certifican que acumulaba un patrimonio ascenderte a unos
2 766 093. 152 escudos.
Es decir, en objetividad histórica, con la revisión de multitud de documentos, entre ellos, los bienes embargados al patriota por la administración colonial española, se desmotan los mitos de las 10 mil caballerías de tierras, los 800 esclavos y la exagerada cifra de 3 millones de doblones de oro.
No obstante, no deja de ser una fabulosa riqueza, en manos de aquel que rechazó el título de conde de Bayamo, porque desde su juventud se había enamorado del ideal de una patria libre, democrática y soberana.
La equivalencia del oro y la plata en poder de Aguilera en correspondencia con la cotización del dólar inglés o estadounidense actual vendría a ser cerca de 90 millones.
Pero esto no significa que fuera el hombre más rico de Cuba, si se tiene en cuenta que había azucareros del Occidente y navieros de La Habana y Santiago de Cuba cuyos montones sobreasaban los 11 millones en esa época.
Ahora bien, si se reduce la valoración a los hombres que abrazaron el ideal de la independencia, ninguno superaba al patricio de Bayamo.
A pesar de su colosal riqueza, rechazó los lujos y las vulgaridades. Prefirió vivir con ciertas comodidades, como un patriarca preocupado por el destino de su patria.
Por eso, puso su fortuna en función de modernizar la región del Valle del Cauto. Para ello contribuyó a financiar estudios para la construcción de una línea de ferrocarril entre Bayamo y Santiago de Cuba. De igual modo contribuyó a la sociedad de accionistas para conducir las paralelas de hierros de Manzanillo a Bayamo, e incluso un ferrocarril de línea estrecha de Cauto Embarcadero a Bayamo.
Asimismo, con su dinero ayudó a financiar la circulación del periódico El Boletín de Bayamo (1855) y dos años después integró el grupo de accionistas del periódico La Regeneración de Bayamo.
Entre otros proyectos sobresalieron la división de las haciendas comuneras, la compra de máquinas de vapor para sus ingenios y los estudios para el dragado del río Cauto.
CABALLERO INTACHABLE
El insigne patriota, abogado y periodista habanero Manuel Sanguily Garrite dejó un fiel retrato de la estatura moral de Aguilera: “No sé qué haya vida superior a la suya, ni hombre alguno que haya depositado en los cimientos de su país y en su nación mayor suma de energía moral, más sustancia propia, más privaciones de su familia adorada ni más afanes ni tormentos del alma”.
Su ejemplar vocación de servicio a la independencia y la revolución, lo colocó entre los primeros hombres que organizaron la conspiración de carácter independista contra la dominación española, fue venerable maestro de La logia masónica Estrella Tropical no. 19 y primer vigilante su homóloga Buena Fe de Manzanillo, y en agosto de 1867 fue electo presiente del Comité Revolucionario de Bayamo.
Un año después, en agosto de 1868, asumió la dirección del Comité Revolucionario de Oriente, celebrando encuentros con conspiradores de Santiago de Cuba, Holguín, Las Tunas y Camagüey.
Sin embargo, tenía el criterio de que la guerra se debía hace con suficientes recursos y el mayor número de conspiradores. Esa concepción chocó con la enarbolada por el hacendado y abogado Carlos Manuel de Céspedes, quien le planteó personalmente que las armas que necesitaban había que quitárselas a los propios soldados españoles y que las conspiraciones que duraban mucho tiempo nunca faltaba un traidor que la denunciara.
Los partidarios de la guerra inmediata y rápida tuvieron la razón. El 7 de octubre de 1868, desde la Capitanía General, en La Habana, el teniente general Francisco Lersundi, ordenó la prisión de los principales conspiradores. De forma llamativa la lista la encabezaba Francisco Vidente Aguilera.
Descubierto el complot, marchó a su feudo de Cabaniguán, al sur de Las Tunas. Una semana después, el 14 de octubre se pronunció en armas. El primer acto fue la liberación de sus esclavos y la invitación a participar en la lucha separatista y abolicionista.
Ya antes, el 10 de octubre, Céspedes había proclamado la independencia y presentado el programa revolucionario. Entonces, Aguilera con enorme desinterés, modestia y sobre todo patriotismo, reconoció el liderazgo del Iniciador y decidió acompañarlo como un soldado más de la Revolución.
De nuevo demostraba que por encima de todo se hallaba la libertad y el bienestar de su pueblo. Su mayor alegría era constar con su título de Ciudadano y entregarse entero a la obra de redención nacional.
Por sus grandes méritos con la formación del regimiento de Cabaniguán, el General en Jefe Carlos Manuel de Céspedes le otorgó el grado de general de división.
Hombre esencial en la cruzada independentista Pancho Aguilera fue nombrado por Céspedes secretario de la Guerra. En febrero de 1870 ocupó el puesto de Vicepresidente de la República en Armas, el que desempeñó hasta 1875. Además, estuvo al frente del Primer Cuerpo de Ejército de Oriente, hasta que en julio de 1871 recibió la misión de marchar a los Estados Unidos y trabajar por la unidad de los elementos que laboraban en la emigración.
En la tarea de unir a los partidarios de Miguel de Aldana y Manuel de Quesada asumió como agente general de la agencia cubana en Nueva York. El esfuerzo lo puso en auxiliar a sus compatriotas en Cuba con expediciones de hombres, armamentos y medicinas.
Cuando se le comunicó que debido a la injusta y desgraciada destitución de Céspedes, debía asumir la Presidencia, decidió regresar pero después de organizar una poderosa expedición militar. Cada uno de los proyectos fracasaba por la complicidad de las autoridades estadounidense con el Gobierno español.
En 1875 salió para Cuba en la expedición del vapor Charles Miller, pero de nuevo afrontó toda clase peligros, sobre todo, los obstáculos de la armada estadounidense. Una vez más tuvo que regresar desilusionado a Nueva York.
A raíz de esos hechos escribió en su diario: “Estos yanquis son la personificación del egoísmo. Este es hoy por hoy el concepto y las esperanzas que me inspiran”. Dispuesto a afrontar todas las dificultades, en 1876, abordó el vapor Anna para digiriese a Cuba. Otra serie de obstáculos le impidieron cumplir su sueño.
Agotado físicamente, insolado, padeció de un cáncer en la laringe, el cual le impedía casi hablar, respirar y comer. En esas tristes condiciones falleció en Nueva York, el 22 de febrero de 1877, el admirable Aguilera, uno de los padres fundadores de la nación cubana y uno de sus grandes ciudadanos y republicanos.
FUENTES: Eladio Aguilera Rojas: Francisco V. Aguilera y la Revolución cubana de 1868 (1909); Pánfilo Camacho: Aguilera, el precursor sin gloria (1951); Francisco Vicente Aguilera Tamayo: Epistolario (1974); y Ludín Fonseca García: Francisco Vicente Aguilera. Proyecto modernizador en el valle del Cauto (2009).
