
No deseo seguir aguijoneando, ni “rajando”. Ya sabemos que la despedida de Matanzas en la Liga de Campeones de Béisbol, marcó un récord adverso para Cuba en eventos internacionales: 36 carreras permitidas ante Diablos Rojos en nueve entradas, un número que muchas veces no se logra ni en el balonmano.
Ya sabemos, también, que el resultado de nuestro campeón nacional, con Armando Ferrer al frente, generó burlas, indignación y otras reacciones infantiles o maduras.
Es fácil hacer leña del árbol caído, sobre todo cuando la caída resulta estrepitosa. Pero quedarse en la indignación o en la burla sería lo peor para la pelota en Cuba.
El resultado de Matanzas -una victoria y tres derrotas- con 69 anotaciones en contra no nació una tarde de marzo en Ciudad de México. Viene de antes, de años, de una manera de hacer que se desgasta mientras el mundo corre por otra vía.
Hay quienes han señalado, con razón, las condiciones en que se desarrolla nuestro pasatiempo nacional: al sol, con bajos salarios, luchando contra éxodos de peloteros, sin el mejor arbitraje, sin condiciones verdaderas.
Todo eso es cierto y necesitamos repetirlo porque sin eso sería difícil entender la diferencia entre lo que se juega en Cuba y lo que sucede fuera de fronteras.Pero también resulta una verdad inmensa que la falta de recursos no explica por sí misma que el monarca de casa se haya desmoronado de tal manera ante rivales superiores.
En realidad, valdría preguntarse qué hemos hecho para cambiar nuestra ruta después de acumular fracasos y fracasos en eventos internacionales; qué acciones hemos concretado para que el béisbol cubano, en medio de tan complejo panorama, se supere y crezca.
Nuestro deporte ha vivido demasiado tiempo de su propia leyenda, de aquella época en que el talento natural parecía suficiente. Pero el profesionalismo creció y mientras tanto nosotros…
Algunos han dicho que Cuba requiere profesionalizar su liga y probablemente tengan razón. ¿Pero cómo lo hacemos? ¿Quién dice la fórmula mágica? ¿Cómo empezamos?
Los récords negativos duelen. Pero a veces, los golpes también sirven para despertar; para preguntarse si nuestros técnicos están al tanto del llamado “béisbol moderno”, si realmente los sistemas de competencia funcionan más allá de la serie nacional, si la formación de las nuevas generaciones de atletas está a la altura de los tiempos.
Los Cocodrilos de Cuba (no solo de Matanzas) regresan adoloridos, tristes, disgustados. Regresan dejándonos las preguntas anteriores y una última: ¿qué estamos dispuestos a hacer para que en el futuro la historia sea distinta?
La respuesta no puede ser o no debería ser la inercia.
(Tomado de Zona de Strike)
