
Julio nos trajo, en su décimo día de 1902 a Nicolás Guillén, humanista marcado por la condición de poeta, que llevó a las páginas de la literatura cubana y universal la radiografía social de una nación; y nos lo llevó del mundo físico un día como hoy, hace 37 años.
El sentido de pertenencia que se advierte al nombrarlo, trasciende el hecho de su designación –por sobradas razones– de Poeta Nacional de Cuba. Guillén es nuestro porque sintió la esencia colectiva de este pueblo y la definió con su palabra aguda; y lo es porque estamos en su obra, mezclados, como dijo, y latiendo en ella, entre el humor, la sátira, la belleza, la crítica a los males sociales, la justicia revolucionaria, y el infinito amor por la tierra en que nacimos.
Al espíritu de Cuba lo llamó «mestizo», convencido de que la pureza «tan puntiaguda», y en el más estricto sentido, es poco o nada probable. Mucho menos sería «puro» un pueblo con una composición étnica, «donde todos somos un poco níspero»; y entendió que en esta tierra era muy profunda «la inyección africana», tanto, que «se cruzan y entrecruzan en nuestra bien regada hidrografía social tantas corrientes capilares, que sería trabajo de miniaturista desenredar el jeroglífico».
Aseguraba Guillén, con pulso de sociólogo, que «del espíritu hacia la piel» nos vendría «el color definitivo» y aspiró a que algún día se diría «color cubano». Con la lucidez de su obra contribuyó a «adelantar» ese día; y en ella, nos contempló en tiempos eternos.
Si bien, ante la obra de un autor, el lector escoge y se identifica con lo que más se le aviene, resulta innegable que hay poemas que integran el corpus emotivo de la nación, tanto por la belleza lírica de que son objeto, como por la posibilidad de estremecernos.
Decir Guillén es pensar en clave de versos. Pronto acuden a la memoria poemas como Balada de los dos abuelos, con esa fuerte sentencia inicial: Sombras que sólo yo veo, me escoltan mis dos abuelos., tras la que se despliegan las razones por las que sus abuelos Federico y Facundo le son tan determinantes: Los dos del mismo tamaño, / ansia negra y ansia blanca, / los dos del mismo tamaño, / gritan, sueñan, lloran, cantan.
La Elegía a Jesús Menéndez, entre las grandes composiciones de su tipo en el continente, es otro de los poemas antológicos suyos (…)
Cañas / desesperadas / te avisaban, / agitando las manos. / Tú andabas entre ellas. Sonreías / en tu estatura primordial y ardías. / Violento azúcar en tu voz de mando, / con su luz de relámpago nocturno / iba de yanqui en yanqui resonando. / De pronto, el golpe de la pólvora. El zarpazo / puesto en la punta de un rugido, / y el capitán de plomo y cuero, / el capitán de diente y plomo y cuero, / ya en tu incansable, en tu marítima, / ya en tu profunda sangre sumergido. (…)
¿Podría olvidarse un poema como La Muralla, que atrapa al lector por la identificación con el bien y el rechazo irrestricto a la ignominia y la vileza –referidas por medio de símbolos como el sable del coronel, el alacrán y el ciempiés, el veneno y el puñal, y el diente de la serpiente– a cuya popularidad contribuyeron con creces los cantantes españoles Ana Belén y Víctor Manuel?
Otro tanto sucede con las piezas de Sóngoro Cosongo, entre las que cuentan Llegada y La canción del bongó. La primera abre con un verso –Aquí estamos–, que ha tomado como uno de sus lemas la Uneac, institución que agrupa a los artistas y escritores cubanos, y de la que fuera fundador Guillén, su primer presidente.
¡Cómo no evocar las impresiones percibidas por quienes, creyendo en un Guillén encartonado, autor de poemas meramente sociales, descubrieron los versos de Un poema de amor o de Digo que yo no soy un hombre puro! ¿Quién no quedó atónito ante las antítesis y paradojas de Soneto, en que el poeta se pregunta: Ay, ¿por qué este tenerte sin tenerte? /Este llanto ¿por qué, no la alegría? / ¿Por qué de mi camino te desvía / quien me vence tal vez sin ser más fuerte?
En opinión de Lezama, clasificaron entre las mejores poesías cubanas escritas hasta 1960, Ébano real, Iba yo por un camino, Ácana, El apellido y Elegía a Jesús Menéndez. Hay tanto que pudiera citarse para recordar a Guillén, que no hallando espacio ni en jornadas de homenaje, ni en largas evocaciones, se precisa de una vida, para (re)descubrir los resortes de su obra, que, como es sabido, no se restringe a la poesía.
La prosa guilleniana, en palabras de su biógrafo, Ángel Augier, «tanto por su calidad artística como por su apreciable volumen es de tanta trascendencia literaria como su poesía» y «no puede negarse el vigor y la elegancia con que una y otra se relacionan como expresión de un gran artista enraizado en lo profundo de su pueblo y su época, con aliento de inmortalidad y de universalidad.
En las páginas de Granma, publicó, entre muchos otros, el texto Otra vez el Moncada. De ese artículo, es este segmento: «Los sesenta años de república falsa con su oropel chillón y su tambor electorero, con sus tiburones y sus mayorales, con sus delatores y sus policías, con su charada, con su lotería, con su bolita, con aquella mezcla, en fin, de lodo y sangre, que parecía manchar todo, era una pústula inmensa que reclamaba cauterio implacable. Esa fue la bandera que tremoló la juventud del Moncada, la bandera de la continuidad revolucionaria cubana: reinició la guerra del 95, se comprometió con los más profundos planteamientos de esta y puso en práctica el ideario martiano de cerrar el camino a Estados Unidos con la violencia armada, como en su día lo aprendió España del machete de Maceo, que hoy se prolonga en el rifle de Fidel».
Guillén es uno de los grandes poetas de la vanguardia de nuestras letras. Su voz, a disposición de la mejor poesía y del pensamiento revolucionario se erige a la altura de estas horas. El calibre de sus razonamientos es el de un intelectual coherente, que mucho contribuyó con esa lucha que sigue en pie, en contra de la colonización cultural. Por eso, nos es tan útil. Por eso, su adiós es incierto, mientras nos hable su obra.
Cerremos estas líneas con uno de esos poemas suyos, que invitan a la movilización en torno al crecimiento espiritual, al humanismo y a la elevación de las almas, condiciones que requieren prestar atención a estas Palabras fundamentales:
Haz que tu vida sea / campana que repique / o surco en que florezca y fructifique / el árbol luminoso de la idea. / Alza tu voz sobre la voz sin nombre / de todos los demás, y haz que se vea / junto al poeta, el hombre. / Llena todo tu espíritu de lumbre; / busca el empinamiento de la cumbre, / y si el sostén nudoso de tu báculo / encuentra algún obstáculo a tu intento, / ¡sacude el ala del atrevimiento / ante el atrevimiento del obstáculo!
