René Portocarrero ocupa un destacado lugar en la historia de las artes plásticas en Cuba, pues él mismo llegó a asegurar “Si no pinto, no existo.”
Falleció en La Habana el 7 de abril de 1985, hace 41 años, quien desde su niñez y adolescencia demostró su vocación por la pintura la que para él siempre constituyó algo tan natural como respirar y vivir.
Su vocación de artista se llenó de lienzos y pinceles desde los 7 años y ya con 14 exponía sus primeros dibujos en el Salón Nacional de Intérpretes y Escultores, al lado de artistas consagrados como Amelia Peláez, Carlos Enríquez y Wifredo Lam.
Entre 1924 y 1926 asiste a la Academia Villate y San Alejandro, y continúa su aprendizaje de forma autodidacta.
En 1934 realiza su primera exposición en el Lyceum de La Habana. Tres años después es orientador del Estudio Libre para Pintores y Escultores de La Habana y colabora en la revista Verbum.
Alejo Carpentier, señalo que en la obra de Portocarrero imperaba lo barroco.
Su pintura era la suma de muchos estilos. Pinta paisajes rurales y crea una importante serie de pasteles en los que comienza a desarrollar el tema de las fiestas populares.
El artista dibujaba con mucha libertad e intensidad, generalmente en horas de la mañana y por la tarde, aunque prefería las tardes porque era cuando el color estaba en su justa medida, acentuaba.
Gustaba de colorear todo lo cubano: paisajes, palmas, el sol, el mar, pues afirmaba que su pintura era muy espontánea y emancipada, por lo que a veces lo sorprendía.
Portocarrero fue además orientador y profesor de pintura y desempeñó las funciones primero de Vicepresidente y después Presidente de la Casa de las Américas,
Realizó más de 20 exposiciones personales y 60 colectivas. Sus obras figuran en colecciones de importantes museos y galerías del mundo.
Fue acreedor de numerosas condecorado con la Orden Félix Varela de Primer Grado que se otorga el Consejo de Estado de la República de Cuba y el el 14 de septiembre de 1982 le fue impuesta el Águila Azteca, la más alta condecoración mexicana.
Estampas de su labor como muralista ha quedado reflejada en el mural de cerámica con más de 200 metros cuadrados que adorna un salón del Palacio de la Revolución, en el Hotel Habana Libre, y en el restaurante Las Ruinas, en el Parque Lenin y en y otros lugares.
