¿Puede dormir tranquilo?

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Por Eugenio Pérez Almarales | 16 febrero, 2026 |
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Da gusto beber allí el café. El matrimonio disfruta ofrecer el néctar en tasa grande, humeante y pura, “porque no queremos hacernos ricos; así, por la mitad del precio -¡y cuidado!- nos da”, explica el hombre de la casa, pulcra y sencilla.

Mientras, ya a media cuadra del singular edén, la realidad, la mayoritaria, la angustiante e irrespetuosa, nos sacude: huevos a 130 pesos la unidad, aceite a mil 200 el frasco, pizzas que ayer costaban 120 pesos (¡un alto precio!) ahora a 150…
“¡¿A dónde vamos a parar?!” se pregunta la señora que, escamoteando centavos a otras urgencias, intenta comprar una libra de arroz, “pero no me alcanza”, murmura, y decide pasar la tarde con un refresco “de sobrecito”.
Allá, en el garaje a medio hacer, transformado en placita, otro intenta comprar frijoles, “porque aportan proteínas y no gano suficiente para comer carne de cerdo, a 800 pesos la libra”.
Pero su ajustado dinero está en el banco, y el vendedor se planta: “¡No, con tarjeta no! Ya he vendido más de lo que tenía previsto para hoy por esa vía”, dice, igual que argumentó, temprano, a otros frustrados que también se fueron con las manos vacías.
Al comerciante no le bastó con imponer “multas” a las ventas por canales electrónicos, quiere el dinero contante y sonante.
Cualquier pretexto les sirve para esquilmar, cada vez más, a sus coterráneos, si se persigue el “noble propósito” de alejarse de los humildes, para los que se hizo la Revolución, y sentirse burgués (¿y serlo?).
Una verdad irrebatible es que los precios bajarán y se mantendrán de manera estable cuando la oferta de productos y servicios se multiplique y se mantenga, sí; pero dormir tranquilo dejando la solución de un problema tan grave, en manos del mercado, no es ético, ni humano, ni revolucionario.
La actuación ante el bloqueo recrudecido, ante el empeño del Orangután Naranja de no permitir la entrada de combustible a Cuba, no debe, no puede ser la contemplación.
Es preciso actuar desde varios ángulos: desde la producción agropecuaria, multiplicar las plantaciones de oleaginosas –como se propone el territorio- para obtener aceite comestible, de ajonjolí, girasol o maní; fomentar la crianza familiar de gallinas, para huevos y carne; de conejo, que se reproduce pronto; de carneros y chivos, resistentes y poco exigentes…
La gastronomía estatal no tiene que abdicar; puede y debe y hasta tiene que coexistir con la privada, y es imperdonable si olvida que su presencia fue siempre contención a los precios.
El encadenamiento de unidades gastronómicas con empresas agropecuarias y de la industria alimentaria –incluida la azucarera- puede ser una vía provechosa para todos, pero no hay tiempo que perder.
Las áreas de autoabastecimiento –de autoconsumo, le decían- demostraron que no solo el Ministerio de la Agricultura y los campesinos pueden hacer parir la tierra; y buenos recuerdos quedan de ellas, por ejemplo, en quienes laboraron en el contingente de constructores Celia Sánchez, y ahí está José Antonio Leyva, su jefe, listo para aportar sus experiencias.
Pero mientras se fomentan gallinas, conejos, carneros, oleaginosas y encadenamientos, no pueden permitirse las violaciones de los precios establecidos por las autoridades competentes, ni su crecimiento ofensivo, ni que las compras por vías electrónicas dependan de la voluntad de los vendedores.
Los cuerpos de inspectores, otros agentes del orden y el pueblo, que es el principal dañado, están en el deber de actuar sin miramientos, sin contemplaciones, ya. Si usted tiene alguna responsabilidad y sin cumplirla puede dormir tranquilo, es una pena. Habrá que pedir a otros que la cumplan.

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