Cerrar el círculo; abrir el futuro

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Por Agencia Cubana de Noticias (ACN) | 9 enero, 2026 |
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FOTO/ ACN

Una pregunta busca respuestas en un contexto de crisis ambiental global: ¿Cómo construir un progreso que no devore sus propios cimientos?

Mientras el debate a menudo se eleva hacia esferas abstractas, en la geografía avileña se escribe una respuesta palpable, no con teorías, sino con acciones: un aceite industrial que renace, un plástico desechado que se convierte en tubería, un residuo agrícola que nutre otra vez la tierra.

La economía circular deja de ser un diagrama en un papel para convertirse en la lógica que ordena el trabajo, la producción y la aspiración colectiva.

Durante demasiado tiempo se transitó por la ruta lineal de extracción, uso y descarte, un trayecto que comienza en los recursos naturales y termina, inexorablemente, en el vertedero. Hoy, representantes de diversos sectores en Ciego de Avila se orientan hacia la eficiencia y promueven un cambio de visión.

Han comprendido que habitan un mundo de recursos finitos y que es imperioso otorgar valor a lo que antes trataban como desecho y alargar así el ciclo de vida de las materias primas.

Adentrarse en esta lógica significa entender que, cuando una cadena hotelera elimina los plásticos de un solo uso, no solo optimiza costos: redefine la hospitalidad. El confort del huésped no debe pagarse con el deterioro del paisaje que lo atrae.

Cuando la agroindustria cierra el ciclo usando la cachaza como abono, honra el principio más elemental de la naturaleza: no existe el desperdicio, solo materia en perpetua transformación.

Y cuando una pequeña empresa funde envases para crear conexiones hidráulicas, demuestra que la innovación más poderosa consiste en ver, con nuevos ojos, lo que ya tenemos al alcance de la mano.

Los beneficios documentados trascienden lo económico. Sí, hay ahorro de divisas y reducción de costos. Pero surge algo más valioso: una soberanía tangible. Cada transformador reparado, cada litro de biocombustible producido localmente, cada metro de tubería reciclada, constituye un paso hacia una autonomía renovada.

Es la reconquista de la capacidad para decidir el destino productivo para sustituir la dependencia externa por la gestión inteligente de los recursos propios.

Lo más alentador de este proceso es, quizás, su carácter profundamente humano. La economía circular no se impulsa con decretos impersonales, sino con el conocimiento del técnico, la iniciativa del emprendedor y el compromiso del campesino.

Las personas son quienes, desde lo local, están reconstruyendo un entramado social donde el éxito se mide no por el volumen de lo que se desecha, sino por la inteligencia con que se perpetúa lo que se tiene.

Demuestran que la transición no solo es posible y viable en términos prácticos, también beneficia a la economía y, sobre todo, transforma positivamente a la sociedad.

El futuro sostenible no es una fantasía inalcanzable. Es un presente que se construye con cada elección consciente, con cada ciclo que se cierra, con cada acto que honra la evidencia de que todo está interconectado.

Desde la experiencia avileña se sugiere que el verdadero desarrollo no avanza en línea recta, sino en círculos virtuosos, imitando la sabiduría de los ecosistemas que nos sustentan.

Queda una imagen final, simple y poderosa: la del residuo que se convierte en recurso, el problema que se transforma en solución. En ese gesto reside la esencia del cambio. Es la prueba de que otro modelo no solo resulta necesario, sino que ya coexiste con el tradicional, y germina en el terreno fértil de la voluntad y la creatividad humanas.

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