Trump y Cuba, Grecia y Troya

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Por Granma | 9 febrero, 2026 |
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El sitio de pueblos ha sido durante milenios una efectiva táctica de guerra. Se trataba de usar el hambre, la sed, las enfermedades, como forma de rendir al enemigo, desde la Guerra de Troya, cuando los griegos, según la leyenda, la sitiaron durante diez años. Los cruzados pudieron tomar la fortaleza de Acre luego de dos años de cerco total. En el inicio de la llamada Edad Moderna, en 1453, los otomanos sitiaron Constantinopla hasta tomarla, y en 1492, los Reyes Católicos hicieron lo propio con Granada. Entre 1941 y 1944, los nazis sitiaron Leningrado (hoy San Petersburgo), matando a un millón de civiles. Pero los soviéticos no se rindieron y ese fue el inicio del triunfo contra el nazifascismo.

En general, los sitios eran horrendos, con gente muriendo de hambre o de epidemias, y los asediantes lanzando grandes piedras para derribar las murallas, fuego o cadáveres para contaminar a los de adentro. El final, iba desde el exterminio general a, en algunos casos, el suicidio colectivo. Este último fue el caso de Masada, frente al Mar Muerto, donde mil judíos se suicidaron ante el asedio de los romanos, luego de la segunda destrucción del templo de Jerusalén.

Los actuales bloqueos económicos y las sanciones, son lo mismo, solo que no son contra ciudades sino contra países. Pero se busca lo mismo: derrocar a un Gobierno soberano para imponer los intereses del asediante. Esta nueva forma de sitio comenzó con Napoleón Bonaparte bloqueando al Imperio Británico para que no negociara con Europa a principios del siglo XIX. Luego lo sufrió Argentina, con el bloqueo de Buenos Aires por parte de Francia e Inglaterra, siempre levantando las falsas banderas de la «libertad»… de comercio. El bloqueo duró desde 1838 hasta 1845, pero la Argentina de Juan Manuel de Rosas se resistió con la Vuelta de Obligado y otras batallas, hasta vencer y hacer escapar con la cola entre las patas a las dos principales potencias del mundo. En 1903, Alemania, Inglaterra, Italia y otras potencias europeas, bloquearon Venezuela para exigir el pago de una deuda. Ese bloqueo llegó a su fin gracias al canciller argentino, Luis María Drago, y la famosa Doctrina

Drago, que dice que no se pueden cobrar deudas mediante el uso de la fuerza militar. Estados Unidos tomó nota y luego surgió el Corolario Roosevelt, que es una vuelta de tuerca a la Doctrina Monroe, y garantiza todo el continente como su «patio trasero».

Luego de ocupar territorialmente, por años, países como Nicaragua, Honduras, República Dominicana, Haití y Puerto Rico, entre otros, EE. UU. optó por su recurso preferido: bloqueos y sanciones. El caso más cruel es el que impone a Cuba desde octubre de 1960. Consiste en impedir a Cuba comerciar con el mundo y sancionar o imponer aranceles a cualquier país que comercie con la Isla. Sobre todo, después de la caída del Muro de Berlín, esa estrategia fue espantosamente efectiva, produciendo a los cubanos infinidad de problemas y privaciones, calculados en la espeluznante cifra de dos billones de dólares.

Solo el ingenio y la férrea voluntad política de mantener la dignidad, ha hecho posible que Cuba resista, siendo un ejemplo de resistencia y también de solidaridad con el mundo, en campos como la ingeniería, la educación y la medicina. Y en más de seis décadas, el Imperio no ha podido lograr lo que busca, lo mismo que buscaban los griegos en Troya o los nazis en Leningrado: hacer caer a su adversario. La Revolución Cubana sigue ahí, con todos sus problemas, con sus cortes de energía, su escasez de combustibles y, por consiguiente, de alimentos.

Ahora, Donald Trump ajusta ese bloqueo, si es que se puede ajustar aún más. Sobre todo, impone un bloqueo total de petróleo, intentando matar de hambre a los diez millones de cubanos. Amenaza con aranceles a quien ose vender combustibles a la Isla y anuncia, sin ruborizarse: «No podrán soportarlo». Ninguna diferencia con los jerarcas nazis que sitiaban Leningrado en la Segunda Guerra Mundial.

Y lo terrible es que al nuevo intento de sitio criminal del neofascismo lo secunda el Gobierno argentino. El canciller Pablo Quirno pidió a los argentinos que no viajen a Cuba, una forma de sumar un granito de arena al estrangulamiento económico, una forma más de arrastrarse obsecuentemente ante sus amos imperiales.

Sin embargo, lo que no saben ni Trump ni Quirno, ignorantes orgullosos de su propia ignorancia, es aquello que ya enseñaba Napoleón hace más de dos siglos: «Lo único que no se puede hacer con las bayonetas es sentarse encima de ellas». Lo que quería decir Napoleón es que matar de hambre a un pueblo, doblegarlo mediante un sitio o mediante una invasión, no garantiza poder ocuparlo ni mucho menos dominarlo. La hegemonía militar, económica o financiera, a veces no van de la mano de la hegemonía cultural. Estados Unidos lo había entendido, cuando vendía ante el mundo aquello del «sueño americano». Lo entendió cuando invadió el mundo con su música, con sus películas de Hollywood y hasta con su comida chatarra. Todo eso parece haberlo olvidado el Calígula que gobierna en Washington y que cree que puede dominar el mundo a puro bombazo o matando de hambre a pueblos enteros.

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