
En Sierra Leona, una experta española adiestró a los especialistas cubanos de la Salud en el lavado de manos. Era el año 2014 y la epidemia de Ébola había permitido a la muerte vagar a su antojo por las calles de África Occidental.
En un escenario que los de la Isla sabían letal, lleno de incógnitas, pues se enfrentaban a una enfermedad altamente contagiosa, que nunca antes habían tratado, ponerse al servicio de la humanidad no fue una opción. Es sabido: la solidaridad está en la esencia de los cubanos.
Mientras otros se «lavaban las manos» -y no precisamente para ayudar- los galenos de la Mayor de las Antillas le hicieron una guerra sin cuartel al virus.
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El aislamiento y las noticias de la pérdida de seres queridos o conocidos intentaban sabotear la entrega. Desde la distancia, en una realidad reposaba su valentía: ellos procuraban por otras familias, lo que en la Patria sus colegas hacían por la suya.
La Covid-19 se aliaba con la muerte en Lombardía, Italia, una de las zonas más golpeadas por la pandemia. Solo se necesitó saberlo para que el contingente Henry Reeve llegara a tender su mano. También lo hizo en más de una veintena de países alrededor del mundo. No son kamikazes ni buscan un Premio Nobel -amén de merecerlo- son hombres cuya hidalguía se mide en vidas salvadas.
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Cuando la Tierra se retorció, crujió el suelo, los edificios se desplomaron como si cayeran juguetes y el polvo empañaba los ojos, ellos ya estaban allí. A unos los sorprendió pasando suero, otros medían la tensión, había quien pasaba visita y algunos daban ánimos como solo los cubanos saben hacer.
No habían salido de su asombro, temían por sus vidas, y eso no los detuvo. Temblaba aún bajo sus pies cuando salieron a asistir, a abrazar, a salvar. Nadie los llamó, no necesitaron barcos ni aviones para llegar. Puerta con puerta compartían el dolor.
Luego les llegó el refuerzo. Y allí están todavía, junto al mismo pueblo que asistieron en 1999, cuando deslaves atroces hicieron de Vargas, hoy La Guaira, una tierra triste y enlutada bajo los escombros.
El mal sabor de los terremotos los conoce Cuba desde Pakistán (2005) y Haití (2010). Nuestros médicos y enfermeros saben que la tristeza compartida toca a menos, que el premio es sanar, en el silencio de la hermandad, de la mano amiga, como en Argelia -cuando inició la epopeya de la colaboración médica cubana internacionalista- hasta hoy.
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Dirán algunos que se trata de una tradición o de un principio ético. Y es verdad.
Pudiera verse como cuestión de fe más allá de lo divino. Entre hombres, en la confianza en manos desconocidas que te salvarán, en la honestidad del conocimiento del otro puesto al servicio de los demás, en la certeza de lo que desde hace más de seis décadas se conoce en unos…países.
Creo que se trata, en «buen cubano», del «corazón bien puesto en el medio del pecho», donde no ha quedado espacio para el temor a lo desconocido, a lo terrible de la muerte, al Ébola, a la Covid-19, deslaves, terremotos ni huracanes.
Es, sencillamente, lo que un hermano hace por otro, ayudarlo a ponerse de pie, tenderle la mano, salvarle la vida.
