La escuela que necesitamos

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Por Yoenis Pompa Silva | 23 enero, 2026 |
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FOTO / Rafael Martínez Arias (Archivo)

La sociedad cubana necesita una escuela capaz de seguir siendo luz en medio del complejo escenario que vivimos en casi todos los órdenes, sin renunciar a su misión instructiva, educativa y revolucionaria.

Esa escuela debe motivar al maestro a formar un pensamiento  colectivo y resiliente en una sociedad económica y socialmente en crisis.

Nuestro proceso docente educativo siente la tensión que impone carencias en alimentación, transporte, motivación. La escuela se parece a la sociedad, es decir, que muchos fenómenos que dañan la vida moral, espiritual y ética del país, han entrado a las aulas.

A la escuela cubana también han llegado las diferencias sociales, lo que se evidencia según los niveles de vida de los educandos; mientras, los menos favorecidos son los hijos de trabajadores estatales.

De igual manera, los centros educacionales se ven afectados por otros antivalores como la burla, una forma de discriminación, y la presencia de las drogas, sobre todo, en la enseñanza secundaria, que hoy ocupa agendas de directivos, claustros y organizaciones estudiantiles, obligadas a responder a una realidad nueva y compleja.

El sistema educacional está impactado también por la migración interna y externa, que vacía las aulas de maestros, sobre todo, hacia oficios y sectores no estatales que ofrecen mejores ingresos y expectativas de vida.

Profesores y maestros han abandonado sus plazas y se ha agudizado el déficit, lo que obliga a compactar aulas, a remover claustros y a recurrir a la sobrecarga de muchos docentes.

La devaluación de la carrera pedagógica es otro síntoma de la crisis: una tradición pedagógica sólida convive con el hecho de que, con frecuencia, los estudiantes de peores promedios o menor rendimiento académico, son los que terminan optando por la profesión.

La urgencia ha obligado a buscar soluciones como profesores emergentes, destacamentos pedagógicos y la incorporación de docentes jubilados, aunque eso no resuelve el problema.

Y mientras tanto, el maestro cubano vive rodeado de metodologías rígidas, planes apretados, jornadas interminables…, a ello se suma la dinámica que desafiamos diariamente.

A todo lo anterior se añade un problema de modelo pedagógico: la enseñanza memorística, la cual ha desplazado, en muchos casos, la formación del pensamiento crítico, analítico y reflexivo, defendido por José de la Luz y Caballero y Félix Varela y que encontró espacio, después de 1959.

Cuando los estudiantes llegan a las pruebas de ingreso para la universidad, afloran lagunas que no se explican solo por falta de contenidos, sino por la ausencia de pensamiento.

La escuela, que alguna vez fue formadora de ciudadanos con alta cultura, ha sufrido fracturas que hoy se expresan en problemas de formación moral, ética y cívica.

La pregunta clave es cómo reconstruir esa escuela en medio de tantas presiones. La respuesta pasa, primero, por devolver centralidad al maestro: mejorar su estimulación material y salarial, pero también su reconocimiento moral y social, su tiempo para vivir y pensar, su capacidad de ser “evangelio vivo”, ejemplo que inspira respeto.

No basta con que el maestro domine contenidos. Si un profesor de Biología enseña zoología, pero no inculca amor por los animales, de poco sirve que el estudiante sepa cuántas costillas tiene un perro, si luego lo maltrata.

La escuela que Cuba necesita debe conectar el conocimiento con el corazón y con las ideas más elevadas del ser humano. Se trata de que cada asignatura, desde la Historia hasta la Matemática, contribuya a formar sujetos capaces de interpretar la realidad, no solo de repetirla.

Ello implica revisar horarios, planes, métodos y también flexibilizar estructuras que saturan al maestro y le dejan poco margen para la creatividad pedagógica.

Finalmente, la escuela no puede renunciar a su sitial de luz, respeto y vindicación de lo mejor y más decente de la sociedad, como tampoco desistir de la alianza renovada con la familia y la comunidad.

La Cuba de estas complejidades necesita una escuela que asuma que los problemas de la sociedad se han colado en sus pasillos, y que precisamente por eso está llamada a ser un dique ético y formativo, donde se continúen forjando seres humanos, capaces de amar a su país y transformarlo.

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