Un escultor cubano de vocación universal

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Por Granma | 28 febrero, 2026 |
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FOTO/ Martine Franck

Coetáneo de Lam –y a su altura, sin duda, aunque quizá no tan referido por la crítica como el autor de La Jungla–, Agustín Cárdenas Alfonso se consolidó como uno de los escultores cubanos más destacados de todos los tiempos. Artífice de piezas en las que confluyen el cruce étnico y cultural de varios continentes, su obra mereció elogios de los grandes intelectuales europeos y hoy figura en museos y galerías de Turín, Nueva York, Le Havre, Tokio y Roma.

Justamente este 9 de febrero se cumplió un cuarto de siglo de su partida. En 1995, junto a Rita Longa, había recibido el Premio Nacional de Artes Plásticas, máximo reconocimiento a una trayectoria que supo fundir la abstracción latinoamericana con códigos surrealistas.

Nació el 10 de abril de 1927, en Matanzas. Formado en la Escuela de Bellas Artes de San Alejandro, fue alumno del escultor Juan José Sicre, con quien colaboró en el Monumento a José Martí, en la Plaza de la Revolución.

El deporte bien pudo ser en él otro camino para la fama; pero, rotundamente, la escultura lo atrajo más. A la periodista Marta Rojas, quien lo conoció en aquellos años, le reveló más adelante los motivos de peso en esa preferencia:

«Me incliné a la escultura por tradición ancestral y porque yo era muy fuerte, levantaba pesas y corría como un diablo (…). Me escogieron una vez para participar en una competencia que se celebraría en Barranquilla, Colombia; sin embargo, a última hora cometí un error y no pude participar. Ahí dejé el deporte, pero le agradezco porque el deporte me dio la fortaleza física imprescindible para el escultor».

En esa conversación también dejó entrever cuán importantes fueron sus padres en su formación artística. De ellos aprendió el oficio de la sastrería y luego un tío suyo lo encaminó hacia la pintura y el dibujo.

Una beca oportuna lo situó en Francia, país en el que residió casi 40 años. En sus piezas, trabajadas inicialmente en madera, vinculó el bronce y sobre todo el mármol, con una sensualidad y voluptuosidad muy características.

Su contexto y vocación lo sitúan en la abstracción imaginativa. La estancia parisina lo puso en contacto con las vanguardias, pero Cárdenas nunca perdió un ápice de cubanía. Sin embargo, su presencia en los salones cubanos ha sido poca: cuando recibió el Premio Nacional, el Museo Nacional de Bellas Artes apenas atesoraba dos piezas suyas.

No fue hasta 2014 cuando se realizó una nueva exposición con obras de su autoría, gracias a la treintena de piezas traídas por el coleccionista francés Robert Vallois, quien fuese su amigo. Sería un privilegio para la cultura cubana poder acercarnos, a través de nuevas muestras, a las dimensiones de este artista, que en palabras de su colega Pedro de Oraá, «es un escultor que aún debemos descubrir».

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