Campismo en Granma: naturaleza, vida e historia

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Por Gabriel Muñoz López | 16 julio, 2026 |
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Hay provincias que descubren el turismo mirando al mar, y hay otras que lo aprenden mirando hacia sus montañas. Granma pertenece a este segundo grupo: entre la Sierra Maestra y el Golfo de Guacanayabo construyó, sin proponérselo del todo, una manera propia de vender su geografía.

Todo empezó, como tantas cosas en la Cuba de los años ochenta, con una idea sencilla que terminó convirtiéndose en costumbre nacional. En mayo de 1981, Fidel Castro impulsó un programa recreativo pensado para los cubanos de menos recursos, con bases rústicas cerca de ríos, cuevas y montañas.


La primera oleada de instalaciones abrió sus puertas en Pinar del Río, con el nombre La Caridad o la Cueva de los Portales. En pocos años el modelo se replicó de punta a punta del país, y cada provincia empezó a moldearlo según su propio paisaje.

En Granma, ese paisaje tenía nombre y apellido: Sierra Maestra

A los pies del icónico paisaje, La Sierrita, a pocos kilómetros de Bartolomé Masó y a orillas del río Nagua, se convirtió en la puerta de entrada natural hacia la Comandancia de la Plata y hacia el ascenso al Pico Turquino, el techo de Cuba con casi dos mil metros de altura. Desde esa base rústica, generaciones de campistas combinaron el descanso junto al agua con la aventura de subir una montaña cargada de historia.

Pero la provincia no se quedó en un solo campamento. Hacia el norte, en Charco Redondo, Minas Harlem, surgió Los Cantiles, rodeado del verde denso de la zona montañosa de Jiguaní. Hacia el sur, cerca del Parque Nacional Desembarco del Granma y del sendero arqueológico El Guafe, se levantó la base de Las Coloradas, a un paso de las terrazas marinas y los restos precolombinos que hicieron de esa costa un sitio Patrimonio de la Humanidad.

Con el paso de las décadas, esas bases rústicas empezaron a mirarse con otros ojos: ya no solo como recreación popular, sino como turismo de naturaleza con potencial internacional. El senderismo hacia el Turquino, el baño en los ríos de montaña y las excursiones a los parques nacionales se convirtieron en productos que complementan la oferta tradicional de sol y playa. No ha sido un camino sencillo, entre huracanes, mantenimientos pendientes y presupuestos ajustados, pero la infraestructura sigue en pie y sigue recibiendo visitantes.


Naturaleza e identidad

Hoy, 45 años después de aquella primera carpa plantada en Pinar del Río, el campismo granmense cuenta una historia más amplia que la simple acampada. Es la historia de una provincia que aprendió a convertir su relieve más difícil en su mayor atractivo, y que hizo de la Sierra Maestra no solo un símbolo revolucionario, sino también un destino para caminar, respirar y mirar el paisaje con calma.

Entre el Pico Turquino y las costas de Las Coloradas, Granma demuestra que el turismo de naturaleza, cuando nace de la propia geografía, termina siendo también una forma de identidad.

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