Pintarse la cara color esperanza

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Por Cubadebate | 7 marzo, 2026 |
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Cuando el destacado psiquiatra y psicólogo español, Emilio Mira y López, nacido en Santiago de Cuba, escribió su libro “Cuatro gigantes del alma”[1] no dudó en comenzar por el miedo, el gigante negro:

“…la emoción con que se acusan, en los niveles superiores del reino animal, los fenómenos de parálisis o detención del curso vital que se observan hasta en los más sencillos seres vivos unicelulares, cuando se ven sometidos a bruscos o desproporcionados cambios en sus condiciones ambientales de existencia” (Mira y López, 1988. p.13).

Cuando las condiciones en las que vivimos se ven sometidas a bruscos y desproporcionados cambios, estamos ante la posibilidad de producir una reacción adaptativa que identificamos, desde las percepciones subjetivas, desde lo que sentimos, como miedo.

¿Por qué hablamos de reacción adaptativa? Porque ella es una reacción ante lo que se percibe es (miedo, propiamente dicho), o se supone podría ser (temor), una agresión a la estabilidad, la coherencia, los modos de afrontar la vida. Reacción de protección que pretende desarticular la situación creada y favorecer la defensa de lo que se tiene, lo que se ha logrado. El miedo es la primera reacción defensiva del organismo que se ve amenazado.

El miedo no solo aparece ante algo que ya ha sucedido, sino ante algo que suponemos puede suceder.

 “El hombre sufre entonces no solamente el miedo ante la situación absoluta, concreta, presente y dañina, sino ante cuantos signos quedaron asociados a ella y ahora la evocan; sufre asimismo ante la ineficiencia de asegurar su huida; o ante el conflicto (ético) que se le engendra al considerar que ella tendrá peores, efectos que los que trata de evitar” (ídem. p.26).

Entonces hablamos de temor. El hombre siente temor sobre lo que aprendió a tener miedo, sin que sea esta la única razón.

Parálisis, detención, inhibición. Esa es la esencia conductual del miedo. Una reacción que atraviesa todo el cuerpo, desde los niveles fisiológicos, hasta los mentales, bajo la influencia de un estímulo “emociógeno” (que convoca a la emoción, en el caso que nos ocupa, “fobígeno”, que produce miedo). El miedo, entonces, convoca a la huida, a la inhibición, a la entrega. El miedo nos paraliza, nos cierra las posibilidades, desde ya digo que temporalmente, de realizar un comportamiento también adaptativo, pero de signo opuesto, no reactivo.

En tal caso, cuando logramos y claro que es posible, superar esa reacción primaria y nos proponemos actuar sobre la situación, entonces entramos en el terreno de las conductas adaptativas, el “conjunto de habilidades conceptuales, sociales y prácticas que el individuo ha aprendido y que le permiten responder a las circunstancias de la vida diaria” Responder, no reaccionar. Entonces afrontamos la situación. Mira y López sugería que

el mejor remedio contra el miedo consiste en irle al encuentro y desbordarle mediante una constante acción, bien planificada: “Huir hacia adelante” (idem. p.37-38)

¿Son normales las reacciones de miedo? ¿Es frecuente sentir miedo ante ciertas situaciones que nos ocurren? ¿Es apropiado que aparezca el temor ante lo que creamos que puede sucedernos? Mi respuesta es un sí rotundo. No sin considerar, que cuando estas reacciones son muy intensas, se mantienen en el tiempo, y desbordan las posibilidades de vivir con bienestar y felicidad, saltan al terreno de las patologías mentales. Pero no hay que llegar hasta ese límite.

Vivimos días difíciles los cubanos y las cubanas. Días en los que la fuerza de las escaseces de servicios básicos, cae sobre nosotros con frecuencia abrumadora. Nuestra vida cotidiana está siendo zarandeada. Y por más que hablemos de que “ya tenemos experiencia”, queda la impresión de que, por momentos, aparecen dudas, incertidumbres, preguntas sobre el futuro previsible, (que no es unipolar, sino multipolar) y aparecen reacciones emocionales y comportamentales cercanas al temor, al miedo.

