Inteligencia y vitalidad

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Por Granma | 14 enero, 2026 |
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Entre los comienzos célebres de la literatura universal está este: «Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.

«Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima propiedad y otras de la de sus hijas».

Desde esas pocas primeras líneas, la escritora británica Jane Austen (16 de diciembre de 1775-18 de julio de 1817) revela dos atributos que no solo serían carta de triunfo de Orgullo y prejuicio, sino que además le garantizarían a la obra perdurabilidad y vigencia, más de dos siglos después: la ironía y el humor.

Publicada en 1813, la novela ha sido llevada al cine y la televisión en muchas ocasiones; se han escrito historias que suceden a la vez o décadas después de la trama original; y es sucesivamente traducida y editada. Asimismo, por la cantidad de memes, reels y post que recurren a sus personajes principales, Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy, podría afirmarse que el interés por la obra está lejos de decaer pese al imperio de lo digital.

Pocas obras pueden nadar con igual éxito en las aguas de la crítica (y ser consideradas un clásico) y en las de la cultura de masas. Jane lo logró, la hija de un párroco, una muchacha que salía poco de la casa, que nunca se casó y que debió sortear todas las inequidades del mundo editorial de su época, acrecentadas para la mujer.

Autora, además, de Sentido y sensibilidad, Mansfield Park, Emma, La abadía de Northanger, Persuasión, entre otras, Austen es ampliamente leída y estudiada, por cuanto tiene de pionera, y por el don de contar con inteligencia la naturaleza humana.

Orgullo y prejuicio –publicada en Cuba por la Editorial Arte y Literatura– es una historia de amor con un esplendoroso final feliz. Ahí radica, por supuesto, parte de su encanto; a lo que se suma otra fórmula a la que Hollywood y todas las cadenas productoras de novelas le han sacado amplio rédito: dos que no soportan ni verse, y luego terminan enamorándose.

No obstante, lejos de cualquier facilismo, Austen vertebró dos personajes (Lizzy y Mr. Darcy) muy humanos: ella, alejada de los estereotipos de la mujer de su época, prejuiciosa, irónica, segura de sí; él, orgulloso, despreciativo, poco dado a demostrar emociones. Ambos caracteres se verán seducidos por sus mutuas inteligencias y virtudes y deberán desbrozar sus primeras impresiones (así se tituló al inicio el libro, First impressions) para poder estar juntos.

También, el libro está lleno de personajes bien construidos, enervantes y simpáticos, todo en función de una visión de la vida que va más allá de la anécdota: con sutileza, dentro de una estructura clásica y un lenguaje limpio, sin que sobren descripciones ni reflexiones, y con predominio del diálogo, la autora se burla e ironiza (y, en tanto, denuncia) la precaria situación de las mujeres, necesitadas siempre de un hombre para ser y tener; y la fragilidad de una institución como el matrimonio, circunscrita a disímiles cálculos económicos y de ventaja social.

Jane no tiene piedad de sus personajes, incluso los vapulea, y el resultado es fresco y divertido:

«EI día en que la señora Bennet se separó de sus mejores hijas, fue de gran bienaventuranza para todos sus sentimientos maternales. Puede suponerse con qué delicioso orgullo visitó después a la señora Bingley y habló de la señora Darcy. Querría poder decir, en atención a su familia, que el cumplimiento de sus más vivos anhelos al ver colocadas a tantas de sus hijas, surtió el feliz efecto de convertirla en una mujer sensata, amable y juiciosa para toda su vida; pero quizá fue una suerte para su marido (que no habría podido gozar de la dicha del hogar en forma tan desusada) que siguiese ocasionalmente nerviosa e invariablemente mentecata».

No hay manera de no enamorarse de Mr. Darcy –pese a que no sea justamente un modelo de hombre diáfano y comunicativo– ni de no pasar las páginas con ansiedad para ver cómo se solucionan las escenas. Y eso, cuando la historia es ya muy conocida, habla bien de la pericia de una narradora que sentimos tremendamente vital.

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