El ritmo de vida se acelera con cada parada del autobús, el transporte público se ha convertido en un microcosmos de nuestra sociedad.
Sin embargo, en los últimos años, hemos sido testigos de una preocupante erosión de los valores que una vez definieron estos espacios compartidos. ¿Qué ha pasado con la cortesía, el respeto y la empatía en los viajes diarios?
Recuerdo mis primeros traslados en guagua, el olor a café recién hecho, las sonrisas de desconocidos, cómplices momentáneos en la lucha por un asiento.
Hoy, ese mismo autobús es lo más parecido a un campo de batalla que un lugar de encuentro. Los empujones y los gritos han reemplazado las conversaciones amables y las risas compartidas. La prisa y el individualismo han tomado el control, dejando atrás la solidaridad, que antes caracterizaba nuestros trayectos.
Un reciente viaje, de Bayamo a Yara, me llevó a reflexionar sobre esta transformación. A medida que las puertas se abrían, una oleada de pasajeros se abalanzaba, ignorando por completo a quienes intentaban salir.
La escena era casi surrealista. Un mar de rostros ensimismados, empellones de un lado a otro, mujeres con niños en brazos, impedidos físicos; todos luchando por montar, sin una mirada hacia el lado.
En ese instante, comprendí que no solo estábamos acabando con el transporte público, que tantos recursos cuesta al Estado, sino también algo mucho más importante: perdíamos la humanidad.
Los expertos en Sociología Urbana señalan que esos medios deberían ser un espacio para fomentar la convivencia y la cohesión social. Pero, la realidad es que muchos lo perciben como una mera herramienta para llegar a su destino.
Esta deshumanización se traduce en actos cotidianos, como el joven que ocupa dos asientos con su mochila, el desentendido que ni mira para el costado, la falta de respeto hacia los ancianos o las mujeres embarazadas…
Cada pequeño acto cuenta, y omitirlo, por insignificante que parezca, nos aleja de la comunidad que podríamos ser.
No obstante, aún quedan destellos de esperanza. En medio del caos, hay quienes deciden actuar. Una joven se levanta para ofrecer su asiento a una madre con un bebé en brazos; un grupo de amigos inicia una conversación alegre que contagia a los demás. Estos actos confirman que, aunque los valores parecen desvanecerse, pueden revivirse.
Es imperativo que empecemos a cuestionar cómo queremos vivir en sociedad. Tal vez sea hora de ver que cada viaje es una oportunidad para conectar, para practicar la empatía y para recuperar esos valores perdidos.
Así que la próxima vez que subas a un autobús o a un tren, tómate un momento para mirar a tu alrededor. Sonríe, ofrece tu asiento y recuerda que, al final del día, todos viajamos juntos.
