
El 11 de marzo de 1876, hace 150 años, en una humilde casa de yagua y guano en un lugar conocido por la Reforma, en medio de la manigua vino al mundo, el cuarto hijo del Generalísimo Máximo Gómez Báez, un dominicano digno que dio todo por la libertad de Cuba. Su madre Bernarda Toro, una cubana abnegada y honesta que amó a su patria entrañablemente.
Francisco Gómez Toro –cariñosamente conocido por Panchito–desde muy temprana edad puso al descubierto todas las virtudes que atesoraban las vidas extraordinarias de sus padres.
De la Reforma, Manana, fue a vivir a Guantánamo, y volvió luego a Camagüey, donde permaneció hasta enero de 1878, en que Gómez decide enviarlos para Jamaica.
Varios años anduvo errante la familia Gómez Toro, residiendo en Honduras, New Orleans, Jamaica y Santo Domingo, a donde llegó a fines de 1887.
Durante su segunda estancia en Jamaica, Panchito asistió a la escuela, dando pruebas de su inteligencia y de su interés extraordinario por los estudios.
Fue un hombre antes de tiempo, según nos deja entrever su padre en las siguientes líneas:
“Francisco, por su seriedad, por su juicio y por su cariño, se había constituido en una especie de jefe de familia: se había impuesto a todos; conmigo mismo, para muchos asuntos y en muchos casos, era mi consultor…”
En 1894, Panchito conoció a otro amante de la libertad cubana, a José Martí en Santo Domingo, y se trasladó con él a New York, donde visitó a Don Tomás Estrada Palma en su colegio de Central Valley.
Desde aquí escribió una carta a su padre, cuya contenido mostraba su patriotismo:
“Para ti van besos de tu hijo, pero no pienses en el hijo, ahora; piensa en el soldado más obediente y cumplidor que mañana has de llevar a la batalla.”
Cuando la guerra del 95 tocaba las puertas del campo de batalla, Panchito con apenas 20 años de edad se sentía rebosante de alegría porque él también vendría a luchar por la tierra donde nació.
Sin embargo no logra su deseo porque José Martí le recomienda que se quede al frente de la familia por ser el mayor de los hijos varones, y mucho más aún cuando, al preguntarle a su progenitor lo que pensaba hacer con él, éste le respondió: “Que te quedes”.
Entonces, y a pesar de la severidad y rectitud de carácter del Generalísimo, no pudo menos que exclamar:
El deber me manda ir a tu lado; no es posible que yo me concrete a empujar la barca que te ha de llevar a ti al sacrificio por la libertad de la tierra que guarda mi cuna, quedándome después aquí como una mujercita.
En Santo Domingo quedó aquel soldado de la patria, con el dolor de no haber venido al campo de batalla.
Pero sus haberes de padre de familia no le hacían abandonar sus ideales de buen patriota, y su salida para Cuba a enfrentarse con los opresores de su tierra natal, Máximo Gómez lo mandó a buscar con su ayudante César Salas, y comenzó de inmediato sus gestiones para el ansiado viaje.
Fue entonces cuando, al enterarse de que el Ejército Invasor estaba a las puertas de La Habana, en enero de 1896, escribió a su padre:
Me siento, papá, muy pequeño: hasta que no haya dado la cara a la pólvora, y a la muerte, no me creeré hombre. El mérito no puede heredarse, hay que ganarlo.
Después de múltiples esfuerzos por lograr salir hacia Cuba, pudieron hacerlo en la expedición del general Juan Rius Rivera, desembarcando por la ensenada de Corrientes, al sur de Pinar del Río, el 8 de septiembre de 1896.
A los pocos días abraza al General Antonio Maceo, por quien sentía gran admiración y quien lo nombró Capitán de Estado Mayor.
Junto a Maceo burló la trocha de Mariel a Majana, y llegó el día 7 de diciembre al campamento de San Pedro, Punta Brava, donde este mismo día se libró un combate con la columna española al mando del comandante Cirujeda, y resultó mortalmente herido el invicto General Antonio Maceo.
Al enterarse Panchito de tan lamentable desdicha, hubo de exclamar: “Yo voy a morir al lado del General”. Y allá fue y allí murió con apenas 20 años defendiendo con su vida el cadáver de Antonio Maceo.
