
Máximo Gómez cree necesario dar una estocada que tenga repercusión político – militar y el 23 de marzo de 1896 hace 130 años marcha al frente de una columna con fuerzas del Cuartel General y del Cuarto Cuerpo del Ejército Libertador, hacia Manacas, en Villa Clara donde le espera Juan Bruno Zayas.
Máximo Gómez retornó al centro de la isla después de una exitosa campaña librada en el occidente para renovar el espíritu patriótico, impulsar las operaciones militares y preparar un contingente que apoyara al mayor general Antonio Maceo en Pinar del Río. Además impedir que los españoles recibieran apoyo de la región oriental y central.
Después de un breve descanso los mambises reanudan la marcha distribuidos en tres columnas comandadas por Higinio Ezquerra, Leoncio Vidal y Nicasio Mirabal.
En el l ataque a Santa Clara los insurrectos logran entrar por las calles principales de la ciudad. Las autoridades españolas se resisten.
La columna de Leoncio Vidal va camino a la Plaza de Armas y tropieza con guardias civiles y soldados. El grupo que lo acompaña fue fácil blanco del fuego de fusilería del cuartel español. Tras cuatro horas de combate, Máximo Gómez ordena la retirada. Allí pierden la vida Leoncio Vidal, natural de Corralillo, ascendido días antes a coronel y su ayudante el cabo Ramón Brito.
La tropa mambisa combatió con fuerza y coraje, a pesar de la diferencia de armamentos, hombres, armas y parque que disponía el enemigo, que era mucho mayor que el de los insurrectos.
Ante la insostenible situación, los insurgentes ganaron la calle Santa Elena (actual Independencia), para salir de la ciudad. Aunque no se logró el objetivo trazado, las autoridades españolas comprendieron la disposición de los cubanos de emprender acciones que golpearan directamente a las fuerzas españolas.
Máximo Gómez al finalizar la guerra expresó:
“(…) yo quiero mucho a Villaclara y Villaclara me quiere a mi (…) Cuando suponía yo que los míos estaban dentro me enteré de lo ocurrido, que habían matado al guapetón Leoncio Vidal y me traían quince heridos. Un ímpetu me asaltó súbitamente y… hubiera entrado a sangre y fuego en Villaclara con mis dos mil y pico de hombre que tenía apostados en el camino, pero hubiera tenido que atropellar a aquel pueblo sumiendo quizás en el luto a muchos de sus vecinos, y no, no quise. En aquel momento sentí que quería mucho a Villaclara y por eso también hoy creo que Villaclara me quiere a mí. Los villaclareños eran y son de los míos. Por eso nos queremos.”
