Cada año nuevo es más que un giro de página en el calendario: es un examen de conciencia y, a la vez, una invitación a empezar con ánimos renovados.
En 2025, ese análisis tiene un rostro profundamente humano: detrás de la fecha se esconden historias de amor, logros personales y profesionales, nuevas vidas que llegan a la familia, pero también cicatrices que dejó un año tenso en lo económico, lo social y lo espiritual.
Como un tren que parte dejando atrás una estación colmada de recuerdos, este período se despide con el sabor de metas cumplidas, de la emoción por el inicio de un nuevo amor y de la alegría por la llegada de un pequeño integrante al hogar.
Esas vivencias íntimas nos recuerdan que, incluso en medio de la incertidumbre, la vida insiste en abrirse paso sin ignorar el otro costado del paisaje.
Un país golpeado por situaciones epidemiológicas complejas, daños severos en viviendas y economía tras el paso del huracán Melissa, incrementos en los cortes eléctricos y la escasez de productos de primera necesidad, alimentada por el bloqueo estadounidense, distorsiones e inflación interna.
En este contexto, la frase “sin optimismo y sin fe se debilita la voluntad de avanzar”, deja de ser consigna para convertirse en una verdad de urgencia.
El optimismo y la fe no son adornos ni ingenuidades, son combustibles internos de cada persona que sostienen la fuerza para levantarse cada mañana y no rendirse ante la cola interminable, el apagón o la falta de recursos.
Reconocer lo que hicimos o dejamos de hacer es apenas el primer paso; el siguiente, imprescindible, es creer en las soluciones posibles y en el impulso que nace de la confianza en nuestro potencial humano.
Cuba necesita, como nunca, una actitud positiva que no confunda esperanza con conformismo. La nación ha demostrado, una y otra vez, que no percibe imposibles; los retos son asumibles si se enfrentan con esfuerzo, creatividad y unidad.
Una mirada crítica en el centro de trabajo, en el barrio o en la familia, que no pierda la sensibilidad humana, puede ser la semilla de un gesto de cambio: organizar mejor, proponer, participar, acompañar, exigir desde el respeto y el sentido de pertenencia.
El nuevo año se presenta como un campo fértil para crecer en la estabilidad de las finanzas personales, en el emprendimiento profesional, laboral o de negocios, pero también y, sobre todo, crecer en valores compartidos, como la solidaridad y la esperanza.
Esos valores son una forma de resistencia ante las dificultades y, al mismo tiempo, un acto de responsabilidad con el futuro en medio de los problemas económicos y sociales del archipiélago.
Mirar hacia adelante implica creer que el mejoramiento humano no es una utopía, sino una meta alcanzable cuando se avanza con espíritu colectivo, ya sea en el barrio, en el centro laboral o en la familia.
Cuba se proyecta hacia un nuevo período de trabajo intenso, bajo máxima presión por el recrudecimiento del bloqueo. Por consiguiente, las metas demandan del esfuerzo de todos y reclaman una sociedad más disciplinada y responsable.
La verdadera fortaleza no radica únicamente en los recursos materiales, sino en la voluntad de la gente, en la capacidad de organizarse, en la solidaridad cotidiana y en el compromiso con el bien común.
Si ese capital humano se mantiene despierto, crítico y esperanzado, este 2026 será más que una fecha, un punto de partida para ser mejores.
