José Antonio Echeverría en el libro de la historia

Share Button
Por Orlando Fombellida Claro | 13 marzo, 2016 |
0
El decano de los arquitectos en Granma, Miguel Bermúdez Oliver, dicta una conferencia sobre Julio Antonio Hecheverría FOTO/Ismael González González
El decano de los arquitectos en Granma, Miguel Bermúdez Oliver, dicta una conferencia sobre Julio Antonio Hecheverría FOTO / Ismael González González

El paso del tiempo sedimenta, transforma, incluso borra, algunos recuerdos hasta en las personas de privilegiada memoria. A otros, ni siquiera los despinta y perviven claros, con todos sus detalles y fuerza.

Así, nítida, conserva en su mente el arquitecto Miguel Bermúdez Oliver, la imagen de José Antonio Echeverría Bianchi, el joven hermoso que generaciones de cubanos  hemos querido y admirado como uno de nuestros paradigmas, presidente de la Federación Estudiantil Universitaria y figura cimera del Directorio Revolucionario, caído el 13 de marzo de 1957, tras fallar en el intento de ajusticiar al tirano Fulgencio Batista en el Palacio Presidencial.

En conferencias por él dictadas y diálogos con noveles colegas, Bermúdez Oliver, Premio Nacional de Arquitectura 2005, de la Unión Nacional de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba (Unaicc), precisa que hay quienes creen que el Día del arquitecto cubano es el 13 de marzo, porque fue el de la caída de José Antonio, y no es así. La razón es otra. Obedece a que la Asamblea Nacional de Arquitectos celebrada en Matanzas en 1936, adoptó el acuerdo en tal sentido porque en igual fecha de 1933, comenzó a funcionar legalmente el Colegio Nacional de Arquitectos de Cuba.

El hecho de que el ataque a Palacio se realizara en esa fecha, fue pura coincidencia, ya que los asaltantes estuvieron acuartelados varios días esperando el aviso de la entrada del dictador a su guarida, la que se produjo sorpresivamente, en aquel momento.

Sobre el mencionado líder estudiantil, caído un día como hoy, hace 57 años, Miguel Bermúdez Oliver dio el siguiente testimonio:

Conocí a José Antonio en la Escuela de Arquitectura (en La Habana), desde mi primera matrícula en ella en 1951 –él lo había hecho el año anterior-. Lo recuerdo como si fuera hoy, con su yacket oscuro, su fuerte complexión física, su rostro amable… un brazo enyesado… su palabra clara, explicándonos asuntos de la lucha después de haber solicitado permiso al profesor arquitecto Chomat, para interrumpir su clase de Dibujo a mano alzada.

Más tarde participé con él en cuestiones de la política universitaria y, al salir juntos a conversar con discípulos para buscar apoyo en su campaña para la presidencia de la Asociación de Estudiantes de la Escuela (de Arquitectura) pude percatarme de su fidelidad a una causa justa, su camaradería y, en contraste con su valentía sin par, su natural sencillez.

Una noche, cuando salíamos de la casa de huéspedes en la que se alojaba a tomar el automóvil que nos esperaba para hacer unas cuantas visitas, me señaló a dos hombres parados en la esquina y me dijo: -Mira, esos dos son del SIM (Servicio de Inteligencia Militar) y están ahí vigilándome-. Tranquilamente fue a donde ellos, los saludó en su forma habitual –Y qué, mulatos-, les pidió un cigarrillo y candela, encendió el pitillo y se despidió como si nada.

Pero no creo que ganara su amistad verdadera hasta una tarde en que fui a visitarlo a la prisión del Castillo del Príncipe, donde se encontraba detenido junto a los compañeros que participaron con él el 26 de noviembre de 1952, en pleno juego de pelota en el estadio del Cerro, corriendo desde los jardines hasta el diamante, con una tela desplegada invitando al pueblo a participar con el estudiantado, al día siguiente, en la peregrinación al mausoleo que perpetúa la memoria de los ocho estudiantes de medicina vilmente fusilados en 1871.

No esperaba aquella visita y la recibió, sorprendido, con júbilo indescriptible. ¡Volvió a ser el muchacho grande que llevaba dentro!

Luego pudimos vernos a menudo en la famosa casa de la flor y nata de la aristocracia estudiantil femenina, “La Bombonera”, de L y 19, en El Vedado, donde su novia, y la mía, convivían.

De allí salíamos juntos en algunas de las noches de visitas permitidas, cuando ya estaba permanentemente en peligro de detención policial. A veces merendábamos en la cafetería de L y 21 Las Delicias de Medina, y se reía de todo aquello burlando constantemente los cercos.  Nunca amedrentado… siempre tranquilo… confiado…siempre amable y cordial. Con la sempiterna sonrisa en los labios.

En un artículo por él publicado en la revista Bohemia, José Antonio dijo sobre nuestra profesión: “El arquitecto contemporáneo se encuentra con un deber definido que cumplir con la nación: dotar de una forma de vida sana, cómoda y decente a  todas las capas sociales, en todas sus actividades…”

Y en julio de 1956, al ser elegido nuevamente presidente de la FEU, declaró: “El libro de la historia nos está esperando. Escribamos en sus páginas actos dignos de nuestros antecesores. Como representantes de la juventud cubana e hijos de cubanos, tenemos sobre nuestros hombros una seria tarea que cumplir”.

José Antonio Echeverría está, para siempre, en el libro de la historia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *