«He trabajado como un orfebre»V

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Por Granma | 19 enero, 2026 |
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FOTO/ Granma

«Pienso que hay que salvar la espiritualidad del cubano. Los años duros, difíciles, que nos ha tocado vivir, quizá la ocultan, pero no la hacen desaparecer. Ahí está. Solo hace falta tocar y automáticamente la gente se enciende. Es como los cocuyos, ¿no? ese animalito tan maravilloso.

«En todos los ámbitos tenemos que salvar la cubanía, el espíritu martiano de cada uno de nosotros. Somos herederos de Martí directamente. Todos tenemos sangre martiana en este país.

«Creo que la espiritualidad y la fe son grandes aliadas y yo no las he perdido nunca, ni en los peores momentos de mi vida. Me han salvado como ser humano».

Lo asegura Amaury Pérez Vidal (La Habana, 1953), casi al final del diálogo: amablemente, abrió a

Granma las puertas del hogar que comparte hace más de 40 años con su esposa Petí, para conversar acerca del Premio Nacional de Música que se le otorgara recientemente.

Esa fue solo la excusa, no obstante, para intentar desentrañar la historia y las motivaciones de un artista versátil, que no le ha temido a la polémica, y que ha defendido la libertad de ser y crear; el trovador, el novelista, el poeta, el entrevistador… y también el hijo de sus padres, el hijo de Consuelito, una condición que lo enorgullece sobremanera, aunque alguna vez alguien quisiera minimizarlo así.

«Ellos no me ayudaron. Mi mamá no lo hizo y yo no lo entendí en un principio, pensaba que con su fuerza y prestigio me podía haber dado una manito. Y después lo comprendí totalmente. Tuve tiempo en la vida para decirles, “gracias, mamá, por no tirarme el cabo. Gracias, papá”. ¡Sabe Dios qué camino hubiera tomado si ellos hubieran estado empujándome! Creo que no sería ni la mitad de lo que soy, si algo fuera.

«Mi mamá murió en 2004, ya hacía años que estaba retirada, y aun así la gente siente un gran cariño por ella. Fue una mujer muy humilde, nacida en el Cerro, de madre española semianalfabeta y padre carpintero. Empezó a trabajar muy temprano.

«El ambiente que generaban en la casa, tanto ella como mi padre, que era productor de televisión, director de espectáculos, fue el que yo respiré desde mis inicios. No eran faranduleros; pertenecían a la farándula cubana, claro, pero la casa no estaba siempre llena de actores, actrices, músicos; solo en días señalados. A Fontanar, que era donde nosotros vivíamos, solo iba mucho Benny Moré, que era muy amigo de mi papá.

«Creo que me formé con los libros y la música. En mi casa siempre hubo música. Mi papá tocaba muy bien las percusiones y escuchaba mucho jazz; cuando le daba la oportunidad a mi mamá, entonces ella ponía música clásica, porque había estudiado piano y tocaba muy bien.

«Yo era miope, disléxico, de una timidez asombrosa. El hombre expansivo que soy hoy dista mucho de aquel Amaury callado, que estaba todo el tiempo leyendo. Y lo que quería era ser médico, no artista, porque me decía, “no voy a competir nunca en la vida con estos ‘monstruos’”, que eran mis padres.

«Pero cuando me enteré de que la carrera de Medicina no se acaba nunca, decidí dedicarme a otra cosa. En 1969 empecé a hacer canciones, que no les cantaba».

–¿Y cómo llega a la poesía?

–De adolescente, hice amistad con una muchacha de la secundaria, Isabel Fernández, y a su casa iban muchos poetas, que me llevaron a la Uneac, donde conocí a Nicolás Guillén, Reynaldo González, Antón Arrufat, Miguel Barnet. Eso se sumó a los libros, leía a Góngora, a Valle Inclán, todos los poetas del Siglo de Oro español…

UN AMOR QUE DURA HASTA HOY

–Hablemos de la Nueva Trova. ¿Hubo algún momento en el que Amaury quiso ser solo trovador?

–Al principio no tenía muy claro eso. Quizá fue la figura de Silvio, tan magnética. Lo vi por televisión un día, ya yo tocaba guitarra más o menos; y me dije, «¡Oh, hay un Beatle en Cuba!».

Sin embargo, su relación con los que serían fundadores del Movimiento se estableció en el Icaic, adonde Amaury entró a trabajar como utilero a los 17 años. Por aquel entonces grabaría sus dos primeras canciones, Cuando miro tus ojos, con texto de Fayad Jamís, y

La guitarra, con letra de Otto Fernández: «Yo no hacía letras mías, no me atrevía».

