Manuel Sanguily se opone al Tratado de Reciprocidad comercial de 1903

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Por Gislania Tamayo Cedeño | 9 marzo, 2026 |
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El 30 de junio de 1902, Gonzalo de Quesada, ministro de Cuba en Washington, informaba que una comisión designada por el presidente de Estados Unidos, Teodoro Roosevelt, elaboraba un borrador de tratado comercial con Cuba.

Cuatro días después el secretario de Estado norteamericano, John Hay, entregaba concluido el documento, con lo que se iniciaba un complejo proceso de negociaciones.

El tratado presentado por Estados Unidos era desproporcionado, pues solo concedía a Cuba un 20 % de rebaja de derechos, mientras la administración norteamericana exigía reducciones para sus productos que oscilaban entre el 20 % y el 40 %.

Era el Tratado de Reciprocidad Comercial de 1903 una ley que se insertaba en la Constitución cubana de 1901 en respuesta a las numerosas peticiones de los cubanos al gobierno de Estados Unidos de una dependencia de carácter económico, que regulara las relaciones entre los dos países.

El gobierno cubano demoró la respuesta, intentando ganar tiempo y elaborar una proposición bien fundamentada, pero la cancillería estadounidense presionaba al presidente Tomás Estrada Palma para que se pronunciara al respecto.

El tratado se firmó el 11 de diciembre de 1902.

El 4 de marzo de 1903 se iniciaron los debates en el Senado cubano, cuya Comisión de Relaciones Exteriores había conocido en audiencia pública las opiniones de las compañías económicas, las cuales se habían pronunciado de manera conforme por la ratificación.

Entre los adversarios más radicales del tratado estuvieron Salvador Cisneros Betancourt -que lo consideró una derivación de la Enmienda Platt- y Manuel Sanguily Garrite, quien argumentó:

“(…) desde el punto de vista de la reciprocidad, el nombre está impropiamente aplicado, porque nosotros recibimos de los EE.UU. el beneficio de un 20%, y ellos reciben, en cambio, de nosotros, una serie de progresivos beneficios (…)” – “(…) todo tratado de comercio envuelve o encubre una cuestión política que inspira y determina sus cláusulas o disposiciones (…)”

Sanguily no solo se limitó a criticar el tratado desigual, a través del cual prácticamente, todo el comercio cubano caería en manos de los EE.UU., sino que además denunció con energía la penetración norteamericana en las principales ramas productivas, la cultura y la vida general del país.

A los argumentos expuestos por Sanguily se pronunció Antonio Sánchez de Bustamante, quien manifestó que el tratado consolidaría la nación al robustecer su economía y afirmar su personalidad internacional, todo lo cual, en su opinión, disiparía los peligros de la anexión.

Sin dar margen a ningún argumento, el presidente del Senado puso a votación la ratificación del tratado, el cual fue aprobado por una mayoría de dieciséis votos contra cinco.

De forma similar a lo sucedido con la Enmienda Platt, los cubanos sostuvieron el debate parlamentario en desventaja. El peso de la discusión estuvo a cargo de Sanguily, quien dio las explicaciones centrales para demostrar que, de firmarse, la economía cubana quedaría supeditada a Estados Unidos y fue apoyado por Salvador Cisneros Betancourt y Juan Gualberto Gómez.

Sobre lo que implicaba este tratado advirtió: “Las concesiones que se nos hacen tienen infinitamente menos valor que las que hacia ellos se nos imponen, de donde ha resultado que los Estados Unidos, en cuanto las circunstancias actuales lo consienten, se han subrogado a nuestra antigua metrópoli española; han reducido nuestra condición general, bajo el aspecto de la hacienda y del comercio, a aquellas mismas relaciones sustanciales en que se encontraba Cuba respecto de España, cuando España dominaba en Cuba y han convertido, por tanto, nuestra nación en una colonia mercantil y a los Estados Unidos en su metrópoli”.

Desde 1888 Sanguily escribió: “Un pueblo… no hace en línea recta su jornada histórica, ni menos se resuelve de prisa y sin vacilación a costear los abismos y a penetrar en las sombras”. Su experiencia en la Guerra de los Diez Años lo condujo al convencimiento de que Cuba debe ser independiente, pero no mediante una nueva guerra, sino mediante la actividad política.

El Tratado de Reciprocidad Comercial impuesto a Cuba al igual que la Enmienda Platt tiene antecedentes lejanos en el Tratado Foster-Albacete o Foster-Cánovas de 1891 que prácticamente no tuvo vigencia.

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