
En San Miguel del Padrón, La Habana, nació el 30 de septiembre de 1922 Jesús Orta Ruiz, un hombre destinado a convertirse en una de las voces más auténticas de la cultura popular cubana. Con el tiempo, los lectores, oyentes y amantes de la décima lo reconocerían por un nombre que ya forma parte de la memoria nacional: el Indio Naborí.
Poeta, periodista, ensayista, investigador del folclor y extraordinario decimista, Jesús Orta Ruiz supo mirar hacia el campo cubano con sensibilidad, humor y profundo conocimiento. En sus textos aparecían los campesinos, sus costumbres, sus conflictos, sus maneras de hablar y también esa capacidad tan criolla de enfrentar las dificultades con una sonrisa y un comentario ingenioso.
Su acercamiento al humor campesino comenzó en 1946, cuando se incorporó al programa radial Dímelo cantando. Desde aquel espacio, la palabra adquirió ritmo, picardía y cercanía.
Sus composiciones humorísticas, entre ellas Mi suegra Doña Glaudiosa y La vieja de Caimito, alcanzaron una notable popularidad nacidas de la observación de la vida cotidiana, de los personajes de pueblo y de las situaciones familiares que el público reconocía como propias.
En la voz de Naborí, el humor no era únicamente entretenimiento. También servía para retratar costumbres, señalar defectos y poner en evidencia determinadas injusticias. La risa se convertía así en una forma de comentario social; el chiste, en una manera de pensar la realidad.
Años después, en 1961, cuando surgió el semanario Palante, Naborí fue llamado a dirigir la página campesina. La sección conservó el nombre de “Dímelo cantando”, como continuidad de aquella experiencia radial que tantos seguidores había conquistado. Desde sus páginas, el escritor tendió un puente entre la revista y cientos de miles de lectores rurales de toda Cuba.
Durante casi tres décadas, con algunas interrupciones, su firma enriqueció el semanario. Allí publicó cuentos, epigramas, décimas y composiciones humorísticas en las que se mezclaban el folclor, la crítica social y el ingenio popular. No siempre aparecía con su nombre. Para firmar sus trabajos recurrió a diversos seudónimos, entre ellos Juan Claro, Guachinango y El Criollo.
Cada seudónimo parecía abrir una nueva puerta a su imaginación. Bajo esas identidades, Naborí podía asumir diferentes voces, acentos y perspectivas. Era una forma de multiplicarse dentro de la página y de representar a una comunidad campesina llena de personajes, conflictos y ocurrencias.
Su relación con Palante se extendió hasta 1991. Incluso cuando la disminución de la vista comenzó a dificultarle el trabajo, mantuvo su vínculo con el semanario. Ese gesto revela no solo su disciplina, sino también el afecto que sentía por el público y por una labor que consideraba parte esencial de su vida.
Sin embargo, reducir al Indio Naborí a su faceta humorística sería limitar la dimensión de su obra. Su trayectoria abarcó la poesía, el periodismo, la investigación y la promoción cultural. Se interesó profundamente por la tradición oral, por la décima campesina y por las expresiones de la cultura popular que durante mucho tiempo circularon de boca en boca, en guateques, tertulias y encuentros rurales.
En sus investigaciones y ensayos dejó constancia de un universo cultural rico y diverso. Escuchó a los improvisadores, estudió sus recursos, registró sus modos de expresión y contribuyó a que la décima campesina fuera reconocida como una de las manifestaciones más importantes de la identidad cubana.
El también decimista granmense Juan Manuel Reyes Alcolea conserva en la memoria pasajes y anécdotas del maestro. Para él, Naborí no fue solamente una figura admirada, sino también un amigo.
En ese recuerdo personal aparece el hombre cercano, generoso y atento, detrás del escritor consagrado. Porque toda leyenda cultural está hecha, además de libros y premios, de conversaciones, encuentros y afectos compartidos.
La obra de Jesús Orta Ruiz recibió numerosos reconocimientos. Entre ellos se encuentran la **Distinción por la Cultura Nacional**, otorgada en 1981; el Premio Nacional de Literatura, en 1995; y el de la Crítica Literaria, en 1996. Estos galardones confirmaron el valor de una trayectoria dedicada a preservar, interpretar y enriquecer la cultura cubana.
Pero quizá su premio más duradero sea otro: haber logrado que la voz del campo llegara a toda la nación. En sus versos y relatos, el mundo rural dejó de ser una imagen distante para convertirse en una presencia viva, llena de humor, música, conflictos y dignidad.
El Indio Naborí comprendió que la poesía también podía nacer en una conversación cotidiana, en una frase maliciosa, en el refrán de un campesino o en la ocurrencia de una vieja de pueblo. Supo convertir esos materiales humildes en literatura y llevarlos a la radio, al periódico, al libro y a la memoria colectiva.
Por eso su legado permanece. Jesús Orta Ruiz fue una voz singular del humor y la cultura campesina cubana; un creador capaz de unir la risa con la reflexión, la décima con la investigación y el periodismo con la tradición oral. Desde sus páginas y sus versos, el campo cubano encontró una manera de hablarle a toda la isla. Así lo recordamos.