De sus nuevos compañeros comenzaría a recibir influencias, ya no era solo la de su familia; estaban Silvio, Pablo, Noel, Sara. Ella todavía es su mejor amiga, pese a los años que han pasado tras su muerte: «El amor que nos teníamos, que nos tenemos, es muy grande.

«No pude ir al encuentro fundacional, porque debía trabajar; pero sí a la primera gira del Grupo de Experimentación Sonora, cargando bafles y poniendo micrófonos, que era lo que hacía en esa época. Les cantaba habitualmente mis canciones, a veces recibía su aprobación y a veces me decían: “eso no está tan bueno”. Me acogieron con mucho cariño».

El vínculo directo con el Movimiento duró unos ocho años; después, el camino artístico de Amaury fue hacia búsquedas diferentes: «Al provenir de una familia vinculada con otro mundo, me llamaban la atención las luces, el escenario, los trajes. Cada vez que tenía un concierto subía la parada; llegué a vestirme de rosado y satén. Me puse un arete. Tenía el pelo larguísimo».

Aquella manera de concebir el espectáculo y la presencia en escena no solo sería sorpresiva para sus compañeros, sino que pondría sobre el tapete una nueva forma de entender al artista revolucionario. La prensa –recuerda Amaury– fue especialmente dura en sus juicios.

«Empecé a trabajar musicalmente fuera de la guitarra, y a hacer discos que bordeaban la música neobarroca, neoclásica; después el jazz, el rock jazz. Eso estaba totalmente fuera de los patrones adonde supuestamente nos dirigíamos.

«Pero yo he seguido siendo un trovador y he seguido teniendo con ellos relaciones fraternales, y en algunos casos profundas. Hubo una ruptura estética, pero no amistosa. Nos seguimos queriendo hasta hoy».

DE LA CURIOSIDAD Y LA BELLEZA

Dentro de la producción de Amaury, las musicalizaciones han sido esenciales: «Me gusta mucho musicalizar. Si uno tiene cierta habilidad, que puede ser natural o adquirida, descubre la música que está en el poema».

Con igual pasión ha incursionado en la escritura, que comenzó como un juego: de los cuentos para amenizar encuentros con sus amigos, nació un libro, luego dos novelas publicadas y una en proceso. A su cuaderno de sonetos se suman, asimismo, las crónicas publicadas, primero en Cubadebate, y luego en su página de Facebook.

El programa Con 2 que se quieran es otra muestra de su necesidad de cambiar: «Es mi libertad, si hiciera siempre lo mismo, a lo mejor tendría más éxito, pero me aburriría.

«En el programa no estaba la academia, sino la curiosidad. Manejaba mucho la contrapregunta, porque no tenía cuestionario. O sea, contaba con un nivel de información de la persona, e iba pensando en la primera pregunta. Nunca nadie supo, en 250 entrevistas, lo que yo le iba a preguntar, y por eso yo agradecía tanto la presencia de los invitados».

Amaury asegura ser muy curioso, «quiero saberlo todo, todavía con esta edad»; e, igualmente declara su apuesta por el trabajo diario: «Todo lo he disfrutado mucho, pero lo he hecho con mucho rigor, siempre trabajando como un orfebre».

En su rutina, signada por ver el amanecer cada día desde la pequeña terraza que llama «su oficina», escuchar muchísima música, de todas partes; leer «como un demente», escribir, orar, y recibir algunos amigos, la noticia del Premio Nacional de Música entró como un buen vendaval.

«No lo estaba esperando. No quiero parecer demasiado humilde tampoco, pero no sé si todavía lo merecía en realidad. Los miembros del jurado sé que me quieren, pero son personas que no se permitirían regalarme un premio.

«Y ese premio que te dan tus colegas es grandísimo. Revivieron a un Amaury que ya estaba francamente en retiro, disfrutando casi de un anonimato que no tuve desde que nací».

El autor de temas antológicos como Acuérdate de abril, Encuentros, No lo van a impedir y Amor difícil es un hombre para el que la belleza resulta una de esas esencias que deben preservarse: «La solidaridad entre cubanos es algo que hay que defender; pero –como decía Silvio en el Longina, y como digo yo también, y otros muchos– desde la belleza».

Justo antes de cerrar la conversación, Amaury apunta que sigue trabajando. «Mientras pueda. Voy a hacer una gira durante todo el año por Cuba, primero por las cabeceras de provincia y después por algunos municipios.

«Es precioso sentirse respetado por tus colegas en tu propio país, y es maravilloso poder cantar aquí y que la gente vaya, te aplauda y te recuerde, cuando llevo tantos años sin hacerlo. El Festival Longina, Villa Clara, y el Premio Nacional de la Música me devolvieron ese deseo tremendo de volver a los escenarios nacionales».

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