Dispuesto a ofrendar su vida

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Por Andy Zamora Zamora | 26 mayo, 2018 |
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FOTO/ Andy Zamora Zamora

A Ernesto Manuel Solano Pérez no le tiemblan las manos ni los pies cuando se trata de acometer una obra por compleja que sea, porque conoce el peligro de las tormentas y de las noches oscuras frente a sus enemigos.

Aunque parezca exageración, la realidad del cautocristense durante la Operación Carlota en Angola fue en extremo difícil desde sus inicios, cuando también demostró ser cabal en sus principios.

“Me citan para el servicio militar y pensé que era para la actualización del registro. Yo tenía 24 años y aunque sabía que habían tropas cubanas apoyando la lucha en esa nación africana, no imaginaba que fuera uno de los elegidos para asumir esa tarea, expresó el entrevistado.

“Habían conformado una comisión y cuando me dieron apto, preguntaron si yo estaba dispuesto a cumplir una misión, no me dijeron donde, dije que sí.

“Mi especialidad fue Artillería y en poco más de diez días nos trasladaron para Baraguá en Santiago de Cuba, donde estuvimos durante unos 15 días. En ese tiempo no hubo descanso, solo contábamos con el tiempo de comer y dormíamos tres horas diarias.

“Desde entonces conocíamos que la responsabilidad era de máxima prioridad. Durante esas dos semanas no nos bañamos, pues el objetivo era prepararnos para hacer trincheras, ejercicios…

“Al finalizar el entrenamiento fuimos a Puerto Padre en Las Tunas, para tirar y con un disparo certero hicimos blanco con un cohete.

“Ya nos habían informado sobre la cantidad de hermanos muertos en aquella gesta angolana y quienes no estuvieran dispuestos a ofrendar sus vidas, podían decidir quedarse: yo mantuve mi decisión, acotó.

Listos para el viaje, por mar, para evitar los controles de los radares norteamericanos, quienes acompañaban a Solano, partieron por el puerto de Nuevitas en dirección sureste para atravesar el Paso de los vientos.

“La primera prueba de fuego fue una gran tormenta, que duró toda la noche. El barco nuestro era muy atrasado, confeccionado principalmente por madera. La fuerza de las olas levantaba la embarcación en peso y luego caía al mismo tiempo que sus bases traqueaban, como si se partieran. Al filo de la madrugada regresó la calma.

“Cuando pasamos el norte de las islas de Haití y Puerto Rico, sobrevolaban aviones norteamericanos de las bases militares instaladas en esos países, pero no fuimos atacados. En todo ese tiempo no pudimos subir a cubierta.

“Los mareos y vómitos por los días de navegación y ser la primera vez, desaparecieron luego de una cerveza que brindó la tripulación.

“Al acercarnos a tierra, los sudafricanos intentaron en tres ocasiones la colisión del navío, por un periodo de cerca de tres horas, pero avanzamos hasta desembarcar en Luanda.

“Llegamos luego de la Batalla de Quifangongo y por el sur, la Unita se había retirado. El 27 de marzo de 1976 se firmó un armisticio, que después se violó, cuando ocurrieron los combates de Cunene, Cangamba…

“Recuerdo una ocasión cuando nos tirotearon de noche y yo ordené realizar la defensa circular, como jefe de esa tropa, pero alguno vaciló en salir. Si actúo por impulso no logro el objetivo, era necesario impartir fuerza y voluntad. Cuando se trabaja con un grupo, no se puede tener miedo, así defendimos la trinchera.

“Aunque la misión fue de corta duración me dejó una gran enseñanza en el ámbito político e ideológico porque me dotó de una mejor visión sobre la amenaza que significa el imperialismo y en el aspecto físico también me preparó para enfrentar cualquier contingencia.

“Con las historias vividas aprendí a estar listo para enfrentar el factor sorpresa.

“En toda mi vida, estuve inspirado en el ejemplo de Fidel y Raúl Castro. Tengo una formación como militante desde antes de partir a Angola y en todas las funciones que he cumplido me ha guiado ese patriotismo propio de los líderes de la Revolución.

“Nuestro pueblo tiene una tradición de lucha innegable y si bien mi generación cumplió su labor, ahora más que nunca es preciso que esta asuma con entereza la preservación de cada conquista, concluyó.

Las palabras de Solano no encuentran dobleces, tampoco su rostro siempre sereno y firme. Él continúa aquí, dispuesto a ofrendar su vida como en aquella ocasión.

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