«¡Luisa, Luisa!», rebautizada por la afición en China

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Por Granma | 1 abril, 2026 |
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FOTO/ DeporCuba

Eugenio George me expresó una mañana, de visita a una sesión de trabajo de las Morenas del Caribe, el criterio de necesitar alrededor de 40 partidos para asistir en forma a un certamen de alto nivel, aunque nunca alcanzaron la cifra.

El Director, seleccionado por la Federación Internacional de este deporte (FIVB) como Mejor Entrenador del mundo en el siglo XX, comentó que, tras el primer oro en el Campeonato Mundial de 1978, en la Unión Soviética, y la plata de 1986 en Checoslovaquia –donde Mireya Luis saltó a la cancha tres semanas después del parto–, las voleibolistas precisaban más esfuerzo en la repetición de los ejercicios, para reducir los errores.

Entonces, encontraron una valiosa oportunidad de fogueo en China, donde, año tras año, efectuaban dos torneos como parte de su alistamiento para los eventos primordiales de cada temporada.

Corría la primavera de 1987 y, tras un trayecto en avión, tren y ómnibus, extendido durante casi 24 horas, las antillanas jugaron esa misma noche en el gigante asiático, para no defraudar a los miles de aficionados que las aguardaban desde la tarde.

«¡Cómo acogen al equipo Cuba y, en especial, la simpatía por Mireya Luis!», dijo el mentor. La mañana siguiente, en la primera sesión de entrenamiento, recibieron una sorpresa: las gradas estaban repletas de público, en su mayoría personas que no alcanzaron entradas para el desafío nocturno y se les permitió entrar a la práctica. Una expresión de asombro seguía los fuertes remates de la gran estrella, ayudada por su salto vertical de 3,39 metros, con solo 1,75 de altura.

A la salida de la sala, terminada la sesión, una muchedumbre coreaba: «¡Luisa, Luisa!», como la bautizaron, acercándose a la capitana para tomarse fotos junto a ella. Disputaban la posibilidad de estrecharle la mano, tocarla, expresarle un sentimiento de amor, como ante un ser extraterrenal. Nunca le había sucedido algo igual en otro país, confesó la camagüeyana, agradecida por el cariño.

Igual transcurrieron las jornadas siguientes durante la estancia en China. El graderío estaba desbordado por un ambiente de sana rivalidad, en gran medida debido a la sencillez, amabilidad, entrega y calidad de las antillanas en busca de la victoria, virtudes que llevaron, tanto a Eugenio como a Mireya, a integrar el Salón de la Fama Internacional, en Holyoke, Massachusetts.

Ella dejó la cancha en el año 2000 y, después del cuarto lugar en el Mundial de 1990, en China, recuperó el cetro en Brasil-1994 y Japón, un cuatrienio más tarde. Sumó las tres medallas de oro olímpicas en Barcelona, Atlanta y Sidney.

También resultó dorada en la Copa Mundial de 1989, coronada como la mejor atacadora y jugadora más valiosa (MVP), y en 1991, cuando otra vez mereció el premio de la más destacada a la ofensiva. Venció en el primer Grand Prix de 1993, nuevamente en calidad de MVP.

Mujer de un carisma que atrapa y una fácil sonrisa, la Vicepresidenta Ejecutiva de la FIVB está considerada entre los diez mejores deportistas cubanos de todos los tiempos.

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