No hay que temerle al miedo, lo que hay es que enfrentarlo. Dejar atrás la sensación psicofísica y dar paso a nuestras competencias más humanas, esas que construyen una actitud proactiva, resolutiva. A nuestro sistema reactivo, podemos oponerle nuestro sistema reflexivo, supeditar la emoción reactiva al pensamiento reflexivo, orientado, sin negar la primera porque de alguna manera es un llamado de alerta y estar alerta siempre es necesario.

Si bien el miedo “inspira la huida, el escape”, como reacción específica a una situación que se siente como amenaza y el temor puede experimentarse hacia algo que puede ser solo una posibilidad, el pensar con racionalidad puede contrarrestar ambas reacciones. Sobre todo, porque el ser humano no es el conjunto de reflejos incondicionados o incluso condicionados, que lo someten. Muy por el contrario, somos lo que seamos capaces de hacer con nuestras reacciones, nuestros aprendizajes, nuestras decisiones y nuestras convicciones.

Algunas claves pueden ayudarnos a evitar la malsana influencia del miedo.

  1. Compartir lo que se siente, los temores, los miedos. No quedarse encerrado. Abrirse. Poner a dialogar lo que se siente con otras personas. Escuchar a los demás. Compartir la experiencia. La comunicación, la socialización, tiene efectos sanadores.
  2. Cuidar los consumos de las redes. Son excelentes medios para el desarrollo personal, pero hoy, sin duda para nuestro país, son el principal productor de miedos y temores. Fake news construidas especialmente para generar miedo, criterios tendenciosos que sobredimensionan los elementos constitutivos de las crisis que vive el país, pesimismo inducido. Mejor informarse de fuentes confiables. Elaborar apreciaciones propias.
  3. Construir alternativas viables, sencillas, cercanas a la realidad, con las que se pudiera afrontar las situaciones con posibles estímulos fóbicos. Alejarse de ellos. No dejarlos entrar en el sistema receptivo. No dar crédito a los alarmistas, a los terribilistas. No dejar que siembren en la duda. Optar por la objetividad, que nunca es “ista”. Por dura que sea, la realidad siempre contiene alguna alternativa mejor que el miedo fóbico.
  4. Darle alegría a la vida, darle salud al cuerpo y a la mente. Repasar lo que produce bienestar y retomarlo. No importa que parezca poco. Lo poco puede, en ciertas condiciones, ser mucho. Construir esperanza, fe, optimismo. Construir felicidad.
  5. Cuidar las relaciones interpersonales. Especialmente cuidar la familia. Ambas son el remanso en el que podemos sentirnos bien. Albergan nuestras necesidades de afecto, protección, seguridad. Claves en el combate contra el “gigante negro”.
  6. Y si el temor te desborda, somos muchos los profesionales de la Psicología y de otras ciencias humanas, dispuestos a extender nuestra mano.

Cierro como empecé, retomando a Mira y López.

Hoy sabemos que el miedo —el Gigante Negro— es heraldo de la muerte y no nos gusta su presencia, ni aun bajo sus menos repulsivos disfraces. Es preciso, pues, luchar contra él a brazo partido. Afortunadamente, … contamos con la ayuda de los restantes gigantes …ninguno de los cuales mantiene con él buenas relaciones, y sobre todo los dos más jóvenes: el amor y el deber, le son francamente opuestos”.

He ahí una séptima sugerencia: hacer alianza con el amor y el deber. No hay equívocos posibles. El miedo es utilizable, pero también es descartable y destructivo. El amor y el deber son creativos, sanadores, propulsores del crecimiento humano y convocan a “pintarse la cara color esperanza”

[1] Emilio Mira y López. Cuatro gigantes del alma. Ediciones Lidiun, Argentina.  14 edición. 1988.

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