Gritos sin voz

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Por Grexy Peña Martínez (Estudiante de Periodismo) | 5 febrero, 2026 |
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IMAGEN/ Freepik

Un día, regresando a casa al finalizar mi jornada laboral durante mi período de prácticas, mis pasos se detuvieron frente a una escena que me estremeció el alma. Bajo el sol implacable, un caballo permanecía atado a un poste, sin un solo rincón para protegerse. Su pelaje sudado y cubierto de polvo se adhería a sus costillas marcadas, testimonios visibles de esfuerzo y fatiga acumulados. En sus ojos grandes y tristes encontré mucho más que agotamiento; hallé un abandono silencioso, un dolor profundo que nunca podrá expresarse con palabras.

En ese momento, llegó el cochero y con mano dura y sin contemplaciones, azotó al animal con un látigo para obligarlo a levantarse y caminar. Cada vez que el caballo se resistía o mostraba signos de incapacidad, los golpes se tornaban cada vez más intensos. Las personas presentes observaban entre la indiferencia, el odio o el desprecio, sin intervenir para detener tal maltrato.

Un transeúnte, indignado, gritó: «Sería bueno atarte de pies y manos y azotarte a ti». Sin embargo, la furia creciente del cochero no disminuyó, e incluso se volvió más violenta ante el rechazo social. Otros también expresaron su descontento, pero parecía que sólo alimentaban la agresividad del hombre hacia el animal.

Este caballo, que en otro tiempo podía correr libre por los campos cubanos, se encontraba ahora condenado a jornadas largas y agotadoras, producto de las necesidades económicas de muchas familias. Su sufrimiento no era únicamente por el calor o la carga que soportaba, sino por el castigo constante, la ausencia de descanso, la falta de cuidados básicos y el dolor físico que suelen justificar quienes dependen de estos animales como herramienta de trabajo.

Esa imagen me acompañó durante días y noches. El coche de caballos, uno de los símbolos más típicos y arraigados en Bayamo y en toda Cuba, esconde una realidad invisible para muchos: el maltrato animal. Los cocheros, que viven del sudor de su trabajo, muchas veces no cuentan con el apoyo, la educación ni los recursos necesarios para tratar a los caballos con la dignidad que merecen.

El látigo en sí mismo es sólo una manifestación evidente. Detrás aparecen las largas horas de labor, la carencia de agua fresca, la insuficiente alimentación y las heridas abiertas que quedan sin revisión ni tratamiento. La resignación del animal se refleja en su mirada y en el temor silencioso que lo acompaña. Esta realidad se mantiene vigente, y su solución no consiste únicamente en implementar leyes que luego no se aplican, sino en fomentar una toma de conciencia profunda que impulse acciones concretas para transformar esta problemática.

Las organizaciones locales, los esfuerzos sociales y, en general, el compromiso ciudadano pueden jugar un papel decisivo en este proceso de cambio cultural. Educar, sensibilizar y apoyar a los cocheros y a la comunidad es fundamental para que la dignidad de estos animales sea respetada y garantizada.

Lo que presencié ese día sigue vibrando en mi mente: el caballo, sus ojos y el golpe seco del látigo . No debemos permitir que el sufrimiento de quienes no pueden hablar ni defenderse sea invisible o ignorado. Protejamos a los que no tienen voz, porque su dignidad es un reflejo irrevocable de nuestra humanidad.

